La humanidad ha caminado
gran trecho desde aquellas remotas edades durante las cuales el hombre vivía de
los azares de la caza y no dejaba a sus hijos más herencia que un refugio bajo
las penas, pobres instrumentos de sílex y la naturaleza, contra la que tenían
que luchar para seguir su mezquina existencia.
Sin embargo, en ese
confuso período de miles y miles de años, el género humano acumuló inauditos
tesoros. Roturó el suelo, desecó los pantanos, hizo trochas en los bosques,
abrió caminos; edificó, inventó, observó, pensó; creó instrumentos complicados,
arrancó sus secretos a la naturaleza, domó el vapor, tanto que, al nacer, el
hijo del hombre civilizado encuentra hoy a su servicio un capital inmenso,
acumulado por sus predecesores. Y ese capital le permite obtener riquezas que
superan a los ensueños de los orientales en sus cuentos de Las mil y una
noches.
En el suelo virgen de
las praderas de América, cien hombres, ayudados por poderosas máquinas, producen
en pocos meses el trigo necesario para que puedan vivir un año diez mil
personas. Donde el hombre quiere duplicar, triplicar, centuplicar sus
productos, forma el suelo, da a cada planta los cuidados que requiere, y
obtiene prodigiosas cosechas. Y en tanto el cazador tenía que apoderarse en
otro tiempo de cien kilómetros cuadrados para encontrar allí el alimento de su
familia, el hombre civilizado hace crecer con menos fatiga y más seguridad, en
una diezmilésima parte de ese espacio, todo lo que necesita para que vivan los
suyos. Cuando falta sol, el hombre lo reemplaza por el calor artificial, hasta
que logre producir también luz que active la vegetación. Con vidrios y tubos
conductores de agua caliente, cosecha en un espacio dado diez veces más productos
que antes conseguía.
Aún son más pasmosos los
prodigios realizados en la industria. Con esos seres inteligentes que se llaman
máquinas modernas, cien hombres fabrican con qué vestir a diez mil hombres
durante dos años. En las minas de carbón bien organizadas, cien hombres extraen
cada año combustible para que se calienten diez mil familias en un clima
riguroso. Y si en la industria, en la agricultura y en el conjunto de nuestra
organización social sólo aprovecha a un pequeñísimo número la labor de nuestros
antepasados, no es menos cierto que la humanidad entera podría gozar una
existencia de riqueza y de lujo sin más que con los siervos de hierro y de
acero que posee. Somos ricos, muchísimo más de lo que creemos. Ricos por lo que
poseemos ya; aún más ricos por lo que podemos conseguir con los instrumentos
actuales; infinitamente más ricos por lo que pudiéramos obtener de nuestro
suelo, de nuestra ciencia y de nuestra habilidad técnica, si se aplicasen a
procurar el bienestar de todos.
2
Somos ricos en las
sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria en torno nuestro? ¿Por
qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas, ¿Por qué esa inseguridad
del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas
heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a
todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?
Los socialistas lo han
dicho y repetido hasta la saciedad. Porque todo lo necesario para la producción
ha sido acaparado por algunos en el transcurso de esta larga historia de
saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha vivido la humanidad antes de
aprender a domar las fuerzas de la naturaleza.
Porque, amparándose en
pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy se apropian dos tercios del
producto del trabajo humano, dilapidándolos del modo más insensato y
escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener con qué vivir
un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar sino consintiendo en
dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y
le fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes
beneficios promete al acaparador.
Contémplese un país,
civilizado. Taláronse los bosques que antaño lo cubrían, se desecaron los
pantanos, se saneó el clima: ya es habitable. El suelo, que en otros tiempos
sólo producía groseras hierbas, suministra hoy ricas mieses. Las rocas,
suspensas sobre los valles del Mediodía, forman terrazas por donde trepan las
viñas de dorado fruto. Plantas silvestres que antes no daban sino un fruto
áspero o unas raíces no comestibles, han sido transformadas por reiterados
cultivos en sabrosas hortalizas, en árboles cargados de frutas exquisitas.
Millares, de caminos con base de piedra y férreos carriles surcan la tierra,
horadan las montañas; en los abruptos desfiladeros silba la locomotora. Los
ríos se han hecho navegables; las costas sondeadas y esmeradamente reproducidas
en mapas, son de fácil acceso; puertos artificiales, trabajosamente construidos
y resguardados contra los furores del océano, dan refugio a los buques.
Horádanse las rocas con pozos profundos; laberintos de galerías subterráneas se
extienden allí donde hay carbón que sacar o minerales que recoger. En todos los
puntos donde se entrecruzan caminos han brotado y crecido ciudades, conteniendo
todos los tesoros de la industria, de las artes y de las ciencias.
Cada hectárea de suelo
que labramos en Europa, ha sido regada con el sudor de muchas razas; cada
camino tiene una historia de servidumbre personal, de trabajo sobrehumano, de
sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea, cada metro de túnel, han
recibido su porción de sangre humana.
Los pozos de las minas
conservan aún frescas las huellas hechas en la roca por el brazo del
barrenador. De uno a otro pilar pudieron señalarse las galerías subterráneas
por la tumba de un minero, arrebatado en la flor de la edad por la explosión de
grisú, el hundimiento o la inundación, y fácil es adivinar cuantas lágrimas,
privaciones y miserias sin nombre ha costado cada una de esas tumbas a la
familia que vivía con el exiguo salario del hombre enterrado bajo los
escombros.
Las ciudades; enlazadas
entre sí con carriles de hierro y líneas de navegación, son organismos que han
vivido siglos. Cavad su suelo, y encontraréis hiladas superpuestas de calles,
casas, teatros, circos y edificios públicos. Profundizad en su historia, y
veréis cómo la civilización de la ciudad, su industria, su genio, han crecido
lentamente y madurado por el concurso de todos sus habitantes antes de llegar a
ser lo que son hoy.
Y aun ahora, el valor de
cada casa, de cada taller, de cada fábrica, de cada almacén, sólo es producto
de la labor acumulada de millones de trabajadores sepultados bajo tierra, y no
se mantiene sino por el esfuerzo de legiones de hombres que habitan en ese
punto del globo. ¿Qué sería de los docks de Londres, o de los grandes bazares
de París, si no estuvieran situados en esos grandes centros del comercio
internacional? ¿Qué sería de nuestras minas, de nuestras fábricas, de nuestros
astilleros y de nuestras vías férreas, sin el cúmulo de mercaderías
transportadas diariamente por mar y por tierra?
Millones de seres
humanos han trabajado para crear esta civilización de la que hoy nos gloriamos.
Otros millones, diseminados por todos los ámbitos del globo, trabajan para
sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que escombros de ella dentro de
cincuenta años.
Hasta el pensamiento,
hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente.
Millares de inventores han preparado el invento de cada una de esas máquinas,
en las cuales admira el hombre su genio. Miles de escritores, poetas y sabios
han trabajado para elaborar el saber, extinguir el error y crear esa atmósfera
de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer ninguna de
las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas,
sabios e inventores, ¿no hablan sido también inspirados por la labor de los
siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, así en
lo físico como en lo moral por legiones de trabajadores y artesanos de todas
clases? ¿No adquirieron su fuerza impulsiva en lo que les rodeaba?
Ciertamente, el genio de
un Seguin, de un Mayer y de un Grove, han hecho más por lanzar la industria a
nuevas vías que todos los capitales del mundo. Estos mismos genios son hijos de
industria, igual que de la ciencia, porque ha sido necesario que millares de
máquinas de vapor transformasen, año tras año, a la vista de todos, el calor en
fuerza dinámica, y esta fuerza en sonido, en luz y en electricidad, antes de
que esas inteligencias geniales llegasen a proclamar el origen mecánico y la
unidad de las fuerzas físicas. Y si nosotros, los hijos del siglo XIX, al fin
hemos comprendido esta idea y hemos sabido aplicarla, es también porque para
ello estábamos preparados por la experiencia cotidiana.
También los pensadores
del siglo pasado la habían entrevisto y enunciado, pero quedó sin comprender,
porque el siglo XVIII no había crecido como nosotros, junto a la máquina de
vapor.
Piénsese en las décadas
que hubieran transcurrido aún en ignorancia de esa ley que nos ha permitido
revolucionar la industria moderna, si Watt no hubiese encontrado en Soho
trabajado hábiles para construir con metal sus planes teóricos, perfeccionar
todas sus partes, y aprisionándolo dentro de un mecanismo completo hacer por
fin el vapor más dócil que el caballo, más manejable que el agua.
Cada máquina tiene la
misma historia: larga historia de noches en blanco y de miseria; de
desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias
generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al primitivo invento
esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea más fecunda.
Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos
anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria.
Ciencia e industria,
saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas
invenciones, trabajo o cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos,
todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza
de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral,
pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la
menor partícula de ese inmenso todo y decir: «Esto es mío y no vuestro»?
3
Pero sucedió que todo
cuanto permite al hombre producir y acrecentar sus fuerzas productivas fue
acaparado por algunos.
El suelo, que
precisamente saca su valor de las necesidades de una población que crece sin
cesar, pertenece hoy a minorías que pueden impedir e impiden al pueblo el
cultivarlo o le impiden el cultivarlo según las necesidades modernas.
Las minas, que
representan el trabajo de muchas generaciones y su valor no deriva sino de las
necesidades de la industria y la densidad de la población, pertenecen también a
unos pocos, y esos pocos limitan la extracción del carbón, o la prohiben en su
totalidad si encuentran una colocación más ventajosa para sus capitales.
También la maquinaria es
propiedad sólo de algunos, y aun cuando tal o cual máquina representa sin duda
alguna los perfeccionamientos aportados por tres generaciones de trabajadores,
no por eso deja de pertenecer a algunos patronos; y si los nietos del mismo
inventor que construyó, cien años ha, la primera máquina de hacer encajes se
presentasen hoy en una manufactura de Basilea o de Nottingham y reclamasen sus
derechos, les gritarían: «¡Marchaos de aquí; esta máquina no es vuestra!» Y si
quisiesen tomar posesión de ella, les fusilarían.
