El apoyo mutuo es la obra más representativa de la personalidad intelectual de
Kropotkin. En ella se encuentran expresados por igual el hombre de ciencia y el
pensador anarquista; el biólogo y el filósofo social; él historiador y el
ideólogo. Se trata de un ensayo enciclopédico, de un género cuyos últimos
cultores fueron positivistas y evolucionistas. Abarca casi todas las ramas del
saber humano, desde la zoología a la historia social, desde la geografía a la
sociología del arte, puestas al servicio de, una tesis científico-filosófica
que constituye, a su vez, una particular interpretación del evolucionismo
darwiniano.
Puede
decirse que dicha tesis llega a ser el fundamento de toda su filosofía social y
política y de todas sus doctrinas e interpretaciones de la realidad
contemporánea Como gozne entre aquel fundamento y estas doctrinas se encuentra
una ¿tica de la expansión vital.
Para
comprender el sentido de la tesis básica de El apoyo mutuo es necesario
partir del evolucionismo darwiniano al cual se adhiere Kropotkin,
considerándolo la última palabra de la ciencia moderna.
Hasta el
siglo XIX los naturalistas tenían casi por axioma la idea de la fijeza e
inmovilidad de las especies biológicas: Tot sunt species quot a principio
creavit infinitum ens. Aún en el siglo XIX, el más célebre de los cultores de
la historia natural, el hugonote Cuvier, seguía impertérrito en su fijismo.
Pero ya en 1809 Lamarck, en su Filosofíazoológica defendía, con gran
escándalo de la Iglesia y de la Academia, la tesis de que las especies
zoológicas se transforman, en respuesta a una tendencia inmanente, de su
naturaleza y adaptándose al medio circundante. Hay en cada animal un impulso
intrínseco (o "conato") que lo lleva a nuevas adaptaciones y lo
provee de nuevos órganos, que se agregan a su fondo genético y se transmiten
por herencia. A la idea del impuso intrínseco y la formación de nuevos órganos
exigidos por el medio ambiente se añade la de la transmisión hereditaria. Tales
ideas, a las que Cuvier oponía tres años más tarde, en su Discurso sobre las
revoluciones del globo, la teoría de las catástrofes geológicas y las
sucesivas creaciones [1], encontró indirecto apoyo en los trabajos del geólogo inglés,
Lyell, quién, en sus Principios de geología demostró la falsedad del
catastrofismo de Cuvier, probando que las causas de la alteración de la
superficie del planeta no son diferentes hoy que en las pasadas eras [2].
Lamarck
desciende filosóficamente de la filosofía de la Ilustración, pero no ha
desechado del todo la teleología. Para él hay en la naturaleza de los seres
vivos una tendencia continua a producir organismos cada vez más complejos [3].
Dicha tendencia actúa en respuesta a exigencias del medio y no sólo crea nuevos
caracteres somáticos sino que los transmite por herencia. Una voluntad
inconsciente y genérica impulsa, pues, el cambio según una ley general que
señala el tránsito de lo simple a lo complejo. Está ley servirá de base a la
filosofía sintética de Spencer. Pese a la importancia de la teoría de Lamarck
en la historia de la ciencia y aun de la filosofía, ella estaba limitada por
innegables deficiencias. Lamarck no aportó muchas pruebas a sus hipótesis;
partió de una química precientífica; no consideró la evolución sino como
proceso lineal. Darwin, en cambio, sé preocupó por acumular, sobre todo a
través de su viaje alrededor del mundo, en el Beagle un gran cúmulo de
observaciones zoológicas y botánicas; se puso al día con la química iniciada
por Lavoisier (aunque ignoró la genética fundada por Mendel) y tuvo de la
evolución un concepto más amplio y, complejo. Desechó toda clase de
teleologismo y se basó, en supuestos estrictamente mecanicistas. Sus notas
revelan que tenía conciencia de las aplicaciones materialistas de sus teorías
biológicas. De hecho, no sólo recibio la influencia de su abuelo Erasmus Darwin
y la del geólogo Lyell sino también las del economista Adam Smith, del
demógrafo Malthus y del filósofo Comte [4]. En 1859 publicó su Origen de las
especies que logró pronto universal celebridad; doce años más tarde sacó a
la luz La descendencia del hombre[5]. Darwin acepta de Lamarck la idea de
adaptación al medio, pero se niega a admitir la de la fuerza inmanente que
impulsa la evolución. Rechaza, en consecuencia, toda posibilidad de cambios
repentinos y sólo admite una serie de cambios graduales y accidentales. Formula,
en sustitución del principio lamarckiano del impulso inmanente, la ley de la
selección natural [6]. Partiendo de Malthus, observa que hay una
reproducción excesiva de los vivientes, que llevaría de por si a que cada
especie llenara toda la tierra. Si ello no sucede es porque una gran parte de
los individuos perecen. Ahora bien, la desaparición de los mismos obedece a un
proceso de selección. Dentro de cada especie surgen innúmeras diferencias; sólo
sobreviven aquellos individuos cuyos caracteres diferenciales los hacen más
aptos para adaptarse al medio. De tal manera, la evolución aparece como un
proceso mecánico, que hace superflua toda teleología y toda idea de una
dirección y de una meta. Esta ley básica de la selección natural y la
supervivencia del más- apto (que algunos filósofos comporáneos, como Popper,
consideran mera tautología) comparte la idea de la lucha por la vida (struggle
for life) [7].
