EL
PRINCIPIO FEDERATIVO
Proudhon
Cuando hace algunos meses, a propósito de un
artículo sobre Italia, en el que yo defendía la federación contra la unidad,
los periódicos belgas me acusaron de predicar la anexión de su país a Francia,
mi sorpresa no tuvo límites. En principio no supe qué pensar: ¡Se trataba acaso
de una alucinación del público, o de una trampa de la policía! Mi primera
reacción fue la de preguntar a mis denunciadores si, me habían leído; en este
caso, si se me podía dirigir seriamente semejante reproche. Ya se sabe cómo
terminó para mí este increíble incidente. Yo no me había apresurado a sacar
partido de la amnistía que me autorizaba a volver a Francia, después de un
exilio de más de cuatro años, pero entonces levanté la casa bruscamente. Sin
embargo, cuando al regresar a mi país, y con el mismo motivo, he visto la
prensa democrática acusarme de abandonar la causa de la revolución, gritar
contra mí, no ya como anexionista, sino como apóstata, confieso que mi
estupefacción llegó al límite. Me pregunté si yo era un Epiménides surgido de
su caverna tras un siglo de sueño, o si, por azar, no era la propia democracia
francesa quien, siguiendo las huellas del liberalismo belga, había sufrido un
movimiento de retrogradación. Me parecía que federación y contrarrevolución o
anexión eran términos incompatibles, pero me repugnaba creer en la defección
masiva del partido al que hasta entonces me había sentido vinculado, el cual,
no contento con renegar de sus principios iba a llegar, en su fiebre unificadora,
hasta traicionar a su país. ¿Me estaba volviendo loco, o es que, en lo que a mí
respecta, el mundo se había puesto a girar en sentido contrario?
A la manera de la rata de Lafontaine, recelando
por debajo de todo ello alguna maquinación, consideré que la decisión más
sabia era la de demorar mi respuesta y observar por espacio de algún tiempo el
estado de los espíritus. Comprendí que iba a verme obligado a tomar una
resolución enérgica y tenía necesidad, antes de actuar, de orientarme sobre un
terreno que, después de mi salida de Francia, parecía haber sido removido, y
donde los hombres que yo había conocido se me representaban con figuras
extrañas.
¿Dónde está hoy el pueblo francés?, me pregunté.
¿Qué está sucediendo en las diferentes clases de la sociedad? ¿Qué idea ha
germinado en la opinión, y cuáles son los sueños de las masas? ¿Dónde va la
nación? ¿Dónde está el porvenir? ¿A quién seguiremos y por quién nos
juramentaremos?
Iba de este modo interrogando a hombres y cosas,
buscando angustiadamente y no recogiendo sino respuestas desoladas. Que el
lector me permita comunicarle mis observaciones: servirán de justificación a un
trabajo en el que confieso que el objeto está muy por encima de mis fuerzas.
He empezado por considerar en primer lugar a la clase
media, lo que era llamado en otro tiempo burguesía, y que ya no puede
llevar ese nombre. La he hallado fiel a sus tradiciones, a sus tendencias, a
sus máximas, aunque avanzando con paso acelerado hacia el proletariado. Que la
clase media vuelva a ser dueña de ella misma y del poder; que sea llamada a
rehacer una Constitución de acuerdo con sus ideas y una política de acuerdo con
su corazón y se puede predecir con toda certeza lo que ocurrirá. Haciendo
abstracción de toda preferencia dinástica, la clase media volverá al sistema de
1814 y 1830, salvo, acaso, con una leve modificación concerniente a la
prerrogativa real, análoga a la rectificación hecha al artículo 14 de la Carta,
después de la revolución de julio. La monarquía constitucional, en una palabra,
he aquí lo que constituye todavía la fe política y el deseo secreto de la
mayoría burguesa. He ahí la medida de la confianza que tiene en sí misma; ni su
pensamiento ni su energía van más allá. Pero, precisamente a causa de esta
predilección monárquica, la clase medía, aunque tenga numerosas y fuertes
raíces en la actualidad, aunque por la inteligencia, la riqueza, el número,
constituya la parte más considerable de la nación, no puede ser considerada
como la expresión del porvenir; ella se revela como el partido por excelencia
del statu quo es la personificación del statu quo.
Acto seguido he dirigido los ojos al gobierno, al
partido de quien es órgano de una manera más especial y, debo decirlo, los he
encontrado a ambos en el fondo iguales a sí mismos, fieles a la idea
napoleónica, a pesar de las concesiones que les arrancan, por una parte, el
espíritu del siglo, por otra, la influencia de esta clase medía, fuera de la
cual y contra la cual ningún gobierno es posible. Que el imperio vuelva a todo
el esplendor de su tradición, que su poder sea igual a su voluntad, y mañana
tendremos con aquellos esplendores de 1804 y de 1809, las fronteras de 1812;
volveremos a encontrarnos con el Tercer Imperio de Occidente, con sus
tendencias a la universalidad y su autocracia inflexible. Ahora bien,
precisamente a causa de esta fidelidad a su idea el Imperio, aun siendo la
actualidad misma, no puede considerarse como expresión del porvenir, dado que,
al afirmarse como conquistador y autocrático, negaría la libertad, pues él
mismo, al prometer un coronamiento del edilicio, se ha presentado como
un gobierno de transición. El Imperio, es la paz, ha dicho Napoleón III.
Sea; pero entonces ¿cómo el Imperio no siendo ya la guerra, dejaría de ser el statu
quo?
He observado a la Iglesia, y de buen grado le hago
esta justicia: es inmutable. Fiel a su dogma, a su moral, a su disciplina tanto
como a su Dios, no hace al siglo sino concesiones formales; no adopta su
espíritu ni marcha con él al unísono: la Iglesia será la eternidad, si lo
queréis así, la forma superior del statu quo: no es el progreso;
no podría ser por consiguiente, la expresión del porvenir.
Igual que la clase media y los partidos dinásticos,
igual que el Imperio y la Iglesia, también la democracia forma parte del presente,
y lo será tanto tiempo como existan clases superiores a ella, una realeza y
aspiraciones nobiliarias, una Iglesia y un sacerdocio; en tanto que la
liberación política, económica y social no se haya realizado. Desde la
Revolución francesa, la democracia ha tomado por divisa: Libertad, Igualdad.
Como por su naturaleza y su función representa el movimiento, la vida, su
consigna era: ¡Adelante! Así, la democracia podía presentarse, y acaso
sólo ella podía hacerlo, como la expresión del porvenir; es efectivamente lo
que el mundo ha querido tras la caída del primer Imperio y luego del
advenimiento de la clase media. Pero para expresar el porvenir, para realizar
las promesas, hacen falta principios, un derecho, una ciencia, una política,
cosas todas ellas que la revolución parecía haber cimentado. Ahora bien, he
aquí lo inaudito, la democracia se muestra infiel a sí misma; ha roto con sus
orígenes, vuelve la espalda a sus destinos. Su conducta desde hace tres años ha
sido una abdicación, un suicidio. Sin duda que no ha dejado de estar en el
presente: pero como partido del porvenir ha dejado de existir. La conciencia
democrática está vacía: se trata de un globo deshinchado que algunas sectas,
algunos intrigantes políticos se arrojan unos a otros, pero que nadie puede
devolver a su tersura prístina. Nada de ideas: en su lugar, fantasías
novelescas, mitos, ídolos. El 89 está arrumbado, 1848 cubierto de infamias. Por
lo demás no queda en ella ni sentido político, ni sentido moral ni sentido
común; la ignorancia al máximo, la inspiración de los grandes días totalmente
perdida. Lo que la posteridad no podrá creer es que, entre la multitud de
lectores que paga á una prensa privilegiada, hay apenas uno por cada mil que
sepa, ni siquiera por intuición, lo que significa la palabra federación. Sin
duda que, en este caso, los anales de la revolución no podían instruirnos gran
cosa; pero, de cualquier modo, no se es el partido del porvenir para
inmovilizarse en las pasiones de siglos anteriores, y es deber de la democracia
crear sus ideas, y modificar en consecuencia su consigna. La federación es el
nombre nuevo bajo el que la libertad, la igualdad, la revolución con todas sus
consecuencias han aparecido en 1859, a los ojos de la democracia. Y, sin
embargo, ¡liberales y demócratas no han visto en él sino una conspiración
reaccionaria! ...
Desde la institución del sufragio universal, la
democracia, considerando llegado su reino y considerando que su gobierno había
pasado las pruebas de aptitud, que por consiguiente lo único a discutir era la
elección de los hombres, y que ella era la fórmula suprema del orden, la
democracia, digo, ha querido constituirse a su vez en partido de statu quo. Apenas
se adueña de la situación que empieza a adaptarse para el inmovilismo. Pero
entonces ¿qué hacer cuando alguien se llama democracia, cuando
representa a la revolución y cuando, sin embargo, se llega al inmovilismo? ¡La
democracia ha pensado que su misión consistía en reparar las viejas
injusticias, en resucitar las naciones afligidas, en una palabra, en rehacer su
historia! Esto es lo que expresa por la palabra NACIONALIDAD, escrito en el
frontispicio de su nuevo programa. No satisfecha de convertirse en el partido
del statu quo, se ha convertido en partido retrógrado.
Y como la nacionalidad, tal como la comprende y la
interpreta la democracia tiene como corolario la unidad, ha consagrado
definitivamente su abjuración, declarándose definitivamente poder absoluto,
indivisible e inmutable.
La nacionalidad y la unidad, he aquí pues la fe, la
ley, la razón de Estado, he aquí los dioses actuales de la democracia. Pero
para ella la nacionalidad es sólo una palabra, puesto que en el pensamiento de
los demócratas sólo representa sombras chinescas. En cuanto a la unidad,
veremos en el curso de este escrito lo que cabe pensar del régimen unitario.
Pero mientras tanto, puedo afirmar, a propósito de Italia y de las
manipulaciones de que ha sido objeto la Carta política de ese país, que esa
unidad, por la que sienten tan vivo entusiasmo tantos supuestos amigos del
pueblo y del progreso, no es otra cosa en el fuero interno de los hábiles, que
un negocio, un gran negocio, mitad dinástico y mitad bancocrático,
barnizado de liberalismo, salpicado de conspiración y a la que algunos honrados
republicanos, mal informados o engañados, sirven de introductores.
A tal democracia, tal periodismo. Desde la época en
que en el Manual del especulador de Bolsa fustigaba yo el papel
mercenario de la prensa este papel no ha cambiado. No ha hecho sino ampliar la
onda de sus operaciones. Todo lo que en otro tiempo poseía de razón, de
espíritu, de crítica, de conocimientos, de elocuencia, ha queda do, resumido,
salvo raras excepciones, en estos dos vocablos que tomo del vocablo
profesional: difamación y reclamo. Habiendo sido confiada la cuestión italiana
a los periódicos, esas estimables piezas de papel, ni más ni menos que si se
hubiera tratado de sociedades en comandita, o como una claque obediente a la
señal de un jefe, empezaron motejándome de mixtificador, malabarista, borbónico,
papista, Erostrato, renegado, vendido, y resumo la letanía. Luego,
adoptando un tono más sereno empezaron a recordar que yo era el enemigo
irreconciliable del Imperio y de todo gobierno, de la Iglesia y de toda
religión, así como de toda moral; un materialista, un anarquista, un ateo, una
especie de Catilina literario capaz de sacrificar todo, tanto pudor como buen
sentido, al deseo de hacer hablar de él, y cuya táctica esencial, en lo
sucesivo, consistía en asociar astutamente la causa del emperador a la del
Papa, y empujando a los dos contra la democracia, arruinar al mismo tiempo a
todos los ,partidos y a todas las opiniones, para elevar finalmente un
monumento a mi orgullo sobre los escombros del orden social. Tal ha sido el
sentido profundo de las críticas de Le Siècle, L'Opínion natiónale, La
Presse, L'Echo de la Presse, La Patrie, Le Pays, Les Débats: y aún
omito algunos, pues no he leído todo sobre el tema. En esta ocasión se ha
recordado que yo había sido la causa principal de la caída de la República, y
ha habido demócrata de cerebro tan confuso como para murmurarme al oído que
semejante escándalo no volvería a producirse, que la democracia había superado
las locuras de 1848, y que era a mi a quien ella destinaba sus primeras balas
conservadoras.