Los ferrocarriles, que
no serían más que inútil hierro viejo sin la densa población de Europa, sin su
industria, su comercio y sus cambios, pertenecen a algunos accionistas,
ignorantes quizá de dónde se encuentran los caminos que les dan rentas
superiores a las de un rey de la Edad Media. Y si los hijos de los que murieron
a millares cavando las trincheras y abriendo los túneles se reuniesen un día y
fueran, andrajosos y hambrientos, a pedir pan a los accionistas, encontrarían
las bayonetas y la metralla para dispersarlos y defender los «derechos
adquiridos».
En virtud de esta
organización monstruosa, cuando el hijo del trabajador entra en la vida, no
halla campo que cultivar, máquina que conducir ni mina que acometer con el
zapapico, si no cede a un amo la mayor parte de lo que él produzca. Tiene que
vender su fuerza para el trabajo por una ración mezquina e insegura. Su padre y
su abuelo trabajaron en desecar aquel campo, en edificar aquella fábrica, en
perfeccionarla. Si él obtiene permiso para dedicarse al cultivo de ese campo,
es a condición de ceder la cuarta parte del producto a su amo, y otra cuarta al
gobierno y a los intermediarios. Y ese impuesto que le sacan el Estado, el
capitalista, el señor y el negociante, irá creciendo sin cesar. Si se dedica a
la industria, se le permitirá que trabaje a condición de no recibir más que el
tercio o la mitad del producto, siendo el resto para aquel a quien la ley
reconoce como propietario de la máquina.
Clamamos contra el barón
feudal que no permitía al cultivador tocar la tierra, a menos de entregarle el
cuarto de la cosecha. Y el trabajador, con el nombre de libre contratación,
acepta obligaciones feudales, porque no encontraría condiciones más aceptables
en ninguna parte. Como todo es propiedad de algún amo, tiene que ceder o
morirse de hambre.
De tal estado de cosas
resulta que toda nuestra producción es un contrasentido. Al negocio no le
conmueven las necesidades de la saciedad; su único objetivo es aumentar los
beneficios del negociante. De aquí las continuas fluctuaciones de la industria,
las crisis en estado crónico.
No pudiendo los obreros
comprar con su salario las riquezas que producen, la industria busca mercados
fuera, entre los acaparadores de las demás naciones Pero en todas partes
encuentra competidores, puesto que la evolución de todas las naciones se
realiza en el mismo sentido. Y tienen que estallar guerras por el derecho de
ser dueños de los mercados. Guerras por las posesiones en Oriente, por el
imperio de los mares, para imponer derechos aduaneros y dictar condiciones a
sus vecinos, ¡guerras contra los que se sublevan! No cesa en Europa el ruido
del cañón; generaciones enteras son asesinadas; los Estados europeos gastan en
armamentos el tercio de sus presupuestos.
La educación también es
privilegio de ínfimas minorías. ¿Puede hablarse de educación cuando el hijo del
obrero se ve obligado a la edad de trece años a bajar a la mina o ayudar a su
padre en las labores del campo?
Mientras que los
radicales piden mayor extensión de las libertades políticas, muy pronto
advierten que el hálito de la libertad produce con rapidez el levantamiento de
los proletarios y entonces cambian de camisa, mudan de opinión y retornan a las
leyes excepcionales y al gobierno del sable. Un vasto conjunto de tribunales,
jueces, verdugos, polizontes y carceleros, es necesario para mantener los
privilegios. Este sistema suspende el desarrollo de los sentimientos sociales.
Cualquiera comprende que sin rectitud, sin respeto a sí mismo, sin simpatía y
apoyos mutuos, la especie tiene que degenerar. Pero eso no les importa a las
clases directoras, e inventan toda una ciencia absolutamente falsa para probar
lo contrario.
Se han dicho cosas muy
bonitas acerca de la necesidad de compartir lo que se posee con aquellos que no
tienen nada. Pero cuando se le ocurre a cualquiera poner en práctica este
principio, en seguida se le advierte que todos esos grandes sentimientos son
buenos en los libros poéticos, pero no en la vida. «Mentir es envilecerse, rebajarse»,
decimos nosotros, y toda la existencia civilizada Se trueca en una inmensa
mentira. ¡Y nos habituamos, acostumbrando a nuestros hijos a practicar como
hipócritas una moralidad de dos caras!
El simple hecho del
acaparamiento extiende así sus consecuencias a la vida social. A menos de
perecer, las sociedades humanas vense obligadas a volver a los principios
fundamentales: siendo los medios de producción obra colectiva de la humanidad,
vuelven al poder de la colectividad humana. La apropiación personal de ellos no
es justa ni útil. Todo es de todos, puesto que todos lo necesitan, puesto que
todos han trabajado en la medida de sus fuerzas, y es imposible determinar la
parte que pudiera corresponder a cada uno en la actual producción de las
riquezas.
¡Todo es de todos! He
aquí la inmensa maquinaria que el XIX ha creado; he aquí millones de esclavos
de hierro que llamamos máquinas que cepillan y sierran, tejen e hilan para
nosotros, que descomponen y recomponen la primera materia y forjan las
maravillas de nuestra época.
Nadie tiene derecho a
apoderarse de una sola de esas máquinas y decir: «Es mía; para usar de ella, me
pagaréis un tributo por cada uno de vuestros productos». Como tampoco el señor
de la Edad Media tenía derecho para decir al labrador: «Esta colina, ese prado,
son míos, y me pagaréis por cada gavilla de trigo que cojáis, por cada montón
de heno que forméis.»
Basta de esas fórmulas
ambiguas, tales como el «derecho al trabajo», o «a cada uno el producto íntegro
de su trabajo». Lo que nosotros proclamamos es el derecho al bienestar, el
bienestar para todos.
1
El bienestar para todos
no es un sueño. Es posible, realizable, después de lo que han hecho nuestros
antepasados para hacer fecunda nuestra fuerza de trabajo.
Sabemos que los
productores, que apenas forman el tercio de los habitantes en los países
civilizados, producen ya lo suficiente para que exista cierto bienestar en el
hogar de cada familia. Sabemos, además, que si todos cuantos derrochan hoy los
frutos del trabajo ajeno se viesen obligados a ocupar sus ocios en trabajos
útiles, nuestra riqueza crecería en proporción múltiple del número de brazos
productores. Y en fin, sabemos que, en contra de la teoría del pontífice de la
ciencia burguesa (Malthus), el hombre acrecienta su fuerza productiva con mucha
más rapidez de lo que él mismo se multiplica. Cuanto mayor número de hombres
hay en un territorio, tanto más rápido es el progreso de sus fuerzas
productoras.
Mientras que la
población de Inglaterra sólo ha aumentado en un 62 por 100 desde 1844, su
fuerza de producción ha crecido el doble, o sea en un 130 por 100. En Francia,
donde la población ha aumentado menos, el crecimiento es rapidísimo, sin
embargo. A pesar de la crisis agrícola, de la injerencia del Estado, del
impuesto de sangre, de la banca, de las contribuciones y de la industria, la
producción de trigo se ha cuadruplicado y la producción industrial se ha
decuplicado en el transcurso de los últimos ochenta años. En los Estados Unidos
el progreso es aún más pasmoso: a pesar de la inmigración, o más bien,
precisamente a causa de ese aumento de trabajadores europeos, los Estados
Unidos han duplicado su producción.
Hoy, a medida que se
desarrolla la capacidad de producir, aumenta en una proporción sorprendente el
número de vagos e intermediarios. Al revés de lo que se decía en otros tiempos
entre socialistas, de que el capital llegaría a reconcentrarse bien pronto en
tan pequeño número de manos, que sólo sería menester expropiar a algunos
millonarios para entrar en posesión de las riquezas comunes, cada vez es más
considerable el número de los que viven a costa del trabajo ajeno.
En Francia no hay diez
productores directos por cada treinta habitantes. Toda la riqueza agrícola del
país es obra de menos de siete millones de hombres, y en las dos grandes
industrias de las minas y de los tejidos cuéntanse menos de dos millones
quinientos mil obreros. ¿Cuál es la cifra de los explotadores del trabajo? En
Inglaterra (sin Escocia e Irlanda), un millón treinta mil obreros, hombres,
mujeres y niños, fabrican todos los tejidos; un poco más de medio millón
explotan las minas, menos de medio millón labran la tierra, y los estadísticos
tienen que exagerar las cifras para obtener un máximum de ocho millones de
productores para veintiséis millones de habitantes. En realidad, son de seis a
siete millones de trabajadores quienes crean las riquezas enviadas a las cuatro
partes del mundo. ¿Y cuantos son los rentistas o los intermediarios que añaden
a sus rentas las que se adjudican haciendo pagar al consumidor de cinco a
veinte veces más de lo que han pagado al productor? Los que detentan el capital
reducen constantemente la producción, impidiendo producir. No hablemos de esos
toneles de ostras arrojados al mar para impedir que la ostra llegue a ser un
alimento de la plebe y deje de ser una golosina propia de la gente acomodada;
no hablemos de los mil y mil objetos de lujo tratados de igual manera que las
ostras. Recordemos tan sólo cómo se limita la producción de las cosas necesarias
a todo el mundo. Ejércitos de mineros no desean más que extraer todos los días
carbón y enviarlo a quienes tiritan de frío. Pero con frecuencia la tercera
parte o dos tercios de eso ejércitos vense impedidos de trabajar más de tres
días por semana, para que se mantengan altos los precios. Millares de tejedores
no pueden manejar los telares, al paso que sus mujeres y sus hijos no tienen
sino harapos para cubrirse y las tres cuartas partes de los europeos no cuentan
con vestido que merezca tal nombre.
Centenares de altos
hornos, miles de manufacturas permanecen regularmente inactivos; otros no
trabajan más que la mitad del tiempo, y en cada nación civilizada hay siempre
una población de unos dos millones de individuos que piden trabajo y no lo
encuentran.