Ésta se manifiesta principalmente entre los individuos de una misma especie,
donde cada uno lucha por el predominio y por el acceso a la reproducción
(selección sexual).
Herbert
Spencer, quien, antes de Darwin, había esbozado ya el plan de un vasto sistema
de filosofía sintética, extendió la idea de la evolución, por una parte, a la
materia inorgánico (Primeros Principios 1862, II Parte,) y, por otra
parte, a la sociedad y la cultura (Principios de Sociología, 18761896).
Para él, la lucha por la vida y la supervivencia. del más apto (expresión que
usaba desde 1852), representan no solamente, el mecanismo por el cual la vida
se transforma y evoluciona sí no también. la única vía de todo progreso humano
[8].
Sienta así las bases de lo que se llamará el darwinismo social, cuyos dos hijos,
el feroz capitalismo manchesteriano y el ignominioso racismo fuero tal vez más
lejos de lo que aquel pacífico burgués podía imaginar. Th. Huxley, discípulo
fiel de Darwin, publica, en febrero de 1888, en, la revista The Níneteenth
Century, un artículo que como su mismo título indica, es todo un manifiesto
del darwinismo social: The Struggle for life. A Programme [9]. Kropotkin queda
conmovido por este trabajo, en el cual ve expuestas las ideas sociales contra
las que siempre había luchado, fundadas en las teorías científicas a las que
consideraba como culminación, del pensamiento biológico contemporáneo.
Reacciona contra él y, a partir de 1890, se propone refutarlo en una serie de
artículos, que van apareciendo también en The Nineteenth Century y que
más tarde amplía y complementa, al reunirlos en un volumen titulado El apoyo
mutuo. Un factor de la evolución.
Un camino
para refutar a Huxley y al darwinismo social hubiera sido seguir los pasos de
Russell Wallace, quien pone el cerebro del hombre, al margen de la evolución.
Hay que tener en cuenta que este. ilustre sabio que formuló su teoría de la
evolución de las especies casi al mismo tiempo que Darwin, al hacer un lugar
aparte para la vida moral e intelectual del ser humano, sostenía que desde el
momento en que éste llegó a descubrir el fuego, entró en el campo de la cultura
y dejo de ser afectado por la selección natural [10]. De este modo Wallace se sustrajo, mucho más
que Darwin o Spencer, al prejuicio racial [11]. pero Kropotkin, firme en su materialismo,
no podía seguir a Wallace, quien no dudaba en postular la intervención de Dios
para explicar las características del cerebro y la superioridad moral e
intelectual del hombre.
Por otra
parte, como socialista y anarquista, no podía en, modo alguno cohonestar las
conclusiones de Huxley, en las que veía sin duda un cómodo fundamento para la
economía del irrestricto "laissez faire" capitalista, para las
teorías racistas de Gobineau (cuyo Ensayo sobre la desigualdad de las
razas humanas había sido publicados ya en 1855), para el malthusianismo,
para las elucubraciones falsamente individualistas de Stirner y de Nietzsche.
