|
Discurso con
motivo del acto por el 69 aniversario de la Rev. Española
(23/07/05)
Salud compañeras y compañeros. Estas poquitas palabras que
escribí no tienen como objeto reseñar lo ocurrido durante el
proceso revolucionario en España por una mera cuestión
historicista, sino más bien analizar cual era la situación del
anarquismo y del movimiento popular en ese entonces, ver que
parecidos y diferencias podemos encontrar con la situación de
hoy, y ver que aprendizajes podemos sacar para la práctica
cotidiana como revolucionarios. Es decir, estas palabras que
pronuncio tienen como objeto propiciar una reflexión que pueda
servirnos a todos nosotros y nosotras en nuestra construcción
diaria. Veamos que pasaba en ese entonces. La burguesía
española, burguesía a la que no le cabe otro adjetivo que cipaya,
explotaba y sometía al pueblo español en forma cruenta e
inescrupulosa, con el total aval de los sectores más
reaccionarios de la sociedad, de la Iglesia. A la par, los
gobiernos conservadores se sucedían unos a otros a cual más
totalitario, y no fueron pocas las veces en que los militares
tuvieron el control del Estado. Como contrapartida de esto, el
pueblo se organizaba para la resistencia y la lucha. Una
ideología, la verdadera ideología revolucionaria, se hacía carne
en el movimiento obrero y popular de la forma más natural. Hablo
del anarquismo. Las prensas anarquistas, escritas por los
propios trabajadores, se vendían como agua. Los mitines, donde
hablaban los propios obreros y obreras, se llenaban de gente. El
anarquismo crecía como ideología de clase. ¿Porque este
crecimiento a la par y continuo del anarquismo y del movimiento
de masas? Por la simple razón de que, en esa época, anarquismo y
pueblo no eran cosas diferentes, sino que eran una misma cosa:
anarquismo era sinónimo de pueblo. ¿Que es lo que ocurre ahora,
en la Argentina, con respecto al anarquismo y a la organización
popular? Más allá de que nos duela, si realmente tenemos la
intención de que el anarquismo vuelva a ser la ideología y,
sobre todo, la práctica del pueblo, debemos hacer una
autocrítica en relación a los errores cometidos. Esta
autocrítica no debe estar orientada al auto-hostigamiento ni
mucho menos, sino más bien al contrario: al entendimiento de
nuestros errores para mejorar nuestra práctica diaria. Lo
cierto, al menos desde mi punto de vista, es que después de los
años 30, el anarquismo ha perdido buena parte de su fuerza y su
vitalidad, de su importancia y su imponencia, y, sobre todas las
cosas, el anarquismo se ha ido alejando progresivamente del
pueblo. Los que mínimamente conocimos el anarquismo antes del 20
de diciembre del 2001 sabemos de que estoy hablando. Más allá de
las buenas intenciones de muchos compañeros que han intentado
durante mucho tiempo revertir esta situación de diversos modos,
lo cierto es que quizás hemos equivocado el camino. Fue la
propia revuelta del 20 de diciembre con su contenido asambleario
y democrático, con su crítica a la representatividad, con su
"Que se vayan todos" quien ha revivido de un cachetazo al
anarquismo y lo ha puesto de vuelta en la calle. A tal punto
esto es así que hoy día puede encontrarse a los libertarios y
libertarias en las asambleas, en los movimientos piqueteros y de
desocupados, en las fábricas recuperadas, en los movimientos
campesinos, en los barrios, en los sindicatos, en los grupos por
los derechos de los pueblos originarios, en los colectivos
feministas, en los centros de estudiantes en secundarios y en
las agrupaciones universitarias. Esta misma situación es la que
nos debe llevar a plantearnos que clase de anarquismo queremos.
Si me preguntan a mi, diré que quiero y que peleo por el
anarquismo que mete los pies en el barro, que se enchastra las
manos, que se ensucia la ropa con el quehacer cotidiano. Quiero
ese anarquismo que huele a goma quemada, que tiene gusto a guiso
de olla popular, que suena como el bombo y el redoblante. Ese
anarquismo que corta la ruta, que ocupa la fábrica, que toma la
facultad. Aquel que le pelea al puntero del barrio, que le da la
lucha a la patronal y a la burocracia, que se le planta a las
topadoras en las villas. El anarquismo que se canta "Hijos del
pueblo" lo mismo que una cumbia, que viste tanto la camisa negra
como la remera de los redondos, que puede pasar de la biblioteca
a la birra esquinera sin ningún problema. Quiero el anarquismo
que se indigna con cada aborto a base de perejil, que se
entristece cada vez que huele la pasta base quemarse y fumarse
en una lata en una esquina cualquiera en cualquier barrio de la
periferia, aquel que llora con cada mocoso que crece cartoneando,
aquel que se enfurece con cada pibe muerto por los escuadrones
de la muerte. Quiero también al anarquismo que se propone
realmente combatir estos males y cuya propuesta no sea repartir
un volante explicativo de "que es la anarquía" o "porque los
partidos son malos" o "porque no hay que comer carne" cuando la
gente no tiene para morfar. Quiero un anarquismo clasista,
popular, organizado para la lucha y de intención revolucionaria.