Millones de hombres
serían felices con transformar los espacios incultos o mal cultivados en campos
cubiertos de ricas mieses. Pero esos valientes obreros tienen que seguir
parados porque los poseedores de la tierra, de la mina, de la fábrica,
prefieren dedicar los capitales a préstamos a los turcos o egipcios, o en
acciones de oro de la Patagonia, que trabajen para ellos los fellahs egipcios,
los italianos emigrados del país de su nacimiento o los coolies chinos.
Ésta es la limitación
consciente y directa de la producción. Pero hay también una limitación
indirecta e inconsciente, que consiste en gastar el trabajo humano en objetos
inútiles en absoluto, o destinados tan sólo a satisfacer la necia vanidad de
los ricos.
Baste citar los miles de
millones gastados por Europa en armamento, sin más fin que conquistar mercados
para imponer la ley económica a los vecinos y facilitar la explotación en el
interior; los millones pagados cada año a los funcionarios de todo fuste, cuya
misión es mantener el derecho de las minorías a gobernar la vida económica de
la nación; los millones gastados en jueces, cárceles, policías y todo ese
embrollo que llaman justicia; en fin, los millones empleados en propagar por
medio de la prensa ideas nocivas y noticias falsas, en provecho de los
partidos, de los personajes políticos y de las compañías de explotadores.
Aún se gasta más trabajo
inútilmente aquí para mantener la cuadra, la perrera y la servidumbre doméstica
del rico; allí para responder a los caprichos de las rameras de alto copete y
al depravado lujo de los viciosos elegantes; en otra parte, para forzar al
consumidor a que compre lo que no le hace falta o imponerle con reclamos un
articulo de mala calidad; más allá para producir sustancias alimenticias
nocivas en absoluto para el consumidor, pero provechosas para el fabricante y
el expendedor. Lo que se malgasta de esta manera bastaría para duplicar la
producción útil, o para crear manufacturas y fábricas que bien pronto inundaría
los almacenes con todas las provisiones de que carecen dos tercios de la
nación.
De aquí resulta que de
los mismos que en cada nación se dedican a los trabajos productivos, la cuarta
parte por lo menos se ven obligados con regularidad a un paro de tres o cuatro
meses por año, y otra cuarta parte, si no la mitad, no puede producir con su
labor otros resultados que divertir a los ricos o explotar al público.
Así, pues, por un lado
si se considera la rapidez con que las naciones civilizadas aumentan su fuerza
de producción, y por otro los límites puestos a ésta, debe deducirse que una
organización económica medianamente razonable permitiría a las naciones
civilizabas amontonar en pocos años tantos productos útiles, que se verían en
el caso de exclamar: «¡Basta de carbón, basta de trigo, basta de telas! ¡Descansemos,
recojámonos para utilizar mejor nuestras fuerzas, para emplear mejor nuestros
ocios!»
No; el bienestar para
todos no es un sueño. Podía serlo cuan a duras penas lograba el hombre recoger
ocho o diez hectolitros trigo por hectárea, o construir por su propia mano los
instrumentos mecánicos necesarios para la agricultura y la industria. Ya no es
un ensueño desde que el hombre inventara el motor que, con un poco de hierro y
algunos kilos de carbón, le da la fuerza de un caballo dócil, manejable, capaz de
poner en movimiento la máquina más complicada.
Mas para que el
bienestar llegue a ser una realidad, es preciso que el inmenso capital deje de
ser considerado como una propiedad privada, del que el acaparador disponga a su
antojo. Es menester que el rico instrumento de la producción sea propiedad
común, a fin de que el espíritu colectivo saque de él los mayores beneficios
para todos. Se impone la expropiación.
El bienestar de todos
como fin; la expropiación como medio.
2
La expropiación: tal es
el problema planteado pos la historia ante nosotros los hombres de fines del
siglo XIX. Devolución a la comunidad de todo lo que sirva para conseguir el
bienestar.
Pero este problema no
puede resolverse por la vía legislativa. El pobre y el rico comprenden que ni
los gobiernos actuales ni los que pudieran surgir de una revolución política
serían capaces de resolverlo. Siéntese la necesidad de una revolución social, y
ni a ricos ni a pobres se les oculta que esa revolución está próxima.
Durante el curso de este
último medio siglo se ha comprobado la evolución en los espíritus; pero
comprimida por la minoría, es decir, por las clases poseedoras, y no habiendo
podido tomar cuerpo, es necesario que aparte por medio de la fuerza los
obstáculos y que se realice con violencia por medio de la revolución.
¿De dónde vendrá la
revolución? ¿Cómo se anunciará? Es una incógnita. Pero los que observan y
meditan no se equivocan: trabajadores y explotadores, revolucionarios y
conservadores, pensadores y hombres prácticos, todos confiesan que está
llamando a nuestras puertas.
Todos hemos estudiado
mucho el lado dramático de las revoluciones, y poco su obra verdaderamente
revolucionaria, o muchos de entre nosotros no ven en esos grandes movimientos
mas que el aparato escénico, la lucha de los primeros días, las barricadas.
Pero esa lucha, esa escaramuza primera, terminan muy pronto; sólo después de la
derrota de los antiguos gobiernos comienza la obra real de la revolución.
Incapaces e impotentes,
atacados por todas partes, pronto se los lleva el soplo de la insurrección. En
pocos días dejó de existir la monarquía burguesa de 1848, y cuando un coche de
alquiler llevaba a Luis Felipe de Francia, a París ya no le importaba un pito
el ex rey.
El gobierno de Thiers
desapareció en pocas horas, el 18 de marzo de 1871, dejando a París dueño de
sus destinos. Y sin embargo, 1848 y 1871 no fueron más que insurrecciones. Ante
una revolución popular, los gobernantes se eclipsan con sorprendente rapidez.
Recordemos la Comuna.
Desaparecido el
gobierno, el ejército ya no obedece a sus jefes, vacilante por la oleada del
levantamiento popular. Cruzándose de brazos, la tropa deja hacer, o con la
culata en alto se une a los insurrectos. La policía, con los brazos caídos, no
sabe si debe pegar o si gritar «Vive la Commune!» Y los agentes de orden
público se meten en sus casas «a esperar el nuevo gobierno». Los orondos
burgueses lían la maleta y se ponen a buen recaudo. Sólo queda el pueblo. He
aquí cómo se anuncia una revolución:
Proclámese la Comuna en
varias grandes ciudades. Miles de hombres están en las calles, y acuden por la
noche a los clubs improvisados, preguntándose: «¿Qué vamos a hacer?», y
discutiendo con ardor los negocios públicos. Todo el mundo se interesa en
ellos; los indiferentes de la víspera son quizá los más celosos. Por todas
partes mucha buena voluntad, un vivo deseo de asegurar la victoria. Prodúcense
las grandes abnegaciones. El pueblo desea sólo marchar adelante.
De seguro que habrá
venganzas satisfechas. Pero eso será un accidente de la lucha y no la
revolución. Los socialistas gubernamentales, los radicales, los genios
desconocidos del periodismo, los oradores efectistas, corren al ayuntamiento, a
los ministerios, para tomar posesión de las poltronas abandonadas. Admíranse
ante los espejos ministeriales y estudian el dar órdenes con una gravedad a la
altura de su nueva posición. ¡Les hace falta un fajín rojo, un kepis galoneado
y un ademán magistral para imponerse al ex compañero de redacción o de taller!
Los otros se meten entre papelotes con la mejor voluntad de comprender alguna
cosa. Redactan leyes, lanzan decretos de frases sonoras, que nadie se cuidará
de ejecutar.
Para darse aires de una
autoridad que no tienen, buscan la canción de las antiguas formas de gobierno.
Elegidos o aclamados, se reúnen en parlamentos o en consejos de la Comuna. Allí
se encuentran hombres pertenecientes a diez, a veinte escuelas diferentes que
no son capillas particulares, como suele decirse, sino que corresponden a
maneras diversas de concebir la extensión, el alcance y los deberes de la
revolución. Posibilistas, colectivistas, radicales, jacobinos, blanquistas,
forzosamente reunidos, pierden el tiempo en discutir. Las personas honradas se
confunden con los ambiciosos, que sólo piensan en dominar y en despreciar a la
multitud de la cual han surgido. Llegando todos con ideas diametralmente
opuestas, se ven obligados a formar alianzas ficticias para constituir mayorías
que no duran ni un día; disputan, se tratan unos a otros de reaccionarios, de
autoritarios, de bribones; son incapaces de entenderse acerca de ninguna medida
seria, y propenden a perder el tiempo en discutir necedades; no consiguen hacer
más que dar a luz proclamas altisonantes, todo se toma por lo serio, mientras
que la verdadera fuerza del movimiento está en la calle.
Durante ese tiempo, el
pueblo sufre. Páranse las fábricas, los talleres están cerrados, el comercio se
estanca. El trabajador ya no cobra ni aun el mezquino salario de antes. El
precio de los alimentos sube.
Con esa abnegación heroica
que siempre ha caracterizado al pueblo, y que llega a lo sublime en las grandes
épocas, tiene paciencia. Él es quien exclamaba en 1848: «Ponemos tres meses de
miseria al servicio de la República», mientras que los diputados y los miembros
del nuevo gobierno, hasta el último policía, cobraban con regularidad sus
pagas. El pueblo sufre. Con su ingenua confianza, con la candidez de la masa
que cree en los que la conducen, espera que se ocupen de él allá arriba, en la
Cámara, en el Ayuntamiento, en el comité de Salud pública.
Pero allá arriba se
piensa en toda clase de cosas, excepto en los sufrimientos de la muchedumbre.
Cuando el hambre roe a Francia en 1793 y compromete la revolución; cuando el
pueblo se ve reducido a la última miseria, al paso que los Campos Elíseos se
ven llenos de magníficos carruajes, donde exhiben las mujeres sus lujosas
galas, ¡Robespierre insiste en los Jacobinos en hacer discutir su memoria
acerca de la constitución inglesa! Cuando el trabajador sufre en 1848 con la
paralización general de la industria, el gobierno provisional y la Cámara
discuten acerca de las pensiones militares y el trabajo durante esta época de
crisis. Y si algún cargo debe hacerse a la Comuna de París, nacida bajo los
cánones de los prusianos, y que sólo duró setenta días, es el no haber
comprendido que la revolución comunera no podía triunfar sin combatientes bien
alimentados y que con seis reales diarios no se podía a la vez batirse en las
murallas y mantener a su familia.