Considera,
pues, el manifiesto huxleyano como una interpretación unilateral y, por tanto,
falsa de la teoría darwinista del "struggle for life" y le propone
demostrar que, junto al principio de la lucha (de cuya vigencia no duda), se
debe tener en cuenta otro, más importante que aquél para explicar la evolución
de los animales y el progreso del hombre. Este principio es el de la ayuda
mutua entre los individuos de una misma especie (y, a veces, también entre las
de especies diferentes). El mismo Darwin había admitido este principio. En el
prólogo a la edición de 1920 de El apoyo mutuo, escrito pocos
meses antes de su muerte, Kropotkin manifiesta su alegría por el hecho de que
el mismo Spencer reconociera la importancia de "la ayuda mutua y su
significado en la lucha por la existencia'. Ni Darwin ni Spencer le otorgaron
nunca, sin embargo, el rango que le da Kröpotkin al ponerla al mismo nivel
(cuando no por encima) de la lucha por la vida como factor de evolución.
Tras un
examen bastante minucioso de la conducta de diferentes especies animales, desde
los escarabajos sepultureros y los cangrejos de las Molucas hasta los insectos
sociales (hormigas, abejas etc.), para lo cual aprovecha las investigaciones de
Lubbock y Fabre; desde el grifo-hálcón del Brasil hasta el frailecico y el
aguzanieves desde cánidos, roedores, angulados y rumiantes hasta elefantes,
jabalíes, morsas y cetáceos; después de haber descripto particularmente los
hábitos de los monos que son, entre todos los animales 'los más próximos al
hombre por su constitución y por su inteligencia', concluye que en todos los
niveles de la escala zoológica existe vida social y que, a medida que se
asciende en dicha escala, las colonias o sociedades animales se tornan cada vez
más conscientes, dejan de tener un mero alcance fisiológico y de fundamentarse
en el instinto, para llegar a ser, al fin, racionales. En lugar de sostener,
como Huxley, que la sociedad humana nació de un pacto de no agresión, Kropotkin
considera que ella existió desde siempre y no fue creada por ningún contrato,
sino que fue anterior inclusive a la existencia de los individuos. El hombre,
para él, no es lo que es sino por su sociabilidad, es decir, por la fuerte
tendencia al apoyo mutuo y a la convivencia permanente. Se opone así al
contractualismo, tanto en la versión pesimista de Hobbes (honro homini lupus),
que fundamenta el absolutismo monárquico, cómo en la optimista de Rousseau,
sobre la cual se considera basada' la democracia liberal. Para Kropotkin igual
que par Aristóteles, la sociedad es tan connatural al hombre como el lenguaje.
Nadie como el hombre merece el apelativo de "animal social" (dsóon
koinonikón).
Pero a
Aristóteles se opone al no admitir la equivalencia que éste establece entre
"animal social" y "animal político" (dsóon politikón).
Según Kropotkin, la existencia del hombre depende siempre de una coexistencia.
El hombre existe para la sociedad tanto como la sociedad para el hombre. Es
claro, por eso que su simpatía por Nietzsche no podía se¡ profunda. Considera
al nietzscheanismo, tan de moda en su época como en la nuestra, "uno de los
individualismos espúreos". Lo identifica en definitiva con el
individualismo burgués, 'que sólo puede existir bajo la condición de oprimir a
las masas y del lacayismo, del servilismo hacia la tradición, de la
obliteración de la individualidad dentro del propio opresor, como en seno de la
masa oprimida' [12]. Aun a Guyau, ese Nietzsche francés cuya
moral sin obligación ni sanción encuentra tan cercana a la ética anarquista, le
reprocha el no haber comprendido que la expansión vital a la cual aspira es
ante todo lucha por la justicia y la Libertad del pueblo. Con mayor fuerza
todavía se opone al solipsismo moral y al egotismo trascendental de Stirner,
que considera "simplemente la vuelta disimulada a la actual educación del
monopolio de unos pocos" y el derecho al desarrollo "para las
minorías privilegiadas"
Sin dejar de
reconocer, pues, que la idea de la lucha por la vida, tal como la propusieron
Darwin y Wallace, resulta sumamente fecunda,: en cuanto hace posible abarcar
una gran cantidad de hechos bajo un enunciado general, insiste en que muchos
darwinistas han restringido aquella idea a límites excesivamente estrechos y
tienden a interpretar el mundo de los animales como un sangriento escenario de
luchas ininterrumpidas entre seres siempre hambrientos y ávidos de sangre.