Aquel que no se espanta y abandona la lucha porque el pueblo
vota a Macri o acepta al puntero, sino que se pone a luchar
precisamente por esa razón. Aquel que no reniega de trabajar en
espacios donde no seamos mayoría, sino que le tiene tanta
confianza a su ideología y a su práctica que da la lucha por
ganar en el debate y en los hechos. Aquel anarquismo no sectario
y de unidad que ve que los presos no tienen partido. Aquel
anarquismo que no se interesa tanto por los sellitos o las
improntas, que no se preocupa tanto por que se agite la bandera
roja y negra o que se firme con la "a", sino que se interesa
porque la práctica y el pensamiento popular sean lo mas
libertarios posibles. Un anarquismo que le da más bola a la
práctica que a las definiciones. Aquel anarquismo militante y
comprometido que piensa en las necesidades del pueblo antes que
en "como adaptar mi ideología a mis deseos personales". Quiero
un anarquismo de clase, un anarquismo de los de abajo. Aquel que
tiene un lugar de privilegio en la barricada del pueblo, lugar
que nunca tendríamos que haber abandonado.
Pienso que a partir del 2001, el
anarquismo ha vuelto a la calle en buena medida. Pero queda aún
mucho por hacer. Es menester juntarnos, reunirnos, debatir,
compartir inquietudes, buscar soluciones, ver que podemos hacer
con todo esto de que anarquismo y pueblo vuelvan a ser una misma
cosa, como aquel histórico 19 de julio que hoy conmemoramos.
Compañeros, es preciso decirlo, este es el momento histórico de
la unidad, el momento histórico de organizarnos, el momento
histórico de salir a la calle para golpear como un solo puño.
Compañeros, estamos en guerra, la guerra social, la que nos
declara la burguesía todos los días. Aceptemos este desafío de
la única manera en que verdaderamente tenemos chances de vencer:
en unidad, sin mezquindades, y pensando en un futuro de
socialismo y libertad. Compañeros, compañeras, cumpas, no
dejemos pasar este momento en que soplan vientos libertarios,
como diría un compañero. Seamos justos con este pueblo que
históricamente se ha fijado en nosotros y que hoy principia a
hacerlo de vuelta, y demostremos en la práctica que anarquismo
no significa otra cosa que pueblo. Como siempre y más que nunca,
mano tendida al compañero, puño cerrado al enemigo. Arriba los
que luchan.
Salud compañeras y compañeros.
Estas poquitas palabras que escribí no tienen como objeto
reseñar lo ocurrido durante el proceso revolucionario en España
por una mera cuestión historicista, sino más bien analizar cual
era la situación del anarquismo y del movimiento popular en ese
entonces, ver que parecidos y diferencias podemos encontrar con
la situación de hoy, y ver que aprendizajes podemos sacar para
la práctica cotidiana como revolucionarios. Es decir, estas
palabras que pronuncio tienen como objeto propiciar una
reflexión que pueda servirnos a todos nosotros y nosotras en
nuestra construcción diaria. Veamos que pasaba en ese entonces.
La burguesía española, burguesía a la que no le cabe otro
adjetivo que cipaya, explotaba y sometía al pueblo español en
forma cruenta e inescrupulosa, con el total aval de los sectores
más reaccionarios de la sociedad, de la Iglesia. A la par, los
gobiernos conservadores se sucedían unos a otros a cual más
totalitario, y no fueron pocas las veces en que los militares
tuvieron el control del Estado. Como contrapartida de esto, el
pueblo se organizaba para la resistencia y la lucha. Una
ideología, la verdadera ideología revolucionaria, se hacía carne
en el movimiento obrero y popular de la forma más natural. Hablo
del anarquismo. Las prensas anarquistas, escritas por los
propios trabajadores, se vendían como agua. Los mitines, donde
hablaban los propios obreros y obreras, se llenaban de gente. El
anarquismo crecía como ideología de clase. ¿Porque este
crecimiento a la par y continuo del anarquismo y del movimiento
de masas? Por la simple razón de que, en esa época, anarquismo y
pueblo no eran cosas diferentes, sino que eran una misma cosa:
anarquismo era sinónimo de pueblo. ¿Que es lo que ocurre ahora,
en la Argentina, con respecto al anarquismo y a la organización
popular? Más allá de que nos duela, si realmente tenemos la
intención de que el anarquismo vuelva a ser la ideología y,
sobre todo, la práctica del pueblo, debemos hacer una
autocrítica en relación a los errores cometidos. Esta
autocrítica no debe estar orientada al auto-hostigamiento ni
mucho menos, sino más bien al contrario: al entendimiento de
nuestros errores para mejorar nuestra práctica diaria. Lo
cierto, al menos desde mi punto de vista, es que después de los
años 30, el anarquismo ha perdido buena parte de su fuerza y su
vitalidad, de su importancia y su imponencia, y, sobre todas las
cosas, el anarquismo se ha ido alejando progresivamente del
pueblo. Los que mínimamente conocimos el anarquismo antes del 20
de diciembre del 2001 sabemos de que estoy hablando. Más allá de
las buenas intenciones de muchos compañeros que han intentado
durante mucho tiempo revertir esta situación de diversos modos,
lo cierto es que quizás hemos equivocado el camino. Fue la
propia revuelta del 20 de diciembre con su contenido asambleario
y democrático, con su crítica a la representatividad, con su
"Que se vayan todos" quien ha revivido de un cachetazo al
anarquismo y lo ha puesto de vuelta en la calle. A tal punto
esto es así que hoy día puede encontrarse a los libertarios y
libertarias en las asambleas, en los movimientos piqueteros y de
desocupados, en las fábricas recuperadas, en los movimientos
campesinos, en los barrios, en los sindicatos, en los grupos por
los derechos de los pueblos originarios, en los colectivos
feministas, en los centros de estudiantes en secundarios y en
las agrupaciones universitarias. Esta misma situación es la que
nos debe llevar a plantearnos que clase de anarquismo queremos.