3
El pueblo sufre y
pregunta: «¿Qué hacer para salir del atolladero?»
Reconocer y proclamar
que cada cual tiene ante todo el derecho de vivir, y que la sociedad
debe repartir entre todo el mundo, sin excepción, los medios de existencia de
que dispone. Obrar de suerte que, desde el primer día de la revolución, sepa el
trabajador que una nueva era se abre ante él; que en lo sucesivo nadie se verá
obligado a dormir debajo de los puentes, junto a los palacios, a permanecer
ayuno mientras haya alimentos, a tiritar de frío cerca de los comercios de pieles.
Sea todo de todos, tanto en realidad como en principio, y prodúzcase al fin en
la historia una revolución que piense en las necesidades del pueblo
antes de leerle la cartilla de sus deberes.
Esto no podrá realizarse
por decretos, sino tan sólo por la toma de posesión inmediata, efectiva, de
todo lo necesario para la vida de todos; tal es la única manera en verdad
científica de proceder, la única que comprende y desea la masa del pueblo.
Tomar posesión, en
nombre del pueblo sublevado, de los graneros de trigo, de los almacenen
atestados de ropa y de las casas habitables. No derrochar nada, organizarse en
seguida para llenar los vacíos, hacer frente a todas las necesidades,
satisfacerlas todas; producir, no ya para dar beneficios, sea a quien fuere, sino
para hacer que viva y se desarrolle la sociedad.
Basta de esas fórmulas
ambiguas, como el «derecho al trabajo», tengamos el valor de reconocer que el
bienestar debe realizarse a toda costa. Cuando los trabajadores reclamaban en
1848 el «derecho al trabajo», organizábanse talleres nacionales o municipales y
se enviaba a los hombres a fatigarse en esos talleres por dos pesetas diarias.
Cuando pedían la organización del trabajo, respondíanles: «Paciencia, amigos;
el gobierno va a ocuparse de eso, y ahí tenéis hoy dos pesetas. ¡Descansad,
rudos trabajadores, que harto os habéis afanado toda la vida!» Y entretanto,
apuntábanse los cánones, convocábanse hasta las últimas reservas del ejército,
desorganizábase a los propios trabajadores por mil medios que se conocen al
dedillo los burgueses. Y cuando menos lo pensaban, dijéronles: «¡O vais a
colonizar el África, u os ametrallamos!»
¡Muy diferente será el
resultado si los trabajadores reivindican el derecho del bienestar! Por
eso mismo proclaman su derecho a apoderarse de toda la riqueza social; a tomar
las casas e instalarse en ellas con arreglo a las necesidades de cada familia;
a tomar los víveres acumulados y consumirlos de suerte que conozcan la hartura
tanto como conocen el hambre. Proclaman su derecho a todas las riquezas, y es
menester que conozcan lo que son los grandes goces del arte y de la ciencia,
harto tiempo acaparados por los burgueses.
Y cuando afirman su
derecho al bienestar, declaran su derecho a decidir ellos mismos lo que ha de
ser su bienestar, lo que es preciso para asegurarlo y lo que en lo sucesivo
debe abandonarse como desprovisto de valor.
El derecho al
bienestar es la posibilidad de vivir como seres humanos y de criar los
hijos para hacerles miembros iguales de una sociedad superior a la nuestra, al
paso que el derecho al trabajo es el derecho a continuar siempre siendo
un esclavo asalariado, un hombre de labor, gobernado y explotado por los
burgueses del mañana. El derecho al bienestar es la revolución social; el
derecho al trabajo es, a lo sumo, un presidio industrial.
1
Toda sociedad que rompa
con la propiedad privada se verá en el caso de organizarse en comunismo
anarquista.
Hubo un tiempo en que
una familia de aldeanos podía considerar el trigo que cultivaba y las
vestiduras de lana tejidas en casa como productos de su propio trabajo. Aun
entonces, esta creencia no era del todo correcta. Había caminos y puentes
hechos en común, pantanos desecados por un trabajo colectivo y pastos comunes
cercados por setos que todos costeaban, Una mejora en las artes de tejer o en
el modo de tintar los tejidos, aprovechaba a todos; en aquella época, una
familia campesina no podía vivir sino a condición de encontrar apoyo en la
ciudad, en el municipio.
Pero hoy, con el actual
estado de la industria, en que todo se entrelaza y se sostiene, en que cada
rama de la producción se vale de todas las demás, es absolutamente insostenible
la pretensión de dar un origen individualista a los productos. Si las
industrias textiles o la metalurgia han alcanzado pasmosa perfección en los
países civilizados, lo deben al simultáneo desarrollo de otras mil industrias:
lo deben a la extensión de la red de ferrocarriles, a la navegación
trasatlántica, a la destreza de millones de trabajadores, a cierto grado de
cultura general de toda la clase obrera; en fin, a trabajos realizados de un
extremo a otro del mundo.
Los italianos que morían
de cólera cavando el canal de Suez, o de anemia en el túnel de San Gotardo, y
los americanos segados por las granadas en la guerra abolicionista de la
industria algodonera en Francia y en Inglaterra no menos que las jóvenes que se
vuelven cloróticas en las manufacturas de Manchester o de Ruan o el ingeniero
autor de alguna mejora en la maquinaria de tejer.
Situándonos en este
punto de vista general y sintético de la producción, no podemos admitir con los
colectivistas que una remuneración proporcional a las horas de trabajo
aportadas por cada uno en la producción de las riquezas, pueda ser un ideal, ni
siquiera un paso adelante hacia ese ideal. Sin discutir aquí si realmente el
valor de cambio de las mercancías se mide en la sociedad actual por la cantidad
de trabajo necesario para producirlas (según lo han afirmado Smith y Ricardo,
cuya tradición ha seguido Marx), bástenos decir que el ideal colectivista nos
parecería irrealizable en una sociedad que considerase los instrumentos de
producción como un patrimonio común. Basada en este principio, veríase obligada
a abandonar en el acto cualquier forma de salario.
Estamos convencidos de
que el individualismo mitigado del sistema colectivista no podría existir junto
con el comunismo parcial de la posesión por todos del suelo y de los
instrumentos del trabajo. Una nueva forma de posesión requiere una nueva forma
de retribución. Una forma nueva de producción no podría mantener la antigua
forma de consumo, como no podría amoldarse a las formas antiguas de
organización política.
El salario ha nacido de
la apropiación personal del suelo y de los instrumentos para la producción por
parte de algunos.
Era la condición
necesaria para el desarrollo de la producción capitalista; morirá con ella,
aunque se trate de disfrazarla bajo la forma de «bonos de trabajo». La posesión
común de los instrumentos de trabajo traerá consigo necesariamente el goce en
común de los frutos de la labor común.
Sostenemos, no sólo que
es deseable el comunismo, sino que hasta las actuales sociedades, fundadas en
el individualismo, se ven obligadas de continuo a caminar hacia el
comunismo.
El desarrollo del
individualismo, durante los tres últimos siglos, se explica, sobre todo, por
los esfuerzos del hombre, que quiso prevenirse contra los poderes del capital y
del Estado. Creyó por un momento -y así lo han predicado los que formulaban su
pensamiento por él- que podía libertarse por completo del Estado y de la
sociedad. «Mediante el dinero -decía- puedo comprar todo lo que necesite.» Pero
el individuo ha tomado mal camino, y la historia moderna le conduce a confesar
que sin el concurso de todos no puede nada, aunque tuviese atestadas de oro sus
arcas.
Junto a esa corriente
individualista vemos en toda la historia moderna, por una parte, la tendencia a
conservar todo lo que queda del comunismo parcial de la antigüedad, y por otra
a restablecer el principio comunista en las mil y mil manifestaciones de la
vida.
En cuanto los municipios
de los siglos X, XI y XII consiguieron emanciparse del señor laico o religioso,
dieron inmediatamente gran, extensión al trabajo en común, al consumo en común.
La ciudad era la que
fletaba buques y despachaba caravanas para el comercio lejano, cuyos beneficios
eran para todos y no para los individuos; también compraba las provisiones para
sus habitantes. Las huellas de esas instituciones se han mantenido hasta el
siglo XIX, y los pueblos conservan religiosamente el recuerdo de ellas en sus
leyendas.
Todo eso ha
desaparecido. Pero el municipio rural aún lucha por mantener los últimos
vestigios de, ese comunismo, y lo consigue mientras el Estado no vierte su
abrumadora espada en la balanza.
Al mismo tiempo surgen,
bajo mil diversos aspectos, nuevas organizaciones basadas en el mismo principio
de a cada uno según sus necesidades, porque sin cierta dosis de
comunismo no podrían vivir las sociedades actuales.
El puente, por cuyo paso
pagaban en otro tiempo los transeúntes, se ha hecho de uso común. El camino que
antiguamente se pagaba a tanto la legua, ya no existe más que en Oriente. Los
museos, las bibliotecas libres, las escuelas gratuitas, las comidas comunes
para los niños, los parques y los jardines abiertos para todos, las calles
empedradas y alumbradas, libres para todo el mundo; el agua enviada a domicilio
y con tendencia general a no tener en cuenta la cantidad consumida, he aquí
otras tantas instituciones fundadas en el principio de «Tomad lo que
necesitéis».
Los tranvías y
ferrocarriles introducen ya el billete de abono mensual o anual, sin tener en
cuenta el número de viajes, y recientemente toda una nación, Hungría, ha
introducido en su red de ferrocarriles el billete por zonas, que permite
recorrer quinientos o mil kilómetros por el mismo precio. Tras de esto no falta
mucho para el precio uniforme, como ocurre en el servicio postal. En todas
estas innovaciones, y otras mil, hay la tendencia a no medir el consumo. Hay
quien quiere recorrer mil leguas, y otro solamente quinientas. Esas son
necesidades personales, y no hay razón alguna para hacer pagar a uno doble que
a otro sólo porque sea dos veces más intensa su necesidad.