Gracias a ellos la literatura moderna se ha llenado con el grito de 'vae
victis" (¡ay de los vencidos!), grito que consideran como la última
palabra de la ciencia biológica. Elevaron la lucha sin cuartel a la condición
de principio y ley de la biología y pretenden que a ella se subordine el ser
humano. Mientras tanto, Marx consideraba que el evolucionismo darwiniano,
basado en la lucha por la vida, formaba parte de la revolución social [13]
y, al mismo tiempo, los economistas manchesterianos lo tenían como excelente
soporte científico para su teoría de la libre competencia, en la cual la lucha
de todos contra todos (la ley de la selva) representa el único camino hacia, la
prosperidad. Kropotkin coincide con Marx y Engels en que el darwinismo dió un
golpe de gracia a la teleología. Al intento de aprovechar para los fines de la
revolución social la idea darwinista de la vida (interpretada como lucha de
clases) le asigna relativa importancia. Por otra parte, como Marx, ataca á
Malthus, cuyo primer adversario de talla había sido Godwin, el precursor de
Proudhon y del anarquismo.
Pero la
decidida oposición al malthusianismo, que propicia la muerte masiva de los
pobres por su inadaptación al medio, y la lucha contra Huxley, que no encuentra
otro factor de evolución fuera de la perenne lucha sangrienta, no significan
que Kropotkin se adhiera a una visión idílica de la vida animal y humana
ni que se libre, como muchas veces se ha dicho, a un optimismo desenfrenado e
ingenuo. Como naturalista y hombre de ciencia está lejos de los rosados cuadros
galantes y festivos del rococó, y no comparte simple y llanamente la idea del
bien salvaje de Rousseau. Pretende situarse en un punto intermedio entre éste y
Huxley. El error de Rousseau consiste en que perdió de vista por completo la
lucha sostenida con picos y garras, y Huxley es culpable del error de carácter
opuesto; pero ni el optimismo de Rousseau ni el pesimismo de Huxley pueden ser
aceptados como una interpretación desapasionada y científica de las naturaleza.
El ilustre
biólogo Ashley Montagu escribe a este respecto: "Es error generalizado
creer que Kropotkin se propuso demostrar que es la ayuda mutua y no la
selección natural o la competencia el principal o único factor que actúa
en el proceso evolutivo". En un libro de genética publicado recientemente
por una gran autoridad en la materia, leemos: "El reconocer la
importancia que tiene la cooperación y la ayuda mutua en la adaptación no
contradice de ninguna manera la teoría de la selección natural, según
interpretaron Kropotkin y otros". Los lectores de El apoyo mutuo
pronto percibirán hasta qué punto es injusto este comentario. Kropotkin no
considera que la ayuda mutua contradice la teoría de la selección natural. Una
y otra vez llama la atención sobre el hecho de que existe competencia en la
lucha por la vida (expresión que critica acertadamente con razones sin duda
aceptables para la mayor parte de los darwinistas modernos), una y otra vez
destaca la importancia de la teoría de la selección natural, que señala como la
más significativa del siglo XIX. Lo que encuentra inaceptable y contradictorio
es el extremismo representado por Huxley en su ensayo "Struggle for
Existence Manifesto", y así lo demuestra al calificarlo de
"atroz" en sus Memorias [14]. En efecto, en Memorias de un
revolucionario relata: "Cuando Huxley, queriendo luchar contra el
socialismo, publicó en 1888 en Nineteenth Century, su atroz articulo
"La lucha por la existencia es todo un programa", me decidí a
presentar en forma comprensible mis objeciones a su modo de entender la
referida lucha, lo mismo entre los animales que entre los hombres, materiales
que estuve acumulando durante seis años" [15]. El propósito no tuvo calurosa acogida entre
los hombres de ciencia amigos, ya que la interpretación de "la lucha por
la vida como sinónimo de ¡ay de los vencidos!", elevado al nivel de un
imperativo de la naturaleza, se había convertido casi en un dogma. Sólo dos
personas apoyaron la rebeldía de Kropotkin contra el dogma y la
"atroz" interpretación huxleyana: James Knowles, director de la
revista Nineteenth Century H.W. Bates, conocido autor de Un
naturalista en el río Amazonas. Por lo demás, la tesis que pretendía
defender, contra Huxley, había sido va propuesta por el geólogo ruso Kessler,
aunque éste a penas había aducido alguna prueba en favor de la misma. Eliseo
Reclus, con su autoridad de sabio, dará su abierta adhesión a dicha tesis y defenderá
los mismos puntos de vista que Kropotkin [16].