Si me preguntan a mi, diré que quiero y que peleo por el
anarquismo que mete los pies en el barro, que se enchastra las
manos, que se ensucia la ropa con el quehacer cotidiano. Quiero
ese anarquismo que huele a goma quemada, que tiene gusto a guiso
de olla popular, que suena como el bombo y el redoblante. Ese
anarquismo que corta la ruta, que ocupa la fábrica, que toma la
facultad. Aquel que le pelea al puntero del barrio, que le da la
lucha a la patronal y a la burocracia, que se le planta a las
topadoras en las villas. El anarquismo que se canta "Hijos del
pueblo" lo mismo que una cumbia, que viste tanto la camisa negra
como la remera de los redondos, que puede pasar de la biblioteca
a la birra esquinera sin ningún problema. Quiero el anarquismo
que se indigna con cada aborto a base de perejil, que se
entristece cada vez que huele la pasta base quemarse y fumarse
en una lata en una esquina cualquiera en cualquier barrio de la
periferia, aquel que llora con cada mocoso que crece cartoneando,
aquel que se enfurece con cada pibe muerto por los escuadrones
de la muerte. Quiero también al anarquismo que se propone
realmente combatir estos males y cuya propuesta no sea repartir
un volante explicativo de "que es la anarquía" o "porque los
partidos son malos" o "porque no hay que comer carne" cuando la
gente no tiene para morfar. Quiero un anarquismo clasista,
popular, organizado para la lucha y de intención revolucionaria.
Aquel que no se espanta y abandona la lucha porque el pueblo
vota a Macri o acepta al puntero, sino que se pone a luchar
precisamente por esa razón. Aquel que no reniega de trabajar en
espacios donde no seamos mayoría, sino que le tiene tanta
confianza a su ideología y a su práctica que da la lucha por
ganar en el debate y en los hechos. Aquel anarquismo no sectario
y de unidad que ve que los presos no tienen partido. Aquel
anarquismo que no se interesa tanto por los sellitos o las
improntas, que no se preocupa tanto por que se agite la bandera
roja y negra o que se firme con la "a", sino que se interesa
porque la práctica y el pensamiento popular sean lo mas
libertarios posibles. Un anarquismo que le da más bola a la
práctica que a las definiciones. Aquel anarquismo militante y
comprometido que piensa en las necesidades del pueblo antes que
en "como adaptar mi ideología a mis deseos personales". Quiero
un anarquismo de clase, un anarquismo de los de abajo. Aquel que
tiene un lugar de privilegio en la barricada del pueblo, lugar
que nunca tendríamos que haber abandonado.
Pienso que a partir del 2001, el
anarquismo ha vuelto a la calle en buena medida. Pero queda aún
mucho por hacer. Es menester juntarnos, reunirnos, debatir,
compartir inquietudes, buscar soluciones, ver que podemos hacer
con todo esto de que anarquismo y pueblo vuelvan a ser una misma
cosa, como aquel histórico 19 de julio que hoy conmemoramos.
Compañeros, es preciso decirlo, este es el momento histórico de
la unidad, el momento histórico de organizarnos, el momento
histórico de salir a la calle para golpear como un solo puño.
Compañeros, estamos en guerra, la guerra social, la que nos
declara la burguesía todos los días. Aceptemos este desafío de
la única manera en que verdaderamente tenemos chances de vencer:
en unidad, sin mezquindades, y pensando en un futuro de
socialismo y libertad. Compañeros, compañeras, cumpas, no
dejemos pasar este momento en que soplan vientos libertarios,
como diría un compañero. Seamos justos con este pueblo que
históricamente se ha fijado en nosotros y que hoy empieza, muy
de a poco, a hacerlo de vuelta, y demostremos en la práctica que
anarquismo no significa otra cosa que pueblo. Como siempre y más
que nunca, mano tendida al compañero, puño cerrado al enemigo.
Arriba los que luchan.
Volver |