Hay también la tendencia
a poner las necesidades del individuo por encima de la evaluación de los
servicios que haya prestado o que preste algún día a la sociedad. L1égase a
considerar la sociedad como un todo cada una de cuyas partes está tan
íntimamente ligada con las demás, que el servicio prestado a tal o cual individuo
es un servicio prestado a todos.
Cuando acudís a una
biblioteca pública -por ejemplo, las de Londres o Berlin-, el bibliotecario no
os pregunta qué servicio habéis dado a la sociedad para daros el libro o los
cien libros que le pidáis, y si es necesario, os ayuda a buscarlos en el
catálogo. Mediante un derecho de entrada único, la sociedad científica abre sus
museos, jardines, bibliotecas, laboratorios, y da fiestas anuales a cada uno de
sus miembros, ya sea un Darwin o un simple aficionado.
En San Petersburgo, si
perseguís un invento, vais a un taller especial, donde os ofrecen sitio, un
banco de carpintero, un torno de mecánico, todas las herramientas necesarias,
todos los instrumentos de precisión, con tal de que sepáis manejarlos, y se os
deja trabajar todo lo que gustéis. Ahí están las herramientas; interesad a
amigos por vuestra idea, asociaos a otros amigos de diversos oficios si no
preferís trabajar solos; inventad la máquina o no inventéis nada, eso es cosa
vuestra. Una idea os conduce, y eso basta.
Los marinos de una falúa
de salvamento no preguntan sus títulos a los marineros de un buque náufrago;
lanzan su embarcación, arriesgan su vida entre las olas furibundas, y algunas
veces mueren por salvar a unos hombres a quienes no conocen siquiera. ¿Y para
qué necesitan conocerlos? «Les hacen falta nuestros servicios, son seres
humanos: eso basta, su derecho queda asentado. ¡Salvémoslos!» Que mañana una de
nuestras grandes ciudades, tan egoístas en tiempos corrientes, sea visitada por
una calamidad cualquiera -por ejemplo, un sitio- y esa misma ciudad decidirá
que las primeras necesidades que se han de satisfacer son las de los niños y
los viejos, sin informarse de los servicios que hayan prestado o presten a la
sociedad; es preciso ante todo mantenerlos, cuidar a los combatientes
independientemente de la valentía o de la inteligencia demostradas por cada uno
de ellos, y hombres y mujeres a millares rivalizarán en abnegación por cuidar a
los heridos.
Existe la tendencia. Se
acentúa en cuanto quedan satisfechas las más imperiosas necesidades de cada
uno, a medida que aumenta la fuerza productora de la humanidad; acentúase aún
más cada vez que una gran idea ocupa el puesto de las mezquinas preocupaciones
de nuestra vida cotidiana.
El día en que
devolviesen los instrumentos de producción a todos, en que las tareas fuesen
comunes y el trabajo -ocupando el sitio de honor en la sociedad- produjese
mucho más de lo necesario para todos, ¿cómo dudar de que esta tendencia
ensanchará su esfera de acción hasta llegar a ser el principio mismo de la vida
social?
Por esos indicios somos
del parecer de que, cuando la revolución haya quebrantado la fuerza que
mantiene el sistema actual, nuestra primera obligación será realizar
inmediatamente el comunismo. Pero nuestro comunismo no es el de los
falansterianos ni el de los teóricos autoritarios alemanes, sino el comunismo
anarquista, el comunismo sin gobierno, el de los hombres libres. Esta es la
síntesis de los dos fines perseguidos por la humanidad a través de las edades:
la libertad económica y la libertad política.
2
Tomando la anarquía
como ideal de la organización política, no hacemos más que formular también
otra pronunciada tendencia de la humanidad. Cada vez que lo permitía el curso
del desarrollo de las sociedades europeas, éstas sacudían el yugo de la
autoridad y esbozaban un sistema basado en los principios de la libertad
individual. Y vemos en la historia que los períodos durante los cuales fueron
derribados los gobiernos a consecuencia de revoluciones parciales o generales,
han sido épocas de repentino progreso en el terreno económico e intelectual.
Ya es la independencia
de los municipios, cuyos monumentos -fruto del trabajo libre de asociaciones
libres- no han sido superados desde entonces; ya es el levantamiento de los
campesinos, que hizo la Reforma y puso en peligro el Papado; ya la sociedad
-libre en los primeros tiempos- fundada al otro lado del Atlántico por los
descontentos que huyeron de la vieja Europa.
Y si observamos el
desarrollo presente de las naciones civilizadas, vemos un movimiento cada vez
más acentuado en pro de limitar la esfera de acción del gobierno y dejar cada
vez mayor libertad al individuo. Esta es la evolución actual, aunque
dificultada por el fárrago de instituciones y preocupaciones heredadas de lo
pasado. Lo mismo que todas las evoluciones, no espera más que la revolución
para barrer las viejas ruinas que le sirven de obstáculo, tomando libre vuelo
en la sociedad regenerada.
Después de haber
intentado largo tiempo resolver el insoluble problema de inventar un gobierno
que «obligue al individuo a la obediencia, sin cesar de obedecer aquél también
a la sociedad», la humanidad, intenta libertarse de toda especie de gobierno y
satisfacer sus necesidades de organización, mediante el libre acuerdo entre
individuos y grupos que persigan los mismos fines. La independencia de cada
mínima unidad territorial es ya una necesidad apremiante; el común acuerdo
reemplaza a la ley, y pasando por encima de las fronteras, regula los intereses
particulares con la mira puesta en un fin general.
Todo lo que en otro
tiempo se tuvo como función del gobierno se le disputa hoy, acomodándose más
fácilmente y mejor sin su intervención. Estudiando los progresos hechos en este
sentido, nos vemos llevados a afirmar que la humanidad tiende a reducir a cero
la acción de los gobiernos, esto es, a abolir el Estado, esa personificación de
la injusticia, de la opresión y del monopolio.
Ciertamente que la idea
de una sociedad sin Estado provocará por lo menos tantas objeciones como la
economía política de una sociedad sin capital privado. Todos hemos sido
amamantados con prejuicios acerca de las funciones providenciales del Estado.
Toda nuestra educación, desde la enseñanza de las tradiciones romanas hasta el
código de Bizancio, que se estudia con el nombre de derecho romano, y las
diversas ciencias profesadas en las universidades, nos acostumbran a creer en
el gobierno y en las virtudes del Estado providencia.
Para mantener este
prejuicio se han inventado y enseñado sistemas filosóficos. Con el mismo fin se
han dictado leyes. Toda la política se funda en ese principio, y cada político,
cualquiera que sea su matiz, dice siempre al pueblo: «¡Dame el poder; quiero y
puedo librarte de las miserias que pesan sobre ti!»
Abrid cualquier libro de
sociología, de jurisprudencia, y encontraréis en él siempre al gobierno, con su
organización y sus actos, ocupando tan gran lugar, que nos acostumbramos a
creer que fuera del gobierno y de los hombres de Estado ya no hay nada.
La prensa repite en
todos los tonos la misma cantinela. Columnas enteras se consagran a las
discusiones parlamentarias, a las intrigas de los políticos; apenas si se
advierte la inmensa vida cotidiana de una nación en algunas lineas que tratan
de un asunto económico, a propósito de una ley, o en la sección de noticias o
en la de sucesos del día. Y cuando leéis esos periódicos, lo que menos pensáis
es en el inmenso número de seres humanos que nacen y mueren, trabajan y
consumen, conocen los dolores, piensan y crean, más allá de esos personajes de
estorbo, a quienes se glorifica hasta el punto de que sus sombras, agrandadas
por nuestra ignorancia, cubran y oculten a la humanidad.
Y sin embargo, en cuanto
se pasa del papel impreso a la vida misma, en cuanto se echa una ojeada a la
sociedad, salta a la vista la parte infinitesimal que en ella representa el
gobierno. Balzac había hecho notar ya cuántos millones de campesinos permanecen
durante toda su vida sin conocer nada del Estado, excepto los impuestos que
están obligados a pagarle. Diariamente se hacen millones de tratos sin que
intervenga el gobierno, y los más grandes de ellos -los del comercio y la
bolsa- se hacen de modo que ni siquiera se podría invocar al gobierno si una de
las partes contratantes tuviese la intención de no cumplir sus compromisos.
Hablad con un hombre que conozca el comercio, y os dirá que los cambios
operados todos los días entre comerciantes serian de absoluta imposibilidad si
no tuvieran por base la confianza mutua. La costumbre de cumplir su palabra, el
deseo de no perder el crédito, bastan ampliamente para sostener esa honradez
comercial. El mismo que sin el menor remordimiento envenena a sus parroquianos
con infectas drogas cubiertas de etiquetas pomposas, tiene como empeño de honor
el cumplir sus compromisos. Pues bien; si esa moralidad relativa ha podido
desarrollarse, hasta en las condiciones actuales, cuando el enronquecimiento es
el único móvil y el único objetivo, ¿podemos dudar que no progrese rápidamente,
en cuanto ya no sea la base fundamental de la sociedad la apropiación de los
frutos de la labor ajena?
Hay otro rasgo
característico de nuestra generación, que aún habla mejor en pro de nuestras
ideas, y es el continuo crecimiento del campo de las empresas debidas a la
iniciativa privada y el prodigioso desarrollo de todo género de agrupaciones
libres. Estos hechos son innumerables, y tan habituales, que forman la esencia
de la segunda mitad de este siglo, aun cuando los escritores de socialismo y de
política los ignoran, prefiriendo hablarnos siempre de las funciones del
gobierno. Estas organizaciones, libres y variadas hasta lo infinito, son un
producto tan natural, crecen con tanta rapidez y se agrupan con tanta
facilidad, son un resultado tan necesario del continuo crecimiento de las
necesidades del hombre civilizado y reemplazan con tantas ventajas a la
injerencia gubernamental, que debemos reconocer en ellas un factor cada vez más
importante en la vida de las comunidades.
Si no se extienden aún
al conjunto de las manifestaciones de la vida, es porque hallan un obstáculo
insuperable en la miseria del trabajador, en las castas de la sociedad actual,
en la apropiación privada del capital colectivo, en el Estado. Abolid esos
obstáculos, Y las veréis cubrir el inmenso dominio de la actividad de los
hombres civilizados.