No quisiera dar la impresión de atribuir a estas
ridículas violencias, dignas de los órganos que las inspiran, más importancia
de la que merecen. Las cito como ejemplo de la influencia del periodismo
contemporáneo y como testimonio del estado de los espíritus Pero si mi amor
propio como individuo, si mi con ciencia como ciudadano está por encima de
tales ataques, no ocurre lo mismo con mi dignidad de escritor intérprete de la
revolución. Estoy cansado de los ultrajes de una democracia decrépita y de las
afrentas de sus periódicos. Después del 10 de diciembre de 1848, viendo la masa
del país y todo el poder del Estado vuelto contra lo que me parecía ser la
revolución, intenté aproximarme a un partido que, si bien desprovisto de ideas,
tenía aún la aureola del prestigio. Fue un error que he lamentado amargamente,
pero que aún estoy a tiempo de rectificar. Seamos nosotros mismos si queremos
ser algo; formamos, si hay lugar, con nuestros adversarios y nuestros rivales,
federaciones, pero nunca fusiones. Lo que me está ocurriendo desde hace tres
meses me ha hecho tomar esta decisión, sin posible retroceso. Entre un partido
que en una filosofía del derecho ha sabido descubrir un sistema de tiranía y en
las maniobras de la especulación un progreso; para el que los hábitos del
absolutismo son virtud republicana y las prerrogativas de la libertad una
rebelión; entre este partido, digo, y el hombre que busca la verdad de la
revolución y su justicia, no puede haber nada común. La separación es necesaria
y, sin resentimiento, pero sin temor, la llevo a cabo.
En el curso de la primera revolución, los
jacobinos, experimentando de vez en cuando la necesidad de purificar su
sociedad, llevaban a efecto en ellos mismos lo que entonces se llamaba una depuración.
Invito a una manifestación de este género a cuantos amigos sinceros y
esclarecidos de las ideas del 89 puedan quedar. Seguro del apoyo de una élite,
contando con el buen sentido de las masas, en lo que a mí se refiere rompo con
una facción que ya no representa nada. Aunque no llegásemos jamás a un
centenar, es suficiente para lo que me atrevo a emprender. En todo tiempo la
verdad ha servido a quienes le han sido fieles; aunque hubiese de sucumbir
víctima de aquéllos a quienes me dispongo a combatir, tendré, al menos, el consuelo
de pensar que, una vez mi voz silenciada, mi pensamiento obtendrá justicia y
que, antes o después, mis propios enemigos serán mis émulos.
Pero, ¿qué estoy diciendo en realidad? No habrá ni
batalla ni ejecución: el veredicto del público me ha dado de antemano la razón.
¿No ha corrido el rumor, repetido por diversos periódicos, de que la respuesta
que publico en este instante tendría por título: ¿Los Iscariotes?...
Pero esta justicia reside sólo en la opinión. Sería un error por mi parte
encabezar mi trabajo con ese llamativo título, demasiado merecido para algunos.
En el curso de los dos meses que me ocupo en pulsar el estado de las almas, he
podido comprobar que si la democracia abunda en judas, hay en ella muchos más
San Pedros todavía, y escribo tanto para éstos como para aquéllos. Por
consiguiente, he renunciado al placer de una vendetta; me tendré por muy
dichoso si, como el gallo de la Pasión, puedo contribuir a fortalecer en ellos
tanto vacilante valor, restituyéndoles a la vez conciencia y entendimiento.
Dado que, en una publicación cuya forma era más
bien literaria que didáctica, se ha simulado no comprender el pensamiento
esencial, me veo obligado a volver a los procedimientos de la escuela y a
argumentar de modo sistemático. Divido, pues, este trabajo, mucho más extenso
de lo que hubiera deseado, en tres partes: la primera, la más importante para
mis ex-correligionarios políticos, cuya razón veo gravemente afectada, tendrá
como objeto establecer los principios de la materia de que se trata; en la segunda
haré la aplicación de estos principios a la cuestión italiana y al estado
general de cosas. Mostraré la insensatez y la inmoralidad de la política
unitaria; en la tercera, responderé a las objeciones de aquellos señores
periodistas, benevolentes u hostiles, que han considerado su deber ocuparse de
mi último trabajo, y haré ver por medio de su ejemplo el peligro que corre la
razón de las masas, bajo la influencia de una teoría destructora de toda
individualidad.
Ruego a las personas, no importa la opinión que
profesen, que, aun rechazando más o menos el fondo de mis ideas, han acogido
mis primeras observaciones sobre Italia con alguna consideración, que sigan
manifestándome su simpatía; por lo que a mí respecta, trabajaré por que, en
medio del caos intelectual y moral en que estamos sumergidos, en esta hora en
que los partidos solamente se distinguen como los caballeros combatientes de
los torneos, por el color de sus penachos los hombres de buena voluntad,
llegados desde todos los puntos del horizonte, hallen al fin una tierra sagrada
en la que, cuando menos, puedan ofrecerse una mano leal y hablar un lenguaje
común.
Esta tierra sagrada es la del derecho, la moral, la
libertad, el respeto a la humanidad en todas sus manifestaciones, individuo,
familia, asociación, ciudadanía; la tierra de la pura y franca justicia donde
fraternizan, sin distinción de partido, escuela, cultos, remordimientos,
esperanzas, todas las almas generosas. En cuanto a esta fracción degenerada de
la democracia, que ha creído poder avergonzarme con lo que denomina los aplausos
de la prensa legitimista, clerical e imperial, sólo les dirigiré por el
momento unas palabras: que la vergüenza, si tal existe, debe caer plenamente
sobre ella. Era a ella a quien le correspondía aplaudirme: y el mayor servicio
que podré hacerle será el de demostrarlo de modo fehaciente.
Capítulo I
DUALISMO POLÍTICO.
AUTORIDAD Y LIBERTAD:
OPOSICIÓN Y CONEXIÓN DE
ESTOS DOS SISTEMAS
Antes de decir lo que se entiende por federación,
es necesario recordar en algunas páginas el origen y la filiación de la idea.
La teoría del sistema federal es nueva; creo hasta poder decir que no ha sido
formulada por nadie. Está, empero, íntimamente enlazada con la teoría general
de los gobiernos; es, hablando de una manera más precisa, su consecuencia
indeclinable.
Entre tantas constituciones como la filosofía
propone y la historia presenta ensayadas no hay sino una que reúna las
condiciones de justicia, orden, libertad y duración, sin las que no pueden
subsistir ni la sociedad ni el individuo. La verdad es una como la naturaleza;
y sería por cierto de extrañar que no fuese así, tanto para el espíritu como
para la sociedad, que es su más grandiosa obra. Todos los publicistas han
reconocido esa unidad de la legislación humana; todos, y es más, se han
esforzado en conformar con ella sus doctrinas, sin por esto negar la variedad
de aplicaciones que reclama el genio propio de cada nación y la diversidad
general de tiempos y lugares, ni desconocer la parte que hay que dar a la
libertad en todo sistema político. Trato de demostrar que esa constitución
única, cuyo reconocimiento será el mayor esfuerzo que pueda hacer la razón de
los pueblos, no es otra cosa que el sistema federativo. Toda forma de gobierno
que de ella se aleje debe ser considerada como una creación empírica, como un
bosquejo provisional, como una tienda de árabe debajo de la cual viene la
sociedad a albergarse por un momento, levantándola al día siguiente de haberla
establecido. Se hace aquí, por tanto, indispensable un severo análisis; y la
primera verdad de que importa que el lector se convenza es que la política,
variable a lo infinito como arte de aplicación, es en cuanto a los principios
que la rigen una ciencia de demostración, ni más ni menos que la geometría y el
álgebra.
El orden político descansa fundamentalmente en dos
principios contrarios: la autoridad y la libertad. El primero inicia; el
segundo determina. Este tiene por corolario la razón libre; aquél, la fe que
obedece.
Contra esta primera proposición no creo que se
levante nadie. La autoridad y la libertad son tan antiguas en el mundo como la
raza humana: con nosotros nacen y en cada uno de nosotros se perpetúan. Haré
ahora sólo una observación que podría pasar inadvertida a los más de los
lectores: estos dos principios forman, por decirlo así, una pareja cuyos dos
términos están indisolublemente unidos y son, sin embargo, irreductibles el uno
al otro, viviendo por más que hagamos en perpetua lucha. La autoridad supone
indefectiblemente una libertad que la reconoce o la niega; y a su vez la
libertad, en el sentido político de la palabra, una autoridad que trata con
ella y la refrena o la tolera. Suprimida una de las dos, nada significa la
otra: la autoridad sin una libertad que discute, resiste o se somete, es una
palabra vana; la libertad sin una autoridad que le sirva de contrapeso, carece
de sentido.
El principio de autoridad, principio familiar,
patriarcal., magistral, monárquico, teocrático, principio que tiende a la
jerarquía, a la centralización a la absorción, es debido a la naturaleza, y por
lo mismo esencialmente fatal o divino, como quiera llamársela. Su acción,
contrariada, dificultada por el principio contrarío, puede ser ampliada o
restringida indefinidamente, no aniquilada.
El principio de libertad, personal, individualista,
crítico, agente de división, de elección, de transacción, es debido al
espíritu. Es, por consecuencia, un principio esencialmente arbitrador, superior
a la naturaleza, de que se sirve, y a la fatalidad que domina, ilimitado en sus
aspiraciones, susceptible como su contrario de extensión y de restricción, pero
tan incapaz como él de perecer en virtud de su propio desarrollo como de ser
aniquilado por la violencia.
Síguese de aquí que en toda sociedad, aun la más
autoritaria, hay que dejar necesariamente una parte a la libertad; y,
recíprocamente, que en toda sociedad, aun la más liberal, hay que reservar una
parte a la autoridad. Esta condición es tan absoluta, que no puede sustraerse a
ella ninguna combinación política. A despecho del entendimiento, que tiende
incesantemente a transformar la diversidad en unidad, permanecen los dos
principios el uno enfrente del otro y en oposición continua. El movimiento
político resalta de su tendencia inevitable a limitarse y de su reacción mutua.
Todo esto, lo confieso, no tiene quizá nada de
nuevo, y temo ya que más de un lector me pregunte si es todo esto lo que voy a
enseñarle. Nadie niega la naturaleza ni el espíritu a pesar de la mucha
oscuridad que los envuelve; ningún publicista sueña con redargüir de falsa la
autoridad ni la libertad, por más que su conciliación, su separación y su
eliminación parezcan igualmente imposibles. ¿Adónde, pues, me propongo ir a
parar repitiendo ese lugar común?