De la gran
masa de datos zoológicos que ha reunido infiere, pues, que aunque es cierta la
lucha entre especies diferentes y entre grupos de una misma especie, en
términos generales debe decirse que la pacífica convivencia y el apoyo mutuo
reinan dentro del grupo y de la especie, y, más aún, que aquellas especies en
las cuales más desarrollada está la solidaridad y la ayuda recíproca entre los
individuos tiene mayores posibilidades de supervivencia y evolución.
El principio
del apoyo mutuo no constituye, por tanto, para Kropotkin, un ideal ético ni
tampoco una mera anomalía que rompe las rígidas exigencias de la lucha por la
vida, sino un hecho científicamente comprobado como factor de la evolución,
paralelo y contrario al otro factor, el famoso "struggle for life".
Es claro que el principio podría interpretarse como pura exigencia moral del
espíritu humano, como imperativo categórico o como postulado o fundacional de
la sociedad y de la cultura. Pero en ese caso habría que adoptar una posición
idealista o, por lo menos, renunciar al materialismo mecanicista y, al
naturalismo antiteológico que Kropotkin ha aceptado. Si tanto se esfuerza por
demostrar que el apoyo mutuo es un factor biológico, es porque sólo así quedan
igualmente satisfechas y armonizadas sus ideas filosóficas y sus ideas
socio-políticas en una única "Weitanschaung", acorde, por lo demás,
con el espíritu de la época.
La
concepción huxleyana de la lucha por la vida, aplicada a la historia y la
sociedad humana, tiene una expresión anticipada en Hobbes, que presenta el
estado primitivo de la humanidad como lucha perpetua de todos contra todos.
Esta teoría, que muchos darwinistas como Huxley aceptan complacidos, se funda,
según Kropotkin, en supuestos que la moderna etnología desmiente, pues imagina
a los hombres primitivos unidos sólo en familias nómadas y temporales. Invoca,
a este respecto, lo mismo que Engels, el testimonio de Morgan y Bachofen. La
familia no aparece así tomo forma primitiva y originaria de convivencia sino
como producto más bien tardío de la evolución social. Según Kropotkin, la
antropología nos inclina a pensar que en sus orígenes el hombre vivía en
grandes grupos o rebaños, similares a los que constituyen hoy muchos mamíferos
superiores. Siguiendo al propio Darwin, advierte que no fueron monos
solitarios, como el orangután y el gorila, los que originaron los primeros
homínidos o antropoides, sino, al contrario, monos menos fuertes pero más
sociables, como él chimpancé. La información antropológica y prehistórica,
obtenida al parecer en el Museo Británico, es abundante y está muy actualizada
para el momento. Con ella cree Kropotkin demostrar ampliamente su tesis. El
hombre prehistórico vivía en sociedad: las cuevas de los valles de Dordogne,
por ejemplo, fueron habitadas durante el paleolítico y en ellas se han
encontrado numerosos instrumentos de sílice. Durante el neolítico, según se
infiere de los restos palafíticos de Suiza, los hombres vivían y laboraban en
común y al parecer en paz. También estudia, valiéndose de relatos de viajeros y
estudios etnográficos, las tribus primitivas que aun habitan fuera de Europa
(bosquimanos, australianos, esquimales, hotentotes, papúes etc.), en todas las
cuales encuentra abundantes pruebas de altruismo y espíritu comunitario entre
los miembros del clan y de la tribu. Adelantándose en cierta manera a estudios
etnográficos posteriores, intenta desmitologizar la antropofagia, el
infanticidio y otras prácticas semejantes (que antropólogos y misioneros de la
época utilizaban sin duda para justificar la opresión colonial). Pone de
relieve, por el contrario, la abnegación de los individuos en pro de la
comunidad, el débil o inexistente sentido de la propiedad privada, la actitud
más pacífica de lo que se suele suponer, la falta de gobierno. En este, punto,
Kropotkin es evidentemente un precursor de la actual antropología política de
Clastres [17].