La historia de los
cincuenta años últimos es una prueba de la impotencia del gobierno
representativo para desempeñar las funciones con que se le ha querido revestir.
Algún día se citará el
siglo XIX como la fecha del aborto del parlamentarismo.
Esta impotencia es tan
evidente para todos, son tan palpables las faltas del parlamentarismo y los
vicios fundamentales del principio representativo, que los pocos pensadores que
han hecho su crítica (J. Stuart Mill, Laverdais) no han tenido más que traducir
el descontento popular. Es absurdo nombrar algunos hombres y decirles:
«Hacednos leyes acerca de todas las manifestaciones de nuestra vida, aunque
cada uno de vosotros las ignore». Se empieza a comprender que el gobierno de
las mayorías parlamentarias significa el abandono de todos los asuntos del país
a los que forman las mayorías en la Cámara y en los comicios a los que no
tienen opinión.
La unión postal
internacional, las uniones de ferrocarriles, las sociedades sabias, dan el
ejemplo de soluciones halladas por el libre acuerdo, en vez de por la ley.
Cuando grupos diseminados por el mundo quieren llegar hoy a organizarse para un
fin cualquiera, no nombran un parlamento internacional de diputados para
todo y a quienes se les diga: «Votadnos leyes; las obedeceremos». Cuando
no se pueden entender directamente o por correspondencia, envían delegados que
conozcan la cuestión especial que va a tratarse, y les dicen: «Procurad poneros
de acuerdo acerca de tal asunto, y volved luego no con una ley en el bolsillo,
sino con una proposición de acuerdo, que aceptaremos o no aceptaremos». Así es
como obran las grandes sociedades industriales y científicas, las asociaciones
de todas clases, que hay en gran número en Europa y en los Estados Unidos. Y
así deberá obrar la sociedad libertada. Para realizar la expropiación, le será
absolutamente imposible organizarse bajo el principio de la representación
parlamentaria. Una sociedad fundada en la servidumbre podrá conformarse con la
monarquía absoluta; una sociedad basada en el salario y en la explotación de
las masas por los detentadores del capital, se acomoda con el parlamentarismo.
Pero una sociedad libre que vuelva a entrar en posesión de la herencia común,
tendrá que buscar en el libre agrupamiento y en la libre federación de los
grupos una organización nueva que convenga a la nueva fase económica de la
historia.
1
Cuéntase, que en 1848,
al verse amenazado Rothschild en su fortuna por la revolución, inventó la
siguiente farsa: «Admitamos que mi fortuna se haya adquirido a costa de los
demás. Dividida entre tantos millones de europeos, tocarían dos pesetas a cada
persona. Pues bien; me comprometo a devolver a cada cual sus dos pesetas si me
las pide».
Dicho esto, y
debidamente publicado, nuestro millonario se paseaba tranquilo por las calles
de Francfort. Tres o cuatro transeúntes le pidieron sus dos pesetas, se las
entregó con sardónica sonrisa, y quedó hecha la jugarreta. La familia del
millonario aún está en posesión de sus tesoros.
Poco más o menos así
razonan las cabezas sólidas de la burguesía cuando nos dicen: «¡Ah, la
expropiación! Comprendido. Quitan ustedes a todos los gabanes, los ponen en un
montón, y cada cual se acerca a coger uno, salvo el zurrarse la badana por
quién coge el mejor».
Es un chiste de mal
gusto.
Lo que necesitamos no es
poner en un montón los gabanes para distribuirlos después, y eso que los que
tiritan de frío aún encontrarían en ello alguna ventaja. Tampoco tenemos que
repartirnos las dos pesetas de Rothschild. Lo que necesitamos es organizarnos
de tal forma, que cada ser humano, al venir al mundo, pudiera estar seguro de
aprender un trabajo productivo, en primer término acostumbrarse a él, y después
poder ocuparse de ese trabajo sin pedir permiso al propietario y al patrono y
sin pagar a los acaparadores de la tierra y de las máquinas la parte del león
sobre todo lo que produzca.
En cuanto a las riquezas
de todas clases, detentadas por los Rothschilds o los Vanderbilt, nos servirían
para organizar mejor nuestra producción en común
El día en que el
trabajador del campo pueda arar la tierra sin pagar la mitad de lo que produce;
el día en que las máquinas necesarias para preparar el suelo para las grandes
cosechas estén a la libre disposición de los cultivadores; el día en que el
obrero del taller produzca para la comunidad y no para el monopolio, los
trabajadores no irán ya harapientos, y no habrá más Rothschilds ni otros
explotadores.
Nadie tendrá ya
necesidad de vender su fuerza de trabajo por un salario que sólo representa una
parte del total de lo que produce.
«Sea -nos dirán-. Pero
de fuera os vendrán los Rothschilds. ¿Podréis impedir que un individuo que haya
acumulado millones en China, vaya a establecerse entre vosotros, que se rodee
de servidores y trabajadores asalariados, que los explote y se enriquezca a
costa de ellos? No podéis hacer la revolución en toda la tierra a la vez. ¿Vais
a establecer aduanas en vuestras fronteras, para registrar ti quienes lleguen y
apoderarse del oro que traigan?»
¡Habría que ver:
policías anarquistas disparando contra los pasajeros!
Pues bien; en el fondo
de este razonamiento hay un burdo error, y es que nadie se ha preguntado nunca
de dónde provienen las fortunas de los ricos. Un poco de reflexión bastaría
para demostrar que el origen de esas fortunas está en la miseria de los pobres.
Donde no haya miserables, no habrá ya ricos para explotarlos.
Fijaos un poco en la
Edad Media, en la que comienzan a surgir grandes fortunas. Un barón feudal se
ha apoderado de un fértil valle. Pero mientras esa campiña no se pueble,
nuestro barón no puede llamarse rico. ¿Qué va a hacer nuestro barón para
enriquecerse? ¡Buscar colonos!
Sin embargo, si cada
agricultor tuviese un pedazo de tierra libre de cargas y ademas las
herramientas y el ganado suficientes para la labor, ¿quién iría a roturar las
tierras del barón? Cada cual se quedaría en las suyas. Pero hay poblaciones
enteras de miserables. Unos han sido arruinados por las guerras, otros por las
sequías, por la peste; no tienen bestias ni aperos. (El hierro era costoso en
la Edad Media; más costosa todavía una bestia de labor.)
Todos los miserables
buscan mejores condiciones. Un día ven en el camino, en la linde de las tierras
de nuestro barón, un poste indicando con ciertos signos comprensibles que el
labrador que se instale en esas tierras recibirá con el suelo instrumentos y
materiales para edificar una choza y sembrar su campo, sin que en cierto número
de años tenga que pagar ningún canon. Ese número de años se indica con otras
tantas cruces en el poste frontero, y el campesino entiende lo que significan
esas cruces.
Entonces acuden a las
tierras del barón los miserables; trazan caminos, desecan los pantanos,
levantan aldeas. A los nueve años, el barón les impondrá un arrendamiento,
cinco años más tarde les cobrará tributos, que duplicará después, y el labrador
aceptará esas nuevas condiciones porque en otra parte no las hallará mejores, Y
poco a poco, con ayuda de la ley hecha por los letrados, la miseria del
campesino se convierte en manantial de riqueza para el señor; y no sólo para el
señor, sino para toda una nube de usureros que descarga sobre las aldeas, y que
se multiplican tanto más cuanto mayor es el empobrecimiento del labriego.
Así pasaba en la Edad
Media. ¿Y no sucede hoy lo mismo? Si hubiese tierras libres que el campesino
pudiese cultivar a su antojo, ¿iría a pagar mil pesetas por hectárea al señor
vizconde que se digna cederle una parcela? ¿Iría a pagar un arrendamiento
oneroso, que le quita el tercio de lo que produce? ¿Iría a hacerse colono para
entregar la mitad de la cosecha al propietario?
Pero como nada tiene,
acepta todas las condiciones con tal d poder vivir cultivando el suelo, y
enriquece al Señor. En pleno siglo XIX, como en la Edad Media, la pobreza del
campesino es riqueza para los propietarios de bienes raíces.
2
l amo del suelo se
enriquece con la miseria de los labradores. Lo mismo sucede con el industrial.
Contemplad un burgués,
que de una manera u otra se encuentra poseedor de un tesoro de quinientas mil
pesetas. Ciertamente, puede gastarse ese dinero a razón de cincuenta mil
pesetas al año, poquísima cosa en el fondo, dado el lujo caprichoso e insensato
que vemos en estos días. Pero entonces al cabo de diez años no le quedará nada.
Así, pues, como hombre «práctico», prefiere guardar intacta su fortuna y
crearse además una bonita renta anual.
Eso es muy sencillo en
nuestra sociedad, precisamente porque en nuestras ciudades y pueblos hormiguean
trabajadores que no tienen para vivir un mes, ni siquiera una quincena. Nuestro
burgués funda una fábrica, los banqueros se apresuran a prestarle otras
quinientas mil pesetas, sobre todo si tiene fama de ser hábil, y con su millón
podrá hacer trabajar a quinientos obreros.
Si en los contornos no
hubiese más que hombres y mujeres cuya existencia estuviera garantizada, ¿quién
iría a trabajar para nuestro burgués? Nadie consentiría en fabricarle, por un
salario de dos o tres pesetas al día, objetos comerciales por valor de cinco a
diez pesetas.
Por desgracia, los
barrios pobres de la ciudad y de los pueblos próximos están llenos de gente
cuyos hijos lloran delante de la despensa vacía. Por eso, en cuanto se abre la
fábrica acuden corriendo los trabajadores embaucados. No hacen falta más que
cien y se presentan mil. Y en cuanto funciona la fábrica, el patrono se
embolsa, limpio de polvo y paja, un millar de pesetas anuales por cada par de
brazos que trabajan para él.
Nuestro patrono obtiene
así una bonita renta. Si ha elegido una rama industrial lucrativa, y si es
listo, agrandará poco a poco su fabrica y aumentará sus rentas, duplicando el
número de los hombres, a quienes explota.