Lo diré. Voy a parar a que todas las constituciones
políticas, todos los sistemas de gobierno, incluso la federación, pueden ser
reducidos a esta sola fórmula: contrapeso de la autoridad por la libertad, y
viceversa; a que, por consecuencia, las categorías adoptadas desde el
tiempo de Aristóteles por los autores, categorías con cuyo auxilio se clasifica
a los gobiernos, se diferencia a los Estados y se distingue a las naciones, monarquía,
aristocracia, democracia, etc., se reducen, salvo aquí la federación, a
construcciones hipotéticas y empíricas en las que la razón y la justicia no
quedan plenamente satisfechas, a que todos esos gobiernos, compuestos de
elementos iguales e igualmente incompletos, no difieren unos de otros sino en
materia de intereses, de preocupaciones, de rutina, y en el fondo se parecen y
se equivalen; a que así, aun cuando no fuese debido a la aplicación de tan
falsos sistemas, el malestar social de que se acusan unas a otras pasiones
irritadas, los intereses lastimados y el amor propio burlado y ofendido,
estaríamos respecto al fondo de las cosas cerca de entendernos; a que, por fin,
todas esas divisiones de partidos entre los que abre nuestra imaginación
abismos, toda esa contrariedad de opiniones que nos parece irresoluble, todos
esos antagonismos de fortuna que creemos sin remedio, van a encontrar pronto en
la teoría del gobierno federal su ecuación definitiva.
Qué de cosas, se dirá, en una mera oposición
gramatical: ¡Autoridad, libertad!...
Pues bien, sí. He observado que las inteligencias
ordinarias, que los niños, ven mejor la verdad cuando reducida a un fórmula
abstracta que cuando explicada en un volumen de disertaciones y de hechos. Me
he propuesto a su vez abreviar el estudio para los que no pueden leer libros, y
hacerlo lo más concluyente posible trabajando sobre simples nociones.
Autoridad, libertad: dos ideas opuestas la una a la otra y condenadas a vivir
en lucha o morir juntas; no se dirá, por cierto, que sea esto cosa difícil.
Ten, amigo lector, sólo la paciencia de leerme, y si has comprendido ese
primero y cortísimo capítulo, tú me dirás después cuál es tu juicio.
Capítulo II
CONCEPCIÓN «A PRIORI»
DEL ORDEN POLITICO:
RÉGIMEN DE AUTORIDAD,
RÉGIMEN DE LIBERTAD
Conocemos ya los dos principios fundamentales y
antitéticos de todo gobierno: autoridad, libertad.
En virtud de la tendencia del espíritu humano a
reducir todas sus ideas a un principio único, y, por tanto, a eliminar todas
las que le parecen inconciliables con ese principio, dos regímenes diferentes
se deducen a priori de esas dos nociones primordiales, según la
preferencia o predilección dadas a la una o a la otra: el régimen de
autoridad y el régimen de libertad.
Estando además la sociedad compuesta de individuos,
y pudiéndose, desde el punto de vista político, concebir de cuatro maneras
diferentes la relación del individuo con el grupo de que forma parte, resultan
cuatro formas gubernativas, dos para cada régimen.
I. Régimen
de autoridad
A) Gobierno
de todos por uno solo: MONARQUIA O PATRIARCADO.
a) Gobierno
de todos por todos: panarquía o comunismo.
El carácter especial de este régimen en sus dos
especies es la indivisión del poder.
II. Régimen de libertad
B) Gobierno
de todos por cada uno: DEMOCRACIA.
b) Gobierno
de cada uno por cada uno: anarquía o self-government.
El carácter esencial de este régimen en sus dos
especies es la división del poder.
Ni más ni menos. Esta clasificación es matemática,
como dada a priori por la naturaleza de las cosas y la deducción del
espíritu. No puede la política quedar más acá ni ir más allá, ínterin se la
considere como el resultado de una construcción silogística, cosa que
supusieron naturalmente todos los antiguos legisladores. Esa sencillez es
notable: nos presenta desde un principio y bajo todos los sistemas al jefe de
Estado esforzándose en deducir de un solo elemento todas sus constituciones. La
lógica y la buena fe son primordiales en política; pero aquí está precisamente
el peligro.
OBSERVACIONES.
I. Es
sabido cómo se establece el gobierno monárquico, expresión primitiva del
principio de autoridad. Nos lo ha dicho M. de Bonald se funda en la autoridad
paterna. La familia es el embrión de la monarquía. Los primeros Estados fueron
generalmente familias o tribus gobernadas por tu jefe natural, marido, padre,
patriarca, al fin rey.
Bajo este régimen el Estado se desarrolla de dos
maneras: primera, por la generación o multiplicación natural de la familia,
tribu o raza; segunda, por la adopción, es decir, por la incorporación
voluntaria o forzosa de las familias y tribus circunvecinas, hecha de suerte
que las tribus reunidas no constituyan con la tribu-madre sino una misma
domesticidad, una sola familia. Este desenvolvimiento del Estado monárquico
puede alcanzar proporciones inmensas; puede llegar a centenares de millones de
hombres, distribuidos por centenares de miles de leguas cuadradas.
La panarquía, pantocracia o comunismo, nace
naturalmente de la muerte del monarca o jefe de familia y de la declaración de
los súbditos, hermanos, hijos o socios, de querer permanecer en la indivisión
sin elegir un nuevo jefe. Esta forma política, si es que de ella hay ejemplos,
es sumamente rara, a causa de hacerse sentir más el peso de la autoridad y
abrumar más al individuo que el de cualquiera otra. Apenas ha sido adoptada más
que por las comunidades religiosas, que han tendido al aniquilamiento de la
libertad en todos los países y bajo todos los cultos. La idea no por esto deja
de ser obtenida a priori, como la idea monárquica: encontrará su
explicación en los gobiernos de hecho, y debíamos mencionarla aun cuando no
fuese más que para memoria.
Así la monarquía, fundada en la naturaleza y
justificada, por consiguiente, en su idea, tiene su legitimidad y su moralidad.
Otro tanto sucede con el comunismo. No tardaremos con todo en ver que esas dos
variedades del mismo régimen, a pesar de lo concreto del hecho en que descansan
y lo racional de su deducción, no pueden mantenerse dentro del rigor de su
principio ni en la pureza de su esencia, y están, por tanto, condenadas a
permanecer siempre en estado de hipótesis . De hecho, a pesar de su origen
patriarcal, de su benigno temperamento y de sus aires de absolutismo y derecho
divino, ni la monarquía ni el comunismo se han desarrollado en ninguna parte
conservando la sinceridad de su tipo.
II. ¿Cómo
se establece a su vez el gobierno democrático del principio de libertad? Juan
Jacobo Rousseau y la revolución nos lo han enseñado, por medio del contrato.
Aquí la fisiología no entra ya por nada: el Estado aparece como el producto, no
ya de la naturaleza orgánica, de la carne, sino de la naturaleza inteligible,
del espíritu.
Bajo este régimen, el Estado se desarrolla por
accesión o adhesión libre. Así como se supone que los ciudadanos todos han
firmado el contrato, se supone también que lo ha suscrito el extranjero que
entra en la república: bajo esta condición solamente se le otorgan los derechos
y prerrogativas de ciudadano. Si el Estado ha de sostener una guerra y se hace
conquistador, concede por la fuerza de su mismo principio a las poblaciones
vencidas los derechos de que gozan los vencedores, que es lo que se conoce con
el nombre de isonomía. Tal era entre los romanos la concesión del
derecho de ciudadanía. Supónese hasta que los niños al llegar a la mayor edad
han jurado el pacto. No sucede en las democracias lo que en las monarquías, donde
se es súbdito de nacimiento sólo por ser hijo de súbdito, ni lo que en las
comunidades de Licurgo y de Platón, donde por el solo hecho de venir al mundo
se pertenecía al Estado. En una democracia no se es, en realidad, ciudadano por
ser hijo de ciudadano; para serio, es de todo punto necesario en derecho,
independientemente de la cualidad de ingenuo, haber elegido el sistema
vigente.
Otro tanto sucede respecto a la accesión de una
familia, de una ciudad, de una provincia: es siempre la libertad la que le
sirve de principio y la motiva.
Así, al desenvolvimiento del Estado autoritario,
patriarcal, monárquico o comunista, se contrapone el del Estado liberal,
consensual y democrático. Y así como no hay límites naturales para la extensión
de la monarquía, que es lo que en todos los tiempos y en todos los pueblos ha
sugerido la idea de una monarquía universal o mesiánica, no los hay tampoco
para la del Estado democrático, hecho que ha sugerido igualmente la idea de una
democracia o república universal.
Como variedad del régimen liberal, he presentado la
ANARQUIA o gobierno de cada uno por sí mismo, en inglés self-government. La
expresión de gobierno anárquico es, en cierto modo, contradictoria; así que la
cosa parece tan imposible como la idea absurda.
No hay aquí, sin embargo, de reprensible sino el
idioma: la noción de anarquía en política es tan racional y positiva como
cualquiera otra. Consiste en que si estuviesen reducidas sus funciones
políticas a las industriales, resultaría el orden social del solo hecho de las
transacciones y los cambios. Cada uno podría decirse entonces autócrata de sí
mismo, lo que es la extrema inversa del absolutismo monárquico.
Por lo demás, así como la monarquía y el comunismo,
fundados en naturaleza y razón, tienen su legitimidad y su moralidad, sin que
puedan jamás realizarse en todo el rigor y la pureza de su noción, la
democracia y la anarquía, fundadas en libertad y en derecho, tienen su
legitimidad y su moralidad corriendo tras un ideal que está en relación con su
principio. No tardaremos con todo en ver también que, a despecho de su origen
jurídico y racional, no pueden, al crecer y desarrollarse en población y
territorio, mantenerse dentro del rigor y la pureza de su idea, y están
condenadas a permanecer en el estado de perpetuo desiderátum. A pesar del
poderoso atractivo de la libertad, no se hallan constituidas en parte alguna
con la plenitud ni la integridad de su idea ni la democracia ni la anarquía.
Capítulo III
FORMAS DE GOBIERNO
Con la ayuda de esos trebejos metafísicos, se han
establecido, no obstante, desde el principio del mundo todos los gobiernos de
la Tierra, y con ellos llegaremos a descifrar el enigma político, por poco que
trabajemos para conseguirlo. Perdóneseme, pues, sí insisto en ellos, como se
hace con los niños a quienes se enseñan los elementos de la gramática.
En todo lo que precede no se encontrará una sola
palabra que no sea perfectamente exacta. No se raciocina de otro modo en las
matemáticas puras. No está en el uso de las nociones el principio de nuestros
errores, sino en las exclusiones que, so pretexto de lógica, nos permitimos
hacer al aplicarlas.
a) Autoridad, libertad. Estos son los dos polos de la política.
Su oposición antitética, diametral, contradictoria, nos da la seguridad de que
es imposible un tercer término, de que no existe. Entre el sí y el no,
del mismo modo que entre el ser y el no-ser, no admite nada la lógica.
b) La
conexión de esas mismas nociones, su irreductibilidad, su movimiento, están
igualmente demostradas. No van la una sin la otra, no se puede suprimir ésta ni
aquélla, no es posible reducirlas a una expresión común. Respecto a su
movimiento, basta ponerlas la una enfrente de la otra para que, tendiendo a
absorberse mutuamente, se desarrollen la una a expensas de la otra, y entren al
punto en acción.
c) De esas dos nociones resultan
para la sociedad dos regímenes diferentes, que hemos llamado régimen de
autoridad y régimen de libertad, regímenes de los cuales puede luego tomar
cada uno dos formas diferentes, no más ni menos. La autoridad no se presenta
con toda su grandeza sino en la colectividad social, y, por consecuencia, no
puede ni manifestar su voluntad ni obrar sino por medio de la colectividad
misma o de alguien que la represente. Otro tanto sucede con la libertad, la
cual no es perfecta sino cuando está para todos asegurada, bien porque todos
participen del gobierno bien porque el gobierno no haya sido deferido a nadie.
Es de todo punto imposible salir de esas alternativas: respecto al régimen de
autoridad, gobierno de todos por todos o gobierno de todos por uno
solo; respecto al de libertad, gobierno en participación de todos
por cada uno o gobierno de cada uno por sí mismo. Todo esto es
fatal, como la unidad y la pluralidad, el calor y el frío, la luz y las tinieblas.