Aunque considera inaceptable tanto la visión rousseauniana del hombre primitivo
cual modelo de inocencia y de virtud, como la de Huxley y muchos antropólogos
del siglo XIX, que lo consideran una bestia sanguinaria y feroz, cree que esta
segunda visión es más falsa y anticientífica que la primera. En su lucha por la
vida -dice Kropotkin- el hombre primitivo llegó a identificar su propia
existencia con la de la tribu, y sin tal identificación jamás hubiera negado la
humanidad al nivel en que hoy se halla. Si los pueblos "bárbaros"
parecen caracterizarse por su incesante actividad bélica, ello se debe, en
buena parte, según nuestro autor, al hecho de que los cronistas e
historiadores, los documentos y los poemas épicos, sólo consideran dignas de
mención las hazañas guerreras y pasan casi siempre por alto las proezas del
trabajo, de la convivencia y de la paz.
Gran
importancia concede a la comuna aldeana, institución universal y célula de toda
sociedad futura, que existió en todos los pueblos y sobrevive aun hoy en
algunos. En lugar de ver en ella, como hacen no pocos historiadores, un
resultado de la servidumbre, la entiende como organización previa y hasta
contraria a la misma. En ella no sólo se garantizaban a cada campesino los
frutos de la tierra común sino también la defensa de la vida y el solidario
apoyo en todas las necesidades de la vida. Enuncia una especie de ley
sociológica al decir que, cuanto más íntegra se conserva la obsesión comunal,
tanto más nobles y suaves son las costumbres de los pueblos. De hecho, las
normas morales de los bárbaros eran muy elevadas y el derecho penal
relativamente humano frente a la crueldad del derecho romano o bizantino.
Las aldeas
fortificadas, se convirtieron desde comienzos del Medioevo en ciudades, que
llegaron a ser políticamente análogas a las de la antigua Grecia. Sus
habitantes, con unanimidad que hoy parece casi inexplicable, sacudieron por
doquier el yugo de los señores y se rebelaron contra el dominio feudal. De tal
modo, la ciudad libre medieval, surgida de la comuna bárbara (y no del
municipio romano, como sostiene Savigny), llega a ser, para Kropotkin,
la expresión tal vez más perfecta de una sociedad humana, basada en el libre
acuerdo y en el apoyo mutuo. Kropotkin sostiene, a partir de aquí, una
interpretación de la Edad Medía que contrasta con la historiografía de la
Ilustración y también, en gran parte, con la historiografía liberal, y
Marxista. Inclusive algunos escritores anarquistas, como Max Nettlau, la
consideran excesivamente laudatoria e idealizada [18].
Sin embargo, dicha interpretación supone en el Medioevo un claro dualismo por
una parte, el lado oscuro, representado por la estructura vertical del
feudalismo (cuyo vértice ocupan el emperador y el papa); por otra, el lado
claro y luminoso, encarnado en la estructura horizontal de las ligas de
ciudades libres (prácticamente ajenas a toda autoridad política). Grave error
de perspectiva sería, pues, equiparar está reivindicación de la edad Media, no
digamos ya con la que intentaron ultramontonos como De Maistre o Donoso Cortés
sino inclusive con la que propusieron Augusto Comte y algunos otros
positivistas [19].
Para
Kropotkin, la ciudad libre medieval es como una preciosa tela, cuya urdimbre
está constituida por los hilos de gremios y guiadas. El mundo libre del
Medioevo es, a su vez, una tela más vasta (que cubre toda Europa, desde Escocia
a Sicilia y desde Portugal a Noruega), formada por ciudades libremente
federadas y unidas entre sí por pactos de solidaridad análogos a los que unen a
los individuos en gremios y guiadas en la ciudad. No le hasta, sin embargo,
explicar así la estructura del medioevo libertario. Juzga indispensable
explicar también su génesis. Y, al hacerlo, subraya con fuerza esencial la
lucha contra el feudalismo, de tal modo que, si tal lucha basta para dar razón
del nacimiento de gremios, guiadas, ciudades libres y ligas de ciudades, la
culminación de la misma explica su apogeo, y la decadencia posterior su derrota
y absorción por el nuevo Estado absolutista de la época moderna. Las guiadas
satisfacían las necesidades sociales mediante la cooperación, sin dejar de
respetar por eso las libertades individuales. Los gremios organizaban el
trabajo también sobre la base de la cooperación y con la finalidad de
satisfacer las necesidades materiales, sin preocuparse, fundamentalmente par el
lucro. Las ciudades, liberadas del yugo feudal estaban regidas en la mayoría de