Entonces llegará a ser
un personaje en la comarca. Podrá pagar almuerzos a otros notables, a los
concejales, al señor diputado. Podrá casar su fortuna con otra fortuna, y
colocar más tarde ventajosamente a sus hijos y obtener luego alguna concesión
del Estado. Se le pedirán suministros para el ejército o para la provincia, y
continuará redondeando su tesoro hasta que una guerra, o el simple rumor de
ella, o una jugada de bolsa le permitan dar un gran golpe de mano.
Las nueve décimas partes
de las colosales fortunas de los Estados Unidos (así lo ha relatado Henry
George en sus Problemas sociales) se deben a una gran bribonada
hecha con la complicidad del Estado. En Europa, los nueve décimos de las
fortunas, en nuestras monarquías y en nuestras repúblicas, tienen el mismo
origen.
Toda la ciencia de
adquirir riquezas está en eso: encontrar cierto número de hambrientos, pagarles
tres pesetas y hacerles producir diez; amontonar así una fortuna y acrecentarla
en seguida por algún gran golpe de mano con ayuda del Estado.
No vale la pena hablar
de las modernas fortunas atribuidas por los economistas al ahorro, pues
el ahorro, por sí solo, no produce nada, en tanto que el dinero ahorrado
no se emplea en explotar a los hambrientos.
Supongamos un zapatero a
quien se le retribuya bien su trabajo, que tenga buena parroquia y que, a
fuerza de privaciones, llegue a ahorrar cerca de dos pesetas diarias,
¡cincuenta pesetas al mes!
Supongamos que nuestro
zapatero no esté nunca enfermo; que coma bien, a pesar de su afán por el
ahorro; que no se case o que no tenga hijos; que no se muera de tisis;
admitamos cuanto queráis.
Pues bien; a la edad de
cincuenta años no habrá ahorrado ni quince mil pesetas, y no tendrá de qué
vivir durante su vejez, cuando ya no pueda trabajar. Ciertamente no es así como
se hacen las fortunas.
Supongamos otro
zapatero. En cuanto tenga ahorradas unas pesetas, las llevará con cuidado a la
caja de ahorros, y ésta se las prestará al burgués que trata de montar una
explotación de hombres descalzos. Luego tomará un aprendiz, el hijo de un
miserable, que se tendrá por feliz si al cabo de cinco años aprende el oficio y
consigue ganarse la vida.
El aprendiz le «producirá»
a nuestro zapatero y si éste tiene clientela, se apresurará a tomar otro, y más
adelante un tercer aprendiz. Luego tendrá dos o tres oficiales, felices si
cobran tres pesetas diarias por un trabajo que vale seis. Y si nuestro zapatero
«tiene suerte», es decir, si es bastante pillo, sus oficiales y aprendices le
producirán una veintena de pesetas además de su propio trabajo. Podrá ensanchar
su negocio, se enriquecerá poco a poco y no tendrá necesidad de privarse de lo
estrictamente necesario. Dejará a su hijo una fortunita.
He aquí lo que llaman
«hacer ahorros, tener hábitos de sobriedad». En el fondo, es lisa y llanamente
explotar a los necesitados.
El comercio parece una
excepción de la regla. «Fulano -se nos dirá- compra té en la China, lo importa
a Francia y realiza un beneficio del 30 por 100 de su dinero. No ha explotado a
nadie.»
Y, sin embargo, el caso
es análogo. ¡Si nuestro hombre hubiese traído el té sobre sus espaldas, santo y
muy bueno! Antaño, en los orígenes de la Edad Media, de esa manera precisamente
se hacía el comercio. Por eso no se lograban jamás las pasmosas fortunas de
nuestros días; apenas si el mercader de entonces podía guardar algunas monedas
después de un viaje llenos de penalidades y peligros. Impulsábale a dedicarse
al comercio menos el afán de lucro que la afición a los viajes y aventuras.
Hoy el sistema es más
sencillo. El comerciante que tiene capital no necesita moverse del escritorio
para enriquecerse. Telegrafía a un comisionista la orden de comprar cien
toneladas de té; fleta un buque, y a las pocas semanas tiene en su poder el
cargamento. Ni siquiera corre el riesgo de la travesía, porque están asegurados
su té y el buque. Y si ha gastado cien mil pesetas, recogerá ciento treinta
mil, a menos que haya querido especular con alguna mercancía nueva, en cuyo
caso se arriesga a duplicar su fortuna o a perderla por entero.
Pero, ¿cómo ha podido
encontrar hombres que se hayan resuelto a hacer la travesía, ir a China y
volver, trabajar de firme, soportar fatigas y arriesgar su vida por un salario
ruin? ¿Cómo ha podido encontrar en los docks cargadores y descargadores, a
quienes pagaba lo preciso nada más que para no dejarlos morir de hambre
mientras trabajaban? ¿Cómo? ¡Porque están en la miseria! Id a un puerto de mar,
visitad los cafetuchos de los muelles, observad a esos hombres que van a
dejarse embaucar, pegándose a las puertas de los docks, que asaltan desde el
alba, para ser admitidos a trabajar en los buques. Ved esos marineros,
contentos de enrolarse para un viaje lejano, después de semanas y meses de
espera; toda su vida la han pasado de buque en buque y subirá aún a otros,
hasta que algún día desaparezcan entre las olas.
Multiplicad los
ejemplos, elegidlos donde os parezca, meditad sobre el origen de todas las
fortunas grandes o pequeñas, procedan del comercio, de la banca; de la
industria o del suelo. En todas partes comprobaréis que la riqueza de unos está
formada por miseria de otros.
Una sociedad anarquista
no tendría que temer al Rothschild desconocido que fuera a establecerse de
pronto en su seno. Si cada miembro de la comunidad sabe que después de algunas
horas de trabajo productivo tendrá derecho a todos los placeres que proporciona
la civilización, a los profundos goces que la ciencia y el arte dan a quienes la
cultivan, no irá a vender su fuerza de trabajo por una mezquina pitanza; nadie
se ofrecerá para enriquecer al susodicho Rothschild. Sus monedas de dos pesetas
serán rodajas metálicas, útiles para diversos usos, pero incapaces de producir
crías.
La expropiación debe
comprender todo cuanto permita apropiarse el trabajo ajeno. La fórmula es
sencilla y fácil de comprender.
No queremos despojar a
nadie de su gabán, si no que deseamos devolver a los trabajadores todo
lo que permite explotarlos, no importa a quién. Y haremos todos los esfuerzos
para que, no faltándole a nadie nada, no haya ni un solo hombre que. se
vea obligado a vender sus brazos para existir él y sus hijos.
He aquí cómo entendemos
la expropiación y nuestro deber durante la revolución, cuya llegada esperamos,
no para de aquí a doscientos años, sino en un futuro próximo.
3
La idea anarquista en
general y la de la expropiación en particular, encuentran muchas más simpatías
de lo que se cree entre los hombres independientes de carácter y aquellos para
quienes la ociosidad no es el supremo ideal. «Sin embargo -nos dicen con
frecuencia nuestros amigos-, ¡guardaos de ir demasiado lejos! ¡Puesto que la
humanidad no cambia en un día, no vayáis demasiado de prisa en vuestros
proyectos de expropiación y de anarquía! Arriesgaríais no hacer nada duradero.»
Pues bien; lo que
tememos en materia de expropiación es no ir demasiado lejos. Por el contrario,
tememos que la expropiación se haga en una escala demasiado pequeña para ser
duradera; que el arranque revolucionario se detenga a la mitad de su camino;
que se gaste en medidas a medias que no podrían contentar a nadie, y que
produciendo un derrumbamiento formidable en la sociedad y una suspensión de sus
funciones, no fuesen, sin embargo, viables, sembrando el descontento general y
trayendo fatalmente el triunfo de la reacción.
En efecto, hay
establecidas en nuestras sociedades relaciones que es materialmente imposible
modificar si sólo en parte se toca a ellas. Los diversos rodajes de nuestra
organización económica están engranados tan íntimamente entre si, que no puede
modificarse uno solo sin modificarlos en su conjunto; esto se advertirá en
cuanto se quiera expropiar, sea lo que fuere.
Supongamos que en una
región cualquiera se haga una expropiación, limitada, por ejemplo, a los
grandes señores territoriales sin tocar a las fábricas (como no ha mucho pidió
Henry George) que en tal o cual ciudad se expropien las casas, sin poner en
común los víveres, o que en una región industrial se expropien fábricas sin
tocar a las grandes propiedades territoriales.
El resultado será
siempre el mismo: trastorno inmenso de vida económica, sin medios de
reorganizarla sobre bases nuevas. Paralización de la industria y del tráfico,
sin volver a los principios de la justicia: imposibilidad de que la sociedad
reconstituya un todo armónico.
Si el agricultor se
libra del gran propietario territorial sin que la industria se libre del
capitalista, el industrial del comerciante del banquero, no habrá hecho nada.
El cultivador sufre hoy, no sólo por tener que pagar la renta al propietario
del suelo, sino por el conjunto de las condiciones actuales; sufre el impuesto
que le cobra el industrial, quien le hace pagar tres pesetas por una azada que
sólo vale la cuarta parte en comparación con el trabajo agricultor;
contribuciones impuestas por el Estado, que no puede existir sin una formidable
jerarquía de funcionarios; gastos de sostenimiento del ejército que mantiene el
Estado, porque industriales de todas las naciones están en perpetua lucha por
los mercados, y cualquier día puede estallar la guerra a consecuencia de
disputarse la explotación de tal o cual parte del Asia o África. El agricultor
sufre por la despoblación de los campos cuya juventud se ve arrastrada hacia
las fábricas de las gran ciudades, ya con el cebo de salarios más altos pagados
temporalmente por los productores de objetos de lujo, ya por los alicientes de
una vida de más movimiento; sufre también por la protección artificial de la
industria, la explotación comercial de los países limítrofes, la usura, la
dificultad de mejorar el suelo y perfeccionar los aperos, etcétera.