Pero se me dirá: ¿No se ha visto acaso jamás que el gobierno sea el patrimonio
de una harte más o menos considerable de la república con exclusión del resto?
¿No se han visto aristocracias, gobierno de las clases altas;
olocracias, gobierno de la plebe; oligarquías, gobierno de una
facción. La observación es justa, todo esto se ha visto real y verdaderamente;
pero esos gobiernos son de hecho, obras de usurpación, de violencia, de
reacción, de transición, de empirismo, donde están adoptados a la vez todos los
principios, y luego son igualmente violados, desconocidos y confundidos todos;
y nosotros hablamos ahora sólo de los gobiernos, a priori, concebidos
según las leyes de la lógica y basados en un solo principio.
Lo repito: nada hay de arbitrario en la política
racional, que tarde o temprano ha de venir a confundirse con la política
práctica. La arbitrariedad no es obra ni de la naturaleza ni del espíritu; no
la engendran ni la necesidad de las cosas ni la infalible dialéctica de las
nociones. La arbitrariedad es hija, ¿sabéis de quién? Su propio nombre os lo
dice: del LIBRE ARBITRIO, de la libertad. ¡Cosa admirable! El único enemigo
contra el cual se ha de poner la libertad en guardia no es, en el fondo, la
autoridad que todos los hombres adoran como si fuese la justicia; es la
libertad misma, la libertad del príncipe, la libertad de los grandes, la
libertad de las muchedumbres disfrazada con la máscara de la autoridad.
De la definición a priori de las diversas
especies de gobierno, pasemos ahora a sus formas.
Dase el nombre de forma de gobierno a la
manera cómo el Poder se distribuye y se ejerce. Natural y lógicamente, esas
formas están en relación con el principio, la formación y la ley de cada
régimen.
Así como el padre en la familia primitiva y el
patriarca en la tribu son a la vez amos de la casa, del carro o de la tienda, herus,
dominus, propietarios de la tierra, de los ganados y de sus crías,
labradores, industriales, directores, comerciantes, sacrificadores, guerreros;
así en la monarquía el príncipe es a la vez legislador, administrador, juez,
general, pontífice. Tiene el dominio eminente sobre la tierra y sus
productos; es jefe de las artes y los oficios, del comercio, de la agricultura,
de la marina, de la instrucción pública; está revestido de toda autoridad y de
todo derecho. El rey es, en dos palabras, el representante, la encarnación de
la sociedad: él es el Estado. La reunión o indivisión de los poderes es
el carácter de la monarquía. Al principio de autoridad que distingue al padre
de familia y al monarca, viene a unirse aquí como corolario el principio de
universalidad de atribuciones. Hay aquí reunidos en la misma persona un jefe
militar como Josué, un juez como Samuel, un sacerdote como Aarón, un rey como
David, un legislador como Moisés, Salón, Licurgo, Numa. Tal es el espíritu de
la monarquía, tales son sus formas.
Pronto, empero, por la extensión dada al Estado, el
ejercicio de la autoridad es superior a las fuerzas de un hombre. El príncipe
entonces se hace ayudar por consejeros oficiales o ministros escogidos por él
que obran en su puesto y lugar, y son sus mandatarios y procuradores para con
el pueblo. Del mismo modo que el príncipe a quien representan, esos enviados,
sátrapas, procónsules o prefectos, acumulan a su mandato todos los atributos de
la autoridad; pero debiendo, se entiende, dar cuenta de su gestión al monarca
su amo, en cuyo interés y en cuyo nombre gobiernan, cuya dirección reciben y de
cuya vigilancia son constante objeto, a fin de que esté seguro de la alta posesión
de la autoridad, del honor del mando y de los beneficios del Estado, y al
abrigo de toda clase de usurpaciones y revueltas. En cuanto a la nación, ni
tiene derecho de pedir cuentas, ni tienen por qué dárselas los agentes del
príncipe. En ese sistema, la única garantía de los súbditos está en el interés
del soberano, el cual, por lo demás, no reconoce otra ley que su gusto.
En el régimen comunista, las formas del gobierno
son las mismas: el poder está en el ejercicio pro indiviso por la
colectividad social, del mismo modo que lo era antes por la sola persona del
monarca. Así en los campos de Mayo de los germanos deliberaba y juzgaba el
Pueblo entero sin distinción de edad ni sexo; así los cimbrios y los teutones
peleaban contra Mario acompañados de sus mujeres: no conociendo la estrategia
ni la táctica, ¿qué falta les habían de hacer los generales? Por un resto de
ese comunismo dictaba la masa entera en Atenas las sentencias criminales, por
una inspiración del mismo género diose la República de 1848 novecientos
legisladores, sintiendo no poder reunir en una misma asamblea sus diez millones
de electores, que hubo de contentarse con llamar a las urnas. De aquí han
salido, por fin, los proyectos de legislación directa por sí y por no
que se ha concebido en nuestros mismos tiempos.
Las formas del Estado liberal o democrático
corresponden igualmente al principio de formación y a la ley de
desenvolvimiento de ese mismo Estado: por consecuencia, difieren radicalmente
de los de la monarquía. Consisten en que el poder, lejos de ser ejercido
colectivamente y pro indiviso, como en la comunidad primitiva, está
distribuido entre los ciudadanos, cosa que se verifica de dos maneras. Si se
trata de un servicio susceptible de ser materialmente dividido, como de la
construcción de un camino, del mando de una armada de la policía de una ciudad,
de la instrucción de la juventud, se reparte el trabajo por secciones, la
armada por escuadras y aun por buques, la ciudad por barrios, la enseñanza por
cursos, y se pone al frente de cada división un director, un comisario, un
almirante, un capitán, un maestro. Los atenienses acostumbraban a nombrar en
sus guerras diez o doce generales, cada uno de los cuales mandaba por turno un
día; uso que parecería hoy muy extraño, pero necesario en aquella democracia,
que no consentía otra cosa. Si la función es indivisible, se la deja entera, y
o bien se nombran muchos para ejercerlo, a pesar del precepto de Homero, que
halló mala la pluralidad en tratándose de mando, y donde mandamos nosotros un embajador
se manda una compañía, como hacían los antiguos; o bien se confía cada función
a un solo individuo, que se entrega a ella y hace de ella su especialidad, su
oficio; hecho que tiende a introducir en el cuerpo político una clase
particular de ciudadanos, a saber, los funcionarios públicos. Desde este
momento, la democracia- está en peligro: el Estado es distinto de la nación; su
personal pasa a ser, poco más o menos como en la monarquía, más afecto al
príncipe que a la sociedad y al Estado. En cambio, ha surgido una gran idea,
una de las más grandes ideas de la ciencia, la de la división o separación
de los poderes. Gracias a ella, toma la sociedad una forma
decididamente orgánica; las revoluciones pueden sucederse como las estaciones,
sin temor de que jamás perezca esa bella constitución del poderío público por
categorías: Justicia, Administración, Guerra, Hacienda, Culto, Instrucción
Pública, Comercio, etc. Hay ya por lo menos en las sociedades algo que no
morirá jamás.
La organización del gobierno liberal o democrático
es más complicada, más sabia, de una práctica más trabajosa y menos brillante
que la del gobierno monárquico, y, por tanto, menos popular. Casi siempre las
formas del gobierno libre han sido tratadas de aristocráticas por las masas, que
han preferido el absolutismo monárquico. De aquí la especie de círculo vicioso
en que giran y girarán aún por largo tiempo los hombres de progreso. Los
republicanos piden libertades y garantías naturalmente con el objeto de mejorar
la suerte de las masas; así que no pueden menos de buscar su apoyo en el
pueblo. Ahora bien, el pueblo es siempre un obstáculo para la libertad, bien
porque desconfíe de las formas democráticas, bien porque le sean indiferentes.
Las formas de la anarquía son indistintamente las de
la monarquía o las de la democracia, según la voluntad de cada individuo y
según lo permita el límite de sus derechos.
Tales son en sus principios y en sus formas los
cuatro gobiernos elementales que concibe a priori el entendimiento
humano y están destinados a servir de materiales para todas las futuras
construcciones políticas. Pero, lo repito, esos cuatro tipos, aunque sugeridos
a la vez por la naturaleza de las cosas y el sentimiento de la libertad y del
derecho, no son para realizados en sí mismos ni con todo el rigor de sus leyes.
Son concepciones ideales y fórmulas abstractas que no pueden pasar a
realidades, aunque por ellas se constituyan empírica e intuitivamente todos los
gobiernos de hecho. La realidad es compleja por su propia naturaleza lo simple
no sale de la esfera de lo ideal ni llega a lo concreto. Poseemos en esas
fórmulas antitéticas los elementos de una constitución regular, de la futura
constitución del género humano; pero será necesario que pasen siglos y se
desenvuelva ante nuestros ojos toda una serie de revoluciones antes que del
cerebro que ha de concebirla, es decir, del cerebro de la humanidad se
desprenda la fórmula definitiva.
Capítulo IV
TRANSACCIÓN ENTRE LOS
DOS PRINCIPIOS:
ORIGEN DE LAS
CONTRADICCIONES DE LA POLÍTICA
Puesto que los dos principios en que descansa todo
orden social, la autoridad y la libertad, por una parte son. contrarios entre
sí y están en perpetua lucha, y por otra no pueden ni excluirse ni refundiese
en uno, se hace entre ellos de todo punto inevitable una transacción.
Cualquiera que sea el sistema que se haya preferido, el monárquico o el
democrático, el comunista o el anárquico, no durará la institución algún tiempo
como no haya sabido apoyarse más o menos en los elementos de su antagonista.
Se engañaría, por ejemplo, de un modo raro el que
imaginase que el régimen de autoridad con su carácter personal, sus costumbres
de familia y su iniciativa absoluta, pueda satisfacer abandonado a sus solas
fuerzas sus propias necesidades. Por poca extensión que torne el Estado, esa
venerable paternidad degenera rápidamente en impotencia, confusión, desatino y
tiranía. El príncipe, no pudiendo atender a todo, debe necesariamente confiarse
a auxiliares que le engañan, le roban, le desacreditan, le pierden en la opinión
de los demás, le suplantan, y por fin le destronan. Ese desorden, inherente al
poder absoluto, la desmoralización que este poder produce, las catástrofes que
sin cesar le amenazan, son la peste de las sociedades y de los Estados. Así, se
puede sentar como regla que el gobierno monárquico es tanto más benigno, moral,
soportable y, por tanto, duradero, si se prescinde en este momento de las
relaciones exteriores, cuanto más modestas son sus dimensiones y más se acercan
a las de la familia; y viceversa, que será tanto más insuficiente, opresor,
odioso para sus súbditos, y por consecuencia menos sólido y duradero, cuanto
más vasto haya llegado a ser el Estado. La historia nos ha conservado el
recuerdo, y los siglos modernos nos han suministrado ejemplos de esas vastas y
espantosas monarquías, monstruos informes, verdaderos mastodontes políticos que
una civilización mejor no puede menos de hacer desaparecer progresivamente. En
todos esos Estados, el absolutismo está en razón directa de la masa y se
sostiene por su propio prestigio; en un Estado pequeño, por el contrario, la
tiranía no puede sostenerse un momento sino por medio de tropas mercenarias;
vista de cerca se desvanece. Para obviar ese vicio de su naturaleza, los
gobiernos monárquicos no han podido menos de aplicarse en mayor o menor medida
fas formas de la libertad, principalmente la separación de los poderes o la
división de la soberanía.