los casos por una asamblea popular. Gremios y guildas tenían, a su vez, una
constitución más igualitaria de lo que se suele suponer. la diferencia entre
maestro y aprendiz menos en un comienzo una diferencia de edad más que de poder
o riqueza, y no existía el régimen del salariado. Sólo en la baja Edad Media,
cuando las ciudades libres, comenzaron a decaer por influencia de una monarquía
en proceso, de unificación y de absolutización del poder, el cargo de maestro
de un gremio empezó, a ser hereditario y el trabajo de los artesanos comenzó a
ser alquilado a patronos particulares Aun entonces, el salario que percibían
era muy superior al de los obreros industriales del. siglo XIX, se realizaba en
mejores condiciones y en jornadas más cortas (que, en Inglaterra no sumaban más
de 48 horas por semana) [20]. Con esta sociedad de trabajadores libres
solidarios se asociaba necesariamente, según Kropotkin, el arte grandioso de
las catedrales, obra, comunitaria para el disfrute de la comunidad. La pintura
no la ejecutaba un genio solitario para ser después guardada en los salones de
un duque ni los poetas componían sus versos para que los leyera en su alcoba la
querida del rey. Pintura y poesía, arquitectura a y música surgían del pueblo y
eran, por eso, muchas veces, anónimas; su finalidad era también el goce
colectivo y la elevación espiritual del pueblo. Aun en la filosofía medieval ve
Kropotkin un poderoso esfuerzo "racionalista", no desconectado con el
espíritu de las ciudades libres. Esto, aunque resulte extraño para muchos,
parece coherente con toda la argumentación anterior: ¿Acaso la universidad,
creación esencialmente medieval, no era en sus orígenes un gremio (universitas
magistrorum et scolarium), igual que los demás? [21].
La
resurrección del derecho romano y la tendencia a constituir Estados
centralizados y unitarios, regidos por monarcas absolutos, caracterizó el
comienzo de la época moderna. Esto puso fin no sólo al feudalismo (con la
domesticación de los aristócratas, transformados en cortesanos) sino también en
las ciudades libres (convertidas en partes integrantes de un calado unitario).
Los Ubres ciudadanos se convierten en leales súbditos burgueses del rey. No por
eso desaparece el impulso connatural hacia la ayuda mutua y hacia la libertad,
que se manifiesta en la prédica comunista y libertaria de muchos herejes (husitas,
anabaptistas etc.). Y aunque es verdad que la edad moderna comparte un
crecimiento maligno del Estado que corno cáncer devora las instituciones
sociales libres, y promueve un individualismo malsano (concomitante o secuela
del régimen capitalista), aquel impulso no ha muerto. Se manifiesta durante el
siglo XIX, en las uniones obreras, que prolongan el espíritu de gremios y
guiadas en el contexto de la lucha obrera contra la explotación capitalista. En
Inglaterra, por ejemplo, donde Kropotkin vivía, la derogación de las
leyes contra tales uniones (Combinatioms Laws), en 1825, produjo una
proliferación de asociaciones gremiales y federaciones que Owen, gran promotor
del socialismo en aquel país, logró federar dentro de la "Gran Unión
Consolidada Nacional". Pese a las continuas trabas impuestas par el
gobierno de la clase propietaria, los sindicatos (trade unions) siguieron
creciendo en Inglaterra. Lo mismo sucedió en Francia y en los demás países
europeos y americanos, aunque a veces las persecuciones los obligaran a una
actividad clandestina subterránea. Kropotkin ve así la lucha obrera de los
sindicatos y en el socialismo la más significativa (aunque no la única)
manifestación de la ayuda mutua y de la solidaridad en los días en que le tocó
vivir. El movimiento obrero se caracteriza, por él, por la abnegación, el
espíritu de sacrificio y el heroísmo de sus militantes. Al sostener esto, no
está sin duda exagerando nada, en una época en que sindicatos estaban lejos de
la burocratización y la mediatización estatal que hoy los caracteriza en casi
todas partes, aun cuando la Internacional había sido ya disuelta gracias a las
maquinaciones burocratizantes de Carlos Marx y sus amigos alemanes. Algunos
sociólogos burgueses, que hacen gala de un "realismo" verdaderamente
irreal, se han burlado del "ingenuo optimismo" de Kropotkin y, en
nombre del evolucionismo darwiniano, han pretendido negarle sólidos fundamentos
científicos. Esto no obstante, su ingente esfuerzo por hallar una base
biológica para el comunismo libertario, no puede ser tenida hoy como
enteramente descaminada