Lo mismo sucede con la
industria. Entregad mañana las fábricas a los trabajadores, haced lo que se ha
hecho con cierto número de campesinos, a quienes se les ha convertido en
propietarios, del suelo. Suprimid el patrono, pero dejadle la tierra al señor,
el dinero al banquero, la bolsa al comerciante; conservad en la sociedad esa
masa de ociosos que viven del trabajo del obrero, mantenedlos mil
intermediarios, el Estado con su caterva de funcionarios, y la industria no
marchará. No hallando compradores en la masa de los labriegos, que continúan
pobres; no poseyendo las primeras materias y no pudiendo exportar sus
productos, a causa en parte de la suspensión del comercio, y sobre todo por
efecto de la, centralización de las industrias, no podrá hacer más que vegetar,
quedando abandonados los obreros en el arroyo.
Expropiad a los señores
de la tierra y devolved las fábricas a los trabajadores, pero sin tocar a esas
nubes de intermediarios que especulan hoy con las harinas y los trigos, con la
carne y con todos los comestibles en los grandes centros, al mismo tiempo que
esparcen los productos de nuestras manufacturas. Pues bien; cuando se dificulte
el tráfico y ya no circulen los productos, cuando falte pan en París, y Lyon no
encuentre compradores para sus sedas, la reacción será terrible, caminando
sobre cadáveres, paseando las ametralladoras por ciudades y campos, celebrando
orgías de ejecuciones y deportaciones, como se hizo en 1815, en 1848 y en 1871.
Todo se enlaza en
nuestras sociedades, y es imposible reformar algo sin que el conjunto se
quebrante. El día en que se hiera a la propiedad privada en cualquiera de sus
formas, habrá que herirla en todas las demás. Lo impondrá el mismo triunfo de
la revolución.
Si una gran ciudad pone
solamente mano en las casas o en las fábricas, la misma fuerza de las cosas la
llevará a no reconocer a banqueros derecho a cobrar del municipio cincuenta
millones de impuesto, bajo la forma de intereses por empréstitos anteriores. Se
verá obligada a ponerse en relación con los cultivadores, y forzosamente los
impulsará a libertarse de los poseedores del suelo. Para poder comer y
producir, tendrá que expropiar los caminos de hierro. Por último, para evitar
el derroche de los víveres y no quedar a merced de los acaparadores de trigo,
como el ayuntamiento de 1793, confiará a los mismos ciudadanos el cuidado de
llenar sus almacenes de víveres y repartir los productos.
Sin embargo, algunos
socialistas han tratado de establecer una distinción, diciendo: «Querernos que
se expropíen el suelo, el subsuelo, la fábrica, la manufactura; son
instrumentos de producción, y justo es ver en ellos una propiedad pública»,
pero además de eso hay objetos de consumo, el alimento, el vestido, la
habitación, que deben ser propiedad privada.
El lecho, la habitación,
la casa, son lugares de vagancia para el que nada produce. Pero para el
trabajador, una pieza caldeada y clara es tan instrumento de producción como la
máquina o la herramienta. Es el sitio donde restaura sus músculos y nervios,
que se desgastarán mañana en el trabajo. El descanso del productor es necesario
para que funcione la máquina.
Esto es aún más evidente
para el alimento. Los pretendidos economistas de que hablamos, nunca han dejado
de decir que el carbón quemado por una máquina figura entre los objetos tan
necesarios para la producción como las primeras materias. ¿Cómo puede excluirse
de los objetos indispensables para el productor el alimento, sin el cual no
podría hacer ningún esfuerzo la máquina humana? ¿Será tal vez un resto de
metafísica religiosa?
La comida abundante y
regalona del rico es un consumo lujo. Pero la comida del productor es uno de
los objetos imprescindibles para la producción, con el mismo título que el
carbón quemado por la máquina de vapor.
Otro tanto sucede con el
vestido, porque si los economistas que distinguen entre los objetos de
producción y los de consumo vistiesen a estilo de los salvajes de Nueva Guinea,
comprenderíamos tales reservas. Pero gentes que no podrían escribir una línea
sin llevar camisa puesta, no están en su lugar al hacer una distinción tan
grande entre su camisa y su pluma. La blusa y los zapatos, sin los cuales no
podría ir un obrero a su trabajo, la chaqueta que se pone al concluir la
jornada y la gorra con que se resguarda la cabeza, le son tan necesarios como
el martillo y el yunque.
Quiérase o no, así
entiende el pueblo la revolución. En cuanto haya barrido los gobiernos,
tratará, ante todo, de asegurarse un alojamiento sano, una alimentación
suficiente y el vestido necesario, sin pagar gabelas.
Y el pueblo tendrá
razón. Su manera de actuar estará infinitamente más conforme con la ciencia
que la de los economistas que hacen tantos distingos entre el instrumento de
producción y los artículos de consumo. Comprenderá que precisamente por ahí
debe comenzar la revolución, y echará los cimientos de la única ciencia
económica que puede reclamar el título de ciencia, y que pudiera llamarse estudio
de las necesidades de la humanidad y medios económicos de satisfacerlas.
1
Si la próxima revolución
ha de ser una revolución social, se distinguirá de los anteriores
levantamientos, no sólo por sus fines, sino también por sus procedimientos.
Fines nuevos requieren procedimientos nuevos.
El pueblo se bate para
derribar el antiguo régimen, y derrama su sangre preciosa. Después de romper la
argolla, vuelve a la sombra. Un gobierno compuesto de hombres más o menos
honrados se constituye y se encarga de organizar la república en 1793 el
trabajo en 1848, el municipio libre en 1871.
Imbuido ese gobierno en
las ideas jacobinas, preocúpase de las cuestiones políticas ante todo:
reorganización de la máquina del poder, purificación del personal
administrativo, separación de la Iglesia y el Estado, libertades cívicas, y así
sucesivamente.
Es verdad que los clubs
obreros vigilan a los nuevos gobernantes. A menudo imponen sus ideas. Pero aun
en esos clubs, sean burgueses o trabajadores los que peroran, siempre domina la
idea burguesa. Se habla mucho de cuestiones políticas, pero s olvida la
cuestión del pan.
En cuanto estalla la
revolución, inevitablemente para el trabajo, detiénese la circulación de los
productos, se esconden los capitales. El patrono no tiene nada que temer en
esas épocas; vive de sus rentas, si es que no especula con la miseria; pero
asalariado se ve reducido a vivir al día. Se anuncia la escasez Aparece la
miseria, una miseria como no se había visto con antiguo régimen.
«Son los girondinos
quienes nos matan de hambre», se decía por los arrabales en 1793. Y se
guillotinaba a los girondinos, dando plenos poderes a la Montaña, al
Ayuntamiento de París. El Ayuntamiento preocupábase, en efecto, del pan;
desplegaba heroicos esfuerzos para alimentar a París. Fouché y Collot d'Herbois
creaban pósitos en Lyon, pero se disponía de ínfima cantidad de grano para
llenarlos. Las municipalidades luchaban para conseguir trigo. Se ahorcaba a los
tahoneros acaparadores del grano, pero seguía faltando el pan.
Entonces la emprendían
con los realistas, guillotinando a doce, quince diarios, criadas y duquesas,
sobre todo criadas, porque las duquesas estaban en Coblenza. Pero aunque
guillotinasen a cien duques y vizcondes cada veinticuatro horas, nada habría
cambiado.
La miseria iba en
aumento, Puesto que era preciso siempre cobrar, un salario para. vivir, y el
salario no aparecía, ¿qué hubieran podido hacer mil cadáveres más o menos?
Entonces el pueblo
comenzaba a cansarse. « ¡Bien va vuestra revolución! -cuchicheaba el reaccionario
al oído del trabajador; ¡nunca habéis tenido tanta miseria! » Y poco a poco se
tranquilizaba el rico, salía de su escondite, se mofaba de los descalzos con su
pomposo lujo, vestíase de currutaco y decía a los trabajadores: «¡Vamos, basta
de necedades! ¿Qué habéis ganado con la revolución? ¡Ya es hora de acabar con
ella!»
Y con el corazón
oprimido, exhausto ya de paciencia, el revolucionario llegaba a decirse: «¡Otra
vez perdida la revolución!,» Se volvía a su tugurio y dejaba hacer.
Entonces la reacción se
mostraba altiva, realizando su golpe de Estado. Muerta la revolución, ya no le
quedaba sino pisotear su cadáver.
¡Y pisoteábalo de firme!
Se derramaban olas de sangre el terror blanco segaba cabezas, poblaba las
cárceles, y entretanto seguían su curso las orgías de la granujería elevada.
He aquí la imagen de
todas nuestras revoluciones. En 1848, el trabajador parisiense ponía «tres
meses de miseria» al servicio de la República, y al cabo de los tres meses, no
pudiendo ya más, hacía su postrer esfuerzo desesperado, esfuerzo ahogado por la
matanza.
Y en 1871 concluía la
Comuna por falta de combatientes. No había olvidado decretar la separación de
la Iglesia y del Estado; pero no pensó hasta harto tarde en asegurar a todos el
pan. Y viose en París a los gomosos burlase de los federados, diciéndoles:
«¡Imbéciles, id a haceros matar por seis reales, mientras nosotros nos vamos de
francachela al restaurante de moda!» Comprendióse la falta en los últimos días.
Se hizo la sopa comunal, pero era demasiado tarde. ¡Los versalleses estaban ya
dentro de las murallas!
«¡Pan; la revolución
necesita pan! ¡Ocupense otros en lanzar circulares con frases rimbombantes!
¡Pónganse otros en los hombros tantos galones como puedan llevar encima!
¡Peroren otros acerca de las libertades políticas!» Nuestra tarea consistirá en
hace de manera que en los primeros días de la revolución, y mientras dure ésta,
no haya un solo hombre en el territorio insurrecto quien le falte el pan, ni
una sola mujer obligada a formar cola delante de la tahona para recoger la bola
de salvado que le quieran arrojar de limosna, ni un solo niño a quien le falte
lo necesario para su débil constitución.
2
Somos utopistas, es cosa sabida. En efecto, tan utopistas, que llevamos nuestra utopía hasta creer que la revolución debe y puede garantizar a todos el alojamiento, el vestido y el pan. Es preciso asegurar el