El motivo de esta modificación es fácil de
comprender. Si un hombre solo apenas basta para la explotación de una propiedad
de cien hectáreas, para la dirección de una fábrica que tenga ocupados algunos
centenares de jornaleros, para la administración de un pueblo de cinco mil a
seis mil habitantes. ¿cómo ha de poder llevar sobre sí el peso de un imperio de
cuarenta millones de hombres? Aquí, pues, la monarquía ha debido inclinar la
frente ante ese doble principio tomado de la economía política: primero, que
nunca se obtiene mayor suma de trabajo ni mayor rendimiento que cuando el
trabajador es libre y obra por su cuenta como empresario y propietario;
segundo, que es tanto mejor la calidad del producto o del servicio cuanto mejor
conoce el productor su especialidad y se consagra a ella exclusivamente. Hay
aún otra razón para que la monarquía tome de la democracia, y es que la riqueza
social aumenta en proporción a lo divididas y trabadas que están entre sí las
industrias, lo cual significa en política que el gobierno será tanto mejor y
tanto menos peligroso para el príncipe cuanto más determinadas y mejor
equilibradas estén las diversas funciones: cosa imposible en el régimen
absolutista. He aquí cómo los príncipes han ido, por decirlo así, a republicanizarse,
a fin de prevenir una ruina inevitable: en esos últimos años nos han dado
de esto brillantísimos ejemplos el Piamonte, Austria y Rusia. Atendida la
situación deplorable en que el zar Nicolás había dejado su imperio, el hecho de
haber introducido la distinción de los poderes en el gobierno ruso no es la
menor de las reformas emprendidas por su hijo Alejandro.
En el gobierno democrático se observan hechos
análogos, pero inversos.
Por más que se determinen con toda la sagacidad y
la previsión posibles los derechos y deberes de los ciudadanos y las
atribuciones de los funcionarios; por mucho que se prevean los incidentes, las
excepciones y las anomalías, deja siempre tanto por prever aun el hombre de
Estado más prudente, que cuanto más legisla, más litigios surgen. Exige todo
esto de los agentes del poder una iniciativa y un arbitraje que sólo pueden
imponerse estando constituidos en autoridad los que hayan de ejercerlo. Quítese
al principio democrático, quítese a la libertad esa sanción suprema, la
autoridad, y el Estado desaparece al momento. Es, con todo, obvio que no
estamos ya entonces en el terreno del libre contrato, a menos que no se
sostenga que los ciudadanos habían convenido previamente que en caso de litigio
se someterían a la decisión de uno de ellos, magistrado designado de antemano.
¿Y qué es esto más que renunciar al principio democrático y entrar en el
terreno de la monarquía?
Multiplique la democracia cuanto quiera con sus
funcionarios las garantías legales y los medios de vigilancia; llene de
formalidades los actos de sus agentes; llame sin cesar a los ciudadanos a que
elijan, a que discutan, a que voten; que quiera que no, sus funcionarios son
hombre de autoridad, palabra ya admitida; y si entre ellos hay alguno o
algunos que estén encargados de la dirección general de los negocios, ese jefe,
individual o colectivo, del gobierno es, como le ha llamado el mismo Rousseau,
un príncipe, a quien falta una nonada para que sea un rey.
Se pueden hacer observaciones análogas sobre el
comunismo y la anarquía. No hubo jamás una república comunista perfecta; y es
poco probable que, por alto que sea el grado de civilización, de moralidad y de
sabiduría a que se eleve el género humano, desaparezca de él todo vestigio de
autoridad y de gobierno. Pero mientras que el comunismo es el sueño de la mayor
parte de los socialistas, la anarquía es el ideal de la escuela económica, que tiende
abierta y decididamente a suprimir todo establecimiento gubernativo, y a
constituir la sociedad sobre las bases de la propiedad y del trabajo libres.
No daré más ejemplos. Lo que acabo de decir basta
para demostrar la verdad de mi proposición, es a saber: que no pudiendo
realizarse en toda la pureza de .su ideal ni la monarquía, ni la democracia, ni
el comunismo, ni la anarquía, están condenadas a completarse prestándose la una
a la otra sus diversos elementos.
Hay, a la verdad, en esto con qué humillar la
intolerancia de los fanáticos, que no pueden oír hablar de una opinión
contraria a la suya sin hasta cierto punto horripilarse. Sepan esos
desgraciados que empiezan ellos mismos por ser necesariamente infieles a su
principio, y es toda su fe política un tejido de inconsecuencias; y ¡ojalá que
el poder por su parte deje de ver pensamientos facciosos en la discusión de los
diferentes sistemas de gobierno! Luego que haya entrado el convencimiento de
que esos términos de monarquía, democracia, etc., no expresan sino concepciones
teóricas, muy distantes de las instituciones que parecen realizarlas, ni el
realista perderá su calma al oír las palabras contrato social, soberanía del
pueblo, sufragio universal, etc., ni el demócrata dejará de oír tranquilo y
con la sonrisa en los labios al que hable de dinastía, de poder absoluto o de
derecho divino. No hay verdadera monarquía, no hay verdadera democracia. La
monarquía es la forma primitiva, fisiológica y, por decirlo así, patronímico
del Estado: vive en el corazón de las masas y se manifiesta con fuerza por la
tendencia general a la unidad. La democracia bulle a su vez por todas partes:
fascina las almas generosas y se apodera en todos los pueblos de la flor de la
sociedad. Pero exige ya la dignidad de nuestra época que renunciemos por fin a
esas ilusiones que sobradas veces degeneran en mentiras. Hay contradicciones en
el fondo de todos los programas. Los tribunos populares juran sin advertirlo
por la monarquía; los reyes, por la democracia y la anarquía. Después de la
coronación de Napoleón I, leíanse durante algún tiempo las palabras República
francesa en una de las caras de las monedas, que llevaban en la otra la
efigie de Napoleón con el título de Emperador de los franceses. Luis
Felipe fue designado por Lafayette como la mejor de las repúblicas. ¿No
se le dio después también el sobrenombre de Rey de los propietarios? Garibaldi
ha prestado a Víctor Manuel el mismo servicio que Lafayette a Luis Felipe. Es
verdad que más tarde ha parecido que se arrepentían de haberlo hecho Lafayette
y Garibaldi; mas no por esto debe dejarse de consignar que lo hicieron, sobre
todo, cuando toda retractación había de ser ilusoria. No hay un demócrata que
pueda decir de sí que está puro de todo monarquismo, ni un partidario de la monarquía
que pueda lisonjearse de estar exento de todo republicanismo. Queda sentado que
no habiéndole repugnado a la democracia ni la idea dinástica ni la unitaria,
lejos de tener los partidarios de ambos sistemas el derecho de excomulgarse,
tienen el deber de ser el uno para con el tolerantes.
¿Qué es rota la política, si es imposible que una
sociedad se constituya exclusivamente sobre el principio a que dé su
preferencia, si, por más que haga el legislador, el gobierno, acá reputado
monárquico, allá democrático, no deja de ser jamás una indecisa mezcla donde
están combinados elementos los más contrapuestos en proporciones arbitrarias,
determinadas sólo por caprichos e intereses; donde las definiciones más exactas
conducen fatalmente a la confusión y a la promiscuidad; donde son por
consecuencia admisibles todas las conversiones y todas las defecciones, y puede
pasar por honrosa hasta la misma volubilidad? ¡Qué campo abierto al
charlatanismo, a la traición, a la intriga! ¿Qué Estado ha de poder subsistir bajo
condiciones tan disolventes? No bien está constituido, cuando lleva ya en la
contradicción de su misma idea, su principio de muerte. ¡Extraña creación ésta,
donde la lógica es impotente y sólo parece práctica y racional la
inconsecuencia!
Capítulo V
GOBIERNOS DE HECHO:
DISOLUCIÓN SOCIAL
Siendo la monarquía y la democracia, únicas de que
me ocuparé en adelante, dos ideales que suministra la teoría, pero que son
irrealizables en el rigor de sus términos, ha sido indispensable, como acabo de
decir, resignarse en la práctica a transacciones de todos géneros: de esas
transacciones obligadas han nacido todos los gobiernos de hecho. Obra estos del
empirismo y variables a lo infinito, son esencialmente y sin excepción
gobiernos compuestos o mixtos.
Observaré a este propósito que los publicistas se
han engañado e introducido en la política un elemento tan falso como peligroso,
cuando por no distinguir la práctica de la teoría, lo real de lo ideal, han
puesto en la misma línea los gobiernos de mera concepción, irrealizables en
toda su sencillez, y los gobiernos mixtos o de hecho. La verdad es, repito, que
no existen ni pueden existir sino en teoría los gobiernos de la primera
especie: todo gobierno de hecho es necesariamente mixto, llámesele, no importa
cómo, monarquía o democracia. Esta observación es importante: sólo ella nos
permite reducir a un error de dialéctica las innumerables decepciones,
corrupciones y revoluciones de la política.
Todas las variedades de gobierno de hecho; en otros
términos, todas las transacciones gubernativas ensayadas o propuestas desde los
tiempos más antiguos hasta nuestros días, están reducidas a dos especies
principales que llamaré, valiéndome de los nombres hoy en boga, imperio y
monarquía constitucional. Esto necesita explicación.
Habiendo sido desde un principio la guerra y la
desigualdad de fortunas la condición de los pueblos, la sociedad se divide
naturalmente en cierto número de clases: guerreros o nobles, sacerdotes,
propietarios, mercaderes, navegantes, industriales, labradores. Donde hay
reyes, forma casta aparte, es la primera de todas, la dinastía.
La lucha de las clases entre sí, el antagonismo de
sus intereses, la manera como estos se coligan, determinan el régimen político,
y, por consiguiente, la elección de gobierno, sus innumerables especies y sus
todavía más innumerables variedades. Poco a poco todas estas clases se refunden
en dos: una superior aristocracia, burguesía o patriciado; y otra inferior,
plebe o proletariado, entre las cuales flota la realeza, expresión de la
autoridad, órgano del Poder público. Si la aristocracia se une a la realeza, el
gobierno que de ahí resulte será una monarquía moderada, actualmente llamada
constitucional; si el que se coliga con la autoridad es el pueblo, el gobierno
será un imperio o democracia autocrática. La teocracia de la Edad Media era un
pacto entre el sacerdocio y el imperio; el Califato, una monarquía a la vez
militar y religiosa. En Tiro, en Sidón, en Cartago, apoyáronse los reyes en la
clase de los comerciantes hasta el momento en que se adueñaron estos del poder.
En Roma, según parece, los reyes tuvieron en un principio a raya a patricios y
a plebeyos: coligáronse luego las dos clases contra la corona, y abolida la
monarquía, tomó el Estado el nombre de república. Quedó, sin embargo,
preponderante el patriciado. Mas esta constitución aristocrática fue tan
borrascosa como la democracia de Atenas: vivió el gobierno de expedientes, y al
paso que la democracia ateniense sucumbió al primer choque en la guerra del
Peloponeso, la república romana, gracias a la necesidad en que se encontró el
Senado de ocupar al pueblo, dio por resultado la conquista del mundo.
Pacificado el orbe, vino la guerra civil con todos sus estragos, y se enconó y
prolongó hasta tal punto, que la plebe, para concluirla, se dio un jefe,
destruyó patriciado y república y creó el imperio.
Suele causar admiración que los gobiernos fundados
bajo los auspicios de una burguesía o de un patriciado, de acuerdo con una
dinastía, sean generalmente más liberales que los fundados por las muchedumbres
bajo el patronato de un dictador o de un tribuno. El hecho debe parecer, en
efecto, tanto más sorprendente cuanto que en el fondo la plebe está más
interesada en favor de la libertad que la burguesía, y en realidad tiende más a
establecerla. Pero esta contradicción, escollo de la política, viene explicada
por la situación de los partidos, situación que en el caso de una victoria
obtenida por el pueblo hace raciocinar y obrar a la plebe como autocrática, y
en el caso de que llegue a prevalecer la burguesía, la hace raciocinar y obrar
como republicana. Volvamos al dualismo fundamental, autoridad y libertad, y lo
comprenderemos al momento.
De la divergencia de estos dos principios nacen
primordialmente, bajo la influencia de las pasiones y de los intereses
contrarios, dos diversas tendencias, dos corrientes de opiniones opuestas.
Sucede esto a causa de que los partidarios de la autoridad tienden a dejar a la
libertad, ya individual, ya local o corporativa, el menor lugar posible, y a
explotar partiendo de ahí el poder, en su propio provecho y en detrimento de la
muchedumbre; y, por el contrario, los partidarios del régimen liberal tienden a
restringir indefinidamente la autoridad, y a vencer a la aristocracia por medio
de la incesante determinación de las funciones públicas, de los actos del poder
y de sus formas. Por efecto de su posición, por lo humilde de su fortuna, el
pueblo busca en el gobierno la libertad y la igualdad; por una razón contraria,
el patriciado, propietario, capitalista, empresario, se inclina más a una
monarquía que proteja las grandes personalidades, sea capaz de asegurar en
provecho suyo el orden y dé, por consiguiente, más campo a la autoridad que a
la libertad política.
Todos los gobiernos de hecho, cualesquiera que sean
sus motivos o reservas, se reducen a una de estas dos fórmulas: Subordinación
de la autoridad a la libertad, o subordinación de la libertad a la autoridad.
La misma causa, empero, que levanta una contra otra
la burguesía y la plebe, hace pronto dar media vuelta a entrambas. La
democracia, tanto por asegurar su triunfo como porque ignora las condiciones
del poder y es incapaz de ejercerlo, se da un jefe absoluto ante cuya autoridad
desaparezca todo privilegio de casta; la burguesía, que teme el despotismo
tanto como a la anarquía, prefiere consolidar su posición estableciendo una
monarquía constitucional; de modo que al fin y al cabo, el partido que más
necesita de libertad y orden legal crea el absolutismo, y el del privilegio
establece el gobierno liberal, dándole por sanción las restricciones del
derecho político.
Vese por ahí que, hecha abstracción de las
consideraciones económicas que dominan el debate, son cosas equivalentes
burguesía y democracia, imperialismo y constitucionalismo y los demás gobiernos
antagonistas, cualquiera que sea el nombre que se les atribuya; que desde el
punto de vista del derecho y de los principios, son pueriles por demás
cuestiones como las siguientes: si no valía más el régimen de 1814 que el de
1804; si no sería más ventajoso para el país dejar la constitución de 1852 y
volver a la de 1830; si debería el partido republicano refundiese en el
orleanista o unirse al imperio. Pueriles digo porque, atendidos los datos que
conocemos, no vale un gobierno sino por los hechos que lo han traído y los
hombres que le representan, y toda discusión teórica que sobre este punto se
entable es vana y no puede menos de conducir a aberraciones.
Las contradicciones de la política, los cambios de
frente de los partidos, la perpetua mudanza de los papeles son en la historia
tan frecuentes y tienen una tan gran parte en los negocios humanos, que no
puedo dejar de insistir en ellos. El dualismo de la autoridad y la libertad nos
da la clave de esos enigmas: sin esta explicación primordial, la historia de
los Estados sería la desesperación de las conciencias y del escándalo de la
filosofía.
La aristocracia inglesa hizo la Carta Magna; los
puritanos produjeron a Cromwell. En Francia, la burguesía ha sentado las
imperecederas bases de todas nuestras constituciones liberales. En Roma, el
patriarcado había organizado la república; la plebe creó los Césares y los
pretorianos. En el siglo XVI, la Reforma es por lo pronto aristocrática; la
masa permanece católica o se da Mesías a la manera de Juan de Leyden; sucede lo
contrario de lo que se había visto cuatro siglos antes, en que los nobles
quemaban a los albigenses. ¡Qué de veces -esta observación es de Ferrari-, qué,
de veces no ha visto la Edad Media a los gibelinos transformados en güelfos y a
los güelfos en gibelinos! En 1813 Francia pelea por el despotismo, la coalición
por la libertad, precisamente lo contrario de lo que en 1792 había sucedido.
Hoy los legitimistas y los clericales sostienen la idea de la federación; los
demócratas son unitarios. No acabaría de citar ejemplos de este género. Esto,
con todo, no impide distinguir las ideas, los hombres y las cosas por sus
tendencias naturales y sus orígenes; esto no hace que los negros no sean los
negros, y los blancos siempre los blancos.
El pueblo, por su misma inferioridad y su constante
estado de apuro, formará siempre el ejército de la libertad y del progreso: el
trabajo es por naturaleza republicano; lo contrario implicaría contradicciones.
Pero a causa de su ignorancia, del carácter primitivo de sus instintos, de la
violencia de sus necesidades, de la impaciencia de sus deseos, el pueblo se
inclina a las formas sumarias de la autoridad. No busca garantías legales -no
tiene idea de ellas y no concibe el poder que tienen; tampoco una combinación
de mecanismos ni un equilibrio de fuerzas-, para sí mismo no las necesita;
busca, sí, un jefe cuya palabra le inspire confianza, cuyas intenciones le sean
conocidas, cuyas fuerzas todas se consagren a sus intereses. Da a este jefe una
autoridad sin límites, un poder irresistible. Mira como justo lo que cree ser
útil, en atención a que es pueblo y se burla de las formalidades; no hace caso
alguno de las condiciones impuestas a los depositarios del Poder público.
Predispuesto a la sospecha y a la calumnia, pero incapaz de toda discusión
metódica, no cree en definitiva sino en la voluntad humana, no espera sino del
hombre, no tiene confianza sino en sus criaturas, in principibus, in filiis
hominum. No espera nada de los principios, únicos que pueden salvarle; no
tiene la religión de las ideas.
Así la plebe romana, después de setecientos años de
un régimen progresivamente liberal y de una serie de victorias alcanzadas sobre
los patricios, creyó atajar las dificultades todas anonadando al partido de
autoridad, y a fuerza de exagerar el poder tribunicio dio a César la dictadura
perpetua, impuso silencio al Senado, cerró los comicios, y por una fanega de
trigo, annona fundó la autoridad imperial. Lo más curioso es que esta
democracia estaba sinceramente convencida de su liberalismo, y se lisonjeaba de
representar el derecho, la igualdad y el progreso. Los soldados de César,
idólatras de su emperador, rebosaban de odio y desprecio por los reyes; y es
bien seguro que si los asesinos del tirano no fueron inmolados al pie de su
víctima, fue porque la víspera se había visto a César ensayando sobre su calva
frente la diadema. Así los compañeros de Napoleón I, que habían salido del club
de los jacobinos, a pesar de ser enemigos de los nobles, los sacerdotes y los
reyes, encontraban lo más sencillo del mundo atiborrarse de títulos de barones,
de duques, de príncipes, y hacer la corte a su ídolo; lo que no le perdonaron
fue haber tomado por mujer a una princesa de Habsburgo.
Entregada a sí misma o conducida por sus tribunos,
la multitud no fundó jamás nada. Tiene la cabeza trastornada: no llega a formar
nunca tradiciones, no está dotada de espíritu lógico, no llega a idea alguna
que adquiera fuerza de ley, no comprende de la política sino la intriga, del
gobierno sino las prodigalidades y la fuerza, de la justicia sino la
vindicta pública, de, la libertad sino el derecho de erigirse ídolos que al
otro día demuele. El advenimiento de la democracia abre una era de retroceso
que conduciría la nación y el Estado a la muerte, si éstos no se salvasen de la
fatalidad que los amenaza por una revolución en sentido inverso, que conviene
ahora que apreciemos.
La plebe, como vive al día, sin propiedad, sin
empresas, apartada de los empleos públicos, está al abrigo y se inquieta poco
de los peligros de la tiranía. La burguesía, por el contrario, como posee,
comercia y fabrica, y codicia además la tierra y los pingües sueldos, está
interesada en prevenir las catástrofes y asegurarse la devoción del poder. La
necesidad de orden la lleva a las ideas liberales: de aquí las constituciones
que impone a los reyes. Al mismo tiempo que encierra al gobierno en un círculo
de formas legales de su elección y le sujeta al voto de un parlamento, deroga
el sufragio universal y restringe el derecho político a una categoría de
censatarios, pero guardándose bien de tocar la centralización administrativa,
estribo del feudalismo industrial. Si la división de poderes le es útil para
contrarrestar la influencia de la corona y desconcertar la política personal del
príncipe; sí por otra parte le sirve igualmente el privilegio electoral contra
las aspiraciones populares, no le es menos preciosa la centralización, en
primer lugar, por los empleos que hace necesarios y proporcionan a la burguesía
participación en el poder y el impuesto y luego por lo que facilita la pacífica
explotación de las masas, Bajo un régimen de centralización administrativa y de
sufragio restringido, donde al paso que la burguesía queda, por su sistema de
mayorías, dueña del gobierno, toda vida local está sacrificada y toda agitación
fácilmente comprimida; bajo un régimen tal, digo, la clase trabajadora,
acuartelada en sus talleres, está condenada a vivir de un salario. Existe la
libertad, pero sólo en la sociedad burguesa, cosmopolita como sus capitales; la
multitud ha hecho dimisión no sólo ya en lo político, sino también en lo
económico.
¿Será necesario añadir que la supresión o la
conservación de una dinastía no alteraría en nada el sistema? Una república
unitaria y una monarquía constitucional son lo mismo: no hay en aquélla sino el
cambio de una palabra y un funcionario menos.
Pero si es de poca duración el absolutismo
democrático, no lo es menos el constitucionalismo de la burguesía. El primero
era retrógrado, no tenía freno, carecía de principios, despreciaba el derecho,
hostilizaba la libertad, destruía toda seguridad y toda confianza. El sistema
constitucional, con sus formas legales, su espíritu jurídico, su carácter poco
expansivo, sus solemnidades parlamentarias, se presenta claramente al fin y al
cabo como un vasto sistema de explotación y de intriga, donde la política corre
parejas con el agiotaje, donde la contribución no es más que la lista civil de
una casta, y el poder monopolizado el auxiliar del monopolio. El pueblo tiene
el sentimiento vago de ese inmenso despojo: las garantías constitucionales le
interesan poco. Principalmente en 1815 dio de ello muestras queriendo más a
su emperador, a pesar de sus infidelidades, que a sus reyes legítimos, a pesar
de su liberalismo.
El mal éxito que alternada y repetidamente tienen
la democracia imperial y el constitucionalismo burgués da por resultado la
creación de un tercer partido que, enarbolando la bandera del escepticismo, no
jurando sostener jamás ningún principio, y siendo esencial y sistemáticamente
inmoral, tiende- a reinar, como suele decirse, por el sistema de tira y
afloja, es decir, arruinando toda autoridad y toda libertad; en una
palabra, corrompiendo. Esto es lo que se ha llamado sistema doctrinario. No
hace este sistema fortuna con menos rapidez que los otros. Acógesele en un
principio por el odio y la execración que se siente contra los partidos
antiguos: sostiénele luego el desaliento cada vez mayor de los pueblos;
justifícale en cierto modo el espectáculo de la contradicción universal.
Constituye a poco el dogma secreto del poder, que no podrá jamás hacer
públicamente profesión de escepticismo, por impedírselo su pudor y su decoro:
es desde luego el dogma declarado de la burguesía y del pueblo, que, como no
están detenidos por ninguna clase de consideraciones, dejan aparecer a la luz
del día su indiferencia, y hasta hacen de ella un vano alarde. Perdidas
entonces la autoridad y la libertad en las almas, consideradas la justicia y la
razón como palabras sin sentido, la sociedad está disuelta, la nación abajo. No
subsiste ya más que materia y fuerza bruta; no tardará, so pena de muerte
moral, en estallar una revolución. ¿Qué saldrá de ella? Ahí está la historia
para contestarnos: los ejemplos abundan, se cuentan por millares. Al sistema
condenado sucederá, gracias al movimiento de las generaciones, de suyo
olvidadizas, pero sin cesar rejuvenecidas, una nueva transacción que seguirá la
misma carrera, y gastada y deshonrada a su vez por las contradicciones de su
propia idea, vendrá a tener el mismo término. Y esto continuará mientras la
razón general no haya descubierto el medio de dominar los nos principios y
equilibrar la sociedad, llegando a regularizar hasta sus antagonismos.
Capítulo VI
POSICIÓN DEL PROBLEMA
POLÍTICO.
PRINCIPIO DE SOLUCIÓN
Si el lector ha seguido algo cuidadosamente la
exposición que acabo de hacer, no podrá menos de ver en la sociedad humana una
creación fantástica llena de asombros y misterios. Recordemos en breves
palabras las diferentes lecciones que hemos recogido:
a) El
orden político descansa en dos principios conexos, opuestos e irreductibles: la
autoridad y la libertad.
b) De esos dos principios se
deducen paralelamente dos regímenes contrarios:, el régimen absolutista y el
régimen liberal.
c) Esos dos regímenes son tan diferentes, incompatibles e
irreconciliables por sus formas como por su naturaleza; los hemos definido en
dos palabras: indivisión, separación.
d) Ahora bien: la razón indica que toda teoría debe desenvolverse
conforme a su principio, y toda existencia realizarse según su ley: la lógica
les la condición, tanto de la vida como del pensamiento. En política sucede
justamente lo contrario: ni la autoridad ni la libertad pueden constituirse
aparte, ni dar origen a un sistema que les sea exclusivamente propio: lejos de
esto, se hallan condenadas en sus respectivos triunfos a hacerse perpetuas y
mutuas concesiones.
e) Síguese de aquí que no siendo posible en política ser fiel a
los principios sino en el terreno teórico, y habiéndose de llegar en la
práctica a transacciones de todos géneros, el gobierno está, en último
análisis, reducido, a pesar de la mejor voluntad de toda la virtud del mundo, a
una creación híbrida y equívoca, a una promiscuidad de regímenes, rechazada por
la severa lógica, ante la cual no puede menos de retroceder la buena fe. No se
salva de esta contradicción ningún gobierno.
f) Conclusión: entrando fatalmente la arbitrariedad en la
política, la corrupción llega a ser pronto el alma del poder, y la sociedad
marcha arrastrada sin tregua ni descanso por la pendiente sin fin de las
revoluciones.
Tal es el estado del mundo. No es efecto ni de una
malicia satánica, ni de una imperfección de nuestra naturaleza, ni de una
condenación providencial, ni de un capricho de la fortuna o de una sentencia
del destino. No hay que darle vueltas; así son las cosas.
A nosotros nos toca ahora ver de sacar de esa
singular situación el mejor partido.
Consideremos que hace más de ocho mil años -no van
más allá los recuerdos de la historia- todas las especies de gobierno, todas
las combinaciones políticas y sociales, han sido sucesivamente ensayadas,
abandonadas, tomadas de nuevo, modificadas, desfiguradas, agotadas, y que el
mal éxito ha venido constantemente a recompensar el celo de los reformadores y
a burlar las esperanzas de los pueblos. La bandera de la libertad ha servido
siempre de abrigo al despotismo; las clases privilegiadas se han rodeado
siempre, en interés de sus mismos privilegios, de instituciones liberales e
igualitarias; los partidos han faltado siempre a sus programas; y los Estados,
reemplazada siempre la fe por la indiferencia, el espíritu cívico por la
corrupción, han perecido por el desarrollo de las mismas nociones en que habían
sido fundados. Las razas más vigorosas e inteligentes han consumido en ese
trabajo sus fuerzas: la historia está llena de sus luchas.
Alguna que otra vez, gracias a una serie de
triunfos que han permitido ilusiones sobre la fuerza del Estado, se ha podido
creer en la excelencia de una constitución o en la sabiduría de un gobierno,
que no existían. Pero restablecida la paz, los vicios del sistema han saltado a
los ojos, y los pueblos han ido a descansar en las luchas civiles de las
fatigas de la guerra extranjera. La humanidad ha ido así de revolución en
revolución; no por otro medio se han sostenido ni aún las naciones más
célebres, ni aún las que más han durado.
Entre todos los gobiernos conocidos y practicados
hasta el día, no hay uno que hubiese podido vivir lo que vive un hombre, si se
le hubiese condenado a subsistir por su virtud propia. Y, ¡cosa extraña!, los
jefes de las naciones y sus ministros son, de todos los hombres, los que menos
creen en la duración del sistema que representan; ínterin no llegue el reinado
de la ciencia, los gobiernos están sostenidos por la fe de las masas. Los
griegos y los romanos, que nos han legado sus instituciones con sus ejemplos,
al llegar al Punto más interesante de su evolución desesperaron y se hundieron;
y la sociedad moderna parece haber llegado a su vez a esa hora suprema. No
confiéis en las palabras de esos agitadores que gritan: «¡Libertad, igualdad,
nacionalidad!» No saben nada; son muertos que tienen la pretensión de resucitar
a otros muertos. El público los escucha un instante, como hace con los bufones
y los charlatanes; luego pasa con la razón vacía y desolado el corazón.
Una señal cierta de que nuestra disolución está
próxima y va a abrirse una nueva era es que la confusión del lenguaje y de las
ideas ha llegado a tal punto, que el primer recién venido puede llamarse a su
antojo republicano, monárquico, demócrata, burgués conservador, liberal, bien
sucesivamente, o todo a la vez, sin temor a que nadie le acredite de impostor
ni de iluso. Los príncipes y los barones del primer imperio habían dado hartas
pruebas de sansculotísmo. La burguesía de 1814, repleta de bienes
nacionales, única cosa que había comprendido de las instituciones del 89, era
liberal y hasta revolucionaria; 1830 la volvió conservadora, y 1848 la ha hecho
reaccionaria, católica, y más que nunca monárquica. Actualmente los
republicanos de febrero trabajan por la monarquía de Víctor Manuel, y los
socialistas de junio se declaran unitarios. Antiguos amigos de Ledru-Rollin se
adhieren al imperio, considerándolo como la verdadera expresión revolucionaria
y como la más paternal forma de gobierno. Verdad es que otros los
acusan de estar vendidos, pero desatándose a su vez con furor contra el
federalismo. Esto no es ya más ni menos que el desorden sistemático, la
confusión organizada, la apostasía permanente, la traición universal.
Se trata de saber si la sociedad puede llegar a
algo regular, equitativo y estable que satisfaga la razón y la conciencia, o si
estamos condenados por toda una eternidad a esta rueda de Ixión. ¿Es el
problema irresoluble? Un poco de paciencia, lector: si no te hago pronto salir
del embrollo, tendrás derecho a decir que la lógica es falsa, el progreso una
añagaza, la libertad una utopía. Dígnate tan sólo raciocinar conmigo unos
minutos, por más que en negocios semejantes raciocinar sea correr el riesgo de
engañarse a sí mismo y perder con su razón su tiempo y su trabajo.
1. Conviene
por de pronto observar que la historia nos presenta, en sucesión lógica y
cronológica, los dos principios autoridad y libertad, de los que procede
todo el mal de que nos lamentamos. La autoridad, como la familia, como el
padre, genitor, es la primera que aparece: toma desde luego la
iniciativa, es la afirmación. Viene después la libertad razonadora, es decir,
la crítica, la protesta, la determinación. Resulta este orden sucesivo de la
definición misma de las ideas y de la naturaleza de las cosas: nos lo atestigua
la historia toda. No hay aquí inversión posible; no hay el menor vestigio de
arbitrariedad.
2. No es
menos importante observar que el régimen autoritario, paternal y monárquico se
aleja tanto más de su ideal cuanto más numerosa es la familia, tribu o pueblo,
y cuanto más crece el Estado en población y territorio; de suerte que cuanto
más extensión toma la autoridad, tanto más intolerable se hace. De aquí nacen
las concesiones que se ve obligado a hacer a la libertad, su antagonista. Por
el contrario, el régimen de la libertad se acerca tanto más a su ideal y tiene
tantas más probabilidades de buen éxito, cuanto más aumenta en población y
territorio el Estado, cuanto más se multiplican las relaciones cuanto más
terreno va ganando la ciencia. Pídese al principio en todas partes una constitución,
y se pedirá más tarde la descentralización. Espérese un momento y se
verá surgir la idea de la federación. De suerte que puede decirse de la
libertad y de la autoridad lo que de sí y de Jesús decía Juan Bautista: Illam
oportet crescere, hanc autem minui.
Ese doble movimiento, el uno de retrogresión, el
otro de progreso, que se resuelve en un solo fenómeno, resulta igualmente de la
definición de los principios, de su posición relativa y del papel que los dos
juegan; en esto no hay aún equívoco posible ni lugar alguno para lo arbitrario.
El hecho es de evidencia objetiva y de certidumbre matemática; es lo que
llamaremos una LEY.
3. La
consecuencia de esta ley, que cabe llamar necesaria, se halla en sí misma.
Consiste en que siendo el principio de autoridad el que primeramente aparece, y
sirviendo de materia elaborable a la libertad, a la razón y al derecho, queda
poco a poco subordinada por el principio liberal, racionalista y jurídico. El
jefe del Estado, que empieza por ser inviolable, irresponsable, absoluto, como
el padre de familia, pasa a ser justiciable ante la razón, es luego el primer súbdito
de la ley y termina al fin por ser un mero agente, un instrumento, un servidor
de la libertad misma.
Esta tercera proposición es tan cierta como las dos
primeras, está también al abrigo de toda contradicción y todo equívoco, y viene
altamente atestiguada por la historia. En la eterna lucha de los dos
principios, la Revolución francesa, lo mismo que la Reforma, se presenta como
una era diacrítica. Marca en el orden político el momento en que la libertad ha
tomado oficialmente la delantera a la autoridad, del mismo modo que la Reforma
había marcado en el orden religioso el momento en que sobre la fe había
prevalecido el libre examen. Desde los tiempos de Lutero, la fe se ha hecho en
todas partes razonadora: la ortodoxia, como la herejía, han querido llevarnos,
por medio de la razón, a la creencia; el precepto de San Pablo: rationabile
sit obsequium vestrum (sea razonada o racional vuestra obediencia), ha sido
ampliamente comentado y puesto en práctica. Roma se ha puesto a discutir como
Ginebra; la religión ha tendido a convertirse en ciencia; la sumisión a la
Iglesia ha aparecido rodeada de tantas condiciones y reservas que, salvo la
diferencia en los artículos de fe, no ha habido ya diferencia entre el
cristiano y el incrédulo. Todo está en que son de distintas opiniones; fuera de
esto, pensamiento, razón, conciencia, siguen en ambos la misma marcha. Una cosa
semejante ha sucedido en lo político después de la Revolución francesa. Ha
menguado el respeto a la autoridad; no se ha deferido sino condicionalmente a
las órdenes del príncipe; se ha exigido del soberano reciprocidad, garantías;
ha cambiado el temperamento político; los más fervorosos realistas, a la manera
de los barones de Juan Sin Tierra, han querido una constitución, una carta; y
hombres como Berryer, de Fafloux, de Montalembert, etc., pueden llamarse hoy
tan liberales como nuestros demócratas. Chateaubriand, el bardo de la
Restauración, se vanagloriaba de ser filósofo y republicano; no se había
constituido en defensor del altar y del trono sino por un acto de su libre
albedrío. Se sabe a lo que vino a parar el violento catolicismo de Lamennais.
Así, mientras que la autoridad, de cada día más
precaria, está en peligro, el derecho se precisa, y la libertad, a pesar dé ser
siempre sospechosa, adquiere más realidad y fuerza. Resiste el absolutismo lo
mejor que puede, pero al fin abandona el campo; la REPUBLICA parece, por el
contrario, irse acercando, a pesar de estar constantemente combatida,
afrentada, vencida, proscrita. ¿Qué partido podemos sacar de este hecho capital
para la constitución del gobierno?
Capítulo VII
NACIMIENTO DE LA IDEA DE
FEDERACIÓN
Puesto que en el terreno de la teoría y el de la
historia, la autoridad y la libertad se suceden como por una especie de
polarización;
Puesto que la primera declina insensiblemente y se
retira, al paso que la segunda crece y se presenta;
Puesto que de esa doble marcha resulta una especie
de subordinación, por la cual la autoridad va de día en día quedando sometida
al derecho de la libertad;
Puesto que, en otros términos, el régimen liberal o
consensual prevalece cada vez más sobre el régimen autoritario, debemos
fijarnos en la idea de contrato, como la más dominante de la política.
¿Qué se entiende, en primer lugar, por contrato?
El contrato, dice el
Código Civil en su artículo 1.101, es un convenio por el cual una o muchas
personas se obligan para con otra y otras a hacer o dejar de hacer alguna cosa.
Art. 1.102. Es sinalagmático
o bilateral cuando los contratantes se obligan recíprocamente los unos para
con los otros.
Art. 1.103. Es unilateral
cuando una o muchas personas quedan obligadas para con otra u otras, sin
que estas por su parte lo queden.
Art. 1.104. Es conmutativo
cuando cada una de las partes se obliga a dar o hacer algo que se considera
equivalente a lo que se le da o a lo que por ella se hace. Cuando este
equivalente consiste en las probabilidades de ganancia o pérdida que puede
haber para cada una de las partes en la realización de un suceso incierto, el
contrato es aleatorio.
Art. 1.105. El contrato
de beneficencia es aquel en que una de las partes proporciona a la otra
un beneficio puramente gratuito.
Art. 1.106. Es contrato a
título oneroso el que sujeta a cada una de las partes a dar o hacer
algo.
Art. 1.371. Se da el
nombre de cuasi-contratos a los hechos voluntarios del hombre, de los
que resulta una obligación cualquiera para con una tercera persona, y a veces
una obligación recíproca entre ambas partes.
A estas distinciones y definiciones del Código,
relativas a la forma y a las condiciones de los contratos, añadiré yo una
concerniente a su objeto.
Los contratos son domésticos, civiles,
comerciales o políticos, según la naturaleza de las cosas sobre que
versan y el objeto con que se los celebra.
Vamos a ocuparnos de la última especie de contrato,
del contrato político.
La noción de contrato no es enteramente ajena del
régimen monárquico, como no lo es tampoco de la paternidad ni de la familia.
Mas por lo que llevamos dicho acerca de los principios de autoridad y de
libertad, y del papel que desempeñan en la formación de los gobiernos, es fácil
comprender que esos principios no intervienen del mismo modo en el otorgamiento
del contrato político; que así, la obligación que une al monarca con sus
súbditos, obligación no escrita, sino espontánea, que resulta del espíritu de
familia y de la calidad de las personas, es una obligación unilateral, puesto
que en virtud del principio de obediencia, está obligado a más el súbdito para
con el príncipe que el príncipe para con el súbdito. De una manera expresa dice
la teoría del derecho divino que sólo ante Dios es responsable el monarca.
Puede hasta suceder que el contrato entre príncipe y súbdito degenere en un
contrato de mera beneficencia, cuando por ineptitud o idolatría de los
ciudadanos se solicite del príncipe que se apodere de la autoridad y se
encargue de sus súbditos, inhábiles para gobernarse y defenderse, como se
encarga un pastor de su rebaño. Peor sucede aún donde está admitido el
principio hereditario. Un conspirador como el duque de Orleans, que fue más
tarde Luis XII; un parricida como Luis XI; una adúltera como María Estuardo,
conservan, a pesar de sus crímenes, sus derechos eventuales a la corona.
Inviolables desde que nacen, puede decirse que existe entre ellos y los fieles
súbditos del príncipe a quien han de suceder un cuasi-contrato. En dos
palabras: el contrato no es bilateral en el régimen monárquico, por la misma
razón que la autoridad es en él la preponderante.
El contrato político no adquiere toda su dignidad y
moralidad sino bajo la condición: 1.º, de ser sinalagmático y conmutativo; 2.º,
de estar encerrado, en cuanto a su objeto, dentro de ciertos límites,
condiciones ambas que se supone que existen bajo el régimen democrático, pero
que aun en este régimen no son las más de las veces sino ficticias. ¿Puede
acaso decirse que en una democracia representativa y centralizadora, en una
monarquía constitucional y censataria, mucho menos en una república comunista
como la de Platón, sea igual y recíproco el contrato político que une al
individuo con el Estado? ¿Puede decirse que ese contrato, que toma a los
ciudadanos la mitad o las dos terceras partes de su soberanía y la cuarta de
sus productos, esté encerrado dentro de justos. límites? ¿No sería más
verdadero decir, cosa que la experiencia sobradas veces confirma, que en todos
esos sistemas es el contrato exorbitante, oneroso, puesto que carece de
compensación para una más o menos considerable parte de ciudadanos, y aleatorio,
puesto que el beneficio prometido, ya de suyo insuficiente, dista de estar
asegurado?
Para que el contrato político llene la condición de
sinalagmático y conmutativo que lleva consigo la idea de democracia; para que
encerrado dentro de prudentes límites sea para todos ventajoso y cómodo, es
indispensable que el ciudadano, al entrar en la asociación: 1.º, pueda recibir
del Estado tanto como le sacrifica; 2.º, conserve toda su libertad, toda su
soberanía y toda su iniciativa en todo lo que no se refiere al objeto especial
para que se ha celebrado el contrato y se busca la garantía del Estado.
Arreglado y comprendido así el contrato político, es lo que yo Ramo una federación.
FEDERACIÓN, del latín foeedus, genitivo
foederis, es decir, pacto, contrato, tratado, convención, alianza, etc., es
un convenio por el cual uno o muchos jefes de familia, uno o muchos municipios,
uno o muchos grupos de pueblos o Estados, se obligan recíproca e igualmente los
unos para con los otros, con el fin de llenar uno o muchos objetos particulares
que desde entonces pesan sobre los delegados de la federación de una manera
especial y exclusiva.
Insistamos en esta definición. Lo que constituye la
esencia y el carácter del contrato federativo, y Hamo sobre esto la atención
del lector, es que en esté sistema los contrayentes, jefes de familia,
municipios, cantones, provincias o Estados, no sólo se obligan sinalagmático y
conmutativamente, los unos para con los otros, sino que también se reservan
individualmente al celebrar el pacto más derechos, más libertad, más autoridad,
más propiedad de los que ceden.
No sucede así, por ejemplo, en la sociedad
universal de bienes y ganancias, autorizada por el Código Civil, y llamada por
otro nombre «comunidad», imagen en miniatura del régimen absoluto. El que entra
en una sociedad de esta clase, sobre todo si es perpetua, tiene más trabas y
está sometido a más cargas que iniciativa no conserva. Mas esto es precisamente
lo que hace raro el contrato y ha hecho en todos tiempos insoportable la vida
cenobítico. Toda obligación, aun siendo sinalagmático y conmutativa, es
excesiva y repugna por igual al ciudadano y al hombre, si exigiendo del
asociado la totalidad de sus esfuerzos, le sacrifica por entero a la sociedad y
en nada la deja independiente.
En conformidad a estos principios, teniendo el
contrato de federación, en términos generales, por objeto garantizar a los
Estados que se confederan su soberanía, su territorio y la libertad de sus
ciudadanos, arreglar además sus diferencias y proveer por medio de medidas
generales a todo lo que mira a la seguridad y a la prosperidad comunes, es un
contrato esencialmente restringido, a pesar de los grandes intereses que
constituyen su objeto. La autoridad encargada de su ejecución no puede en
ningún tiempo prevalecer sobre los que la han creado; quiero decir que las
atribuciones federales no pueden exceder jamás en realidad ni en número las de
las autoridades municipales o provinciales, así como las de estas no pueden
tampoco ser más que los derechos y las prerrogativas del hombre y del
ciudadano. Si no fuese así, el municipio sería una comunidad, la federación
volvería a ser una centralización monárquica; la autoridad federal, que debe
ser una simple mandataria y estar siempre subordinada, sería considerada como
preponderante; en lugar de circunscribirse a un servicio especial, tendería a
absorber toda actividad y toda iniciativa; los Estados de la confederación
serían convertidos en prefecturas, intendencias, sucursales, administraciones
de puertos. Así transformado, podríais dar al cuerpo político el nombre de república,
el de democracia o el que mejor quisierais; no sería ya un Estado constituido
en la plenitud de sus diversas autonomías, no sería ya una confederación. Lo
mismo sucedería con mayor motivo si por una falsa razón de economía, por
deferencia o por cualquiera otra causa, los municipios, cantones o Estados
confederados encargasen a uno de ellos de la administración y del gobierno de
los otros. La república se convertiría de federativo en unitaria y estaría en
camino del despotismo.
En resumen, el sistema federativo es el opuesto al
de jerarquía o centralización administrativa y gubernamental, por el que se
distinguen ex aequo las democracias imperiales, las monarquías
constitucionales y las repúblicas unitarias. Su ley fundamental, su ley
característica, es la siguiente. En la federación, los atributos de la
autoridad central se especializan y se restringen, disminuyen en número, obran
de una manera menos inmediata; son, si puedo atreverme a hablar así, menos
intensos a medida que la Confederación se va desarrollando por medio de la
accesión de nuevos Estados. En los gobiernos centralizados, por el contrario,
las atribuciones del poder supremo se multiplican, se extienden, se ejercen de
una manera más inmediata, y van haciendo entrar en la competencia del príncipe
los negocios de las provincias, de los municipios, de las corporaciones y de
los particulares, en razón directa de la superficie territorial y de la cifra
de población. De aquí esa enorme presión bajo la que desaparece toda libertad,
así la municipal como la provincial, así la del individuo como la del reino.
Voy a terminar el capítulo por una consecuencia de
este hecho. Siendo el sistema unitario el reverso del federativo, es de todo
punto imposible una confederación entre grandes monarquías, y con mayor razón
entre democracias imperiales. Estados como Francia, Austria, Inglaterra,
Prusia, Rusia, pueden celebrar entre sí tratados de alianza o de comercio; pero
repugna que se confederen, primero, porque su principio es contrario a este
sistema y los pondría en abierta oposición con el pacto federal, y luego,
porque deberían abdicar una parte de su soberanía y reconocer sobre ellos un
árbitro cuando menos para ciertos casos. No está en su naturaleza eso de
transigir y obedecer; está, sí, el mandar.
Los príncipes que en 1813, sostenidos por la
insurrección de las masas, peleaban contra Napoleón por las libertades de
Europa y formaron luego la Santa Alianza, no eran a buen seguro confederados;
el carácter absoluto de su poder les impedía tomar este nombre. Eran, como en
el 92, meros coligados: no los llamará de otro modo la historia. No
sucede otro tanto con la Confederación germánica, hoy en vías' de reforma: por
su carácter de libertad y de nacionalidad, amenaza con hacer desaparecer un día
las dinastías que son para ella un obstáculo.
Capítulo VIII
CONSTITUCIÓN PROGRESIVA
La historia y el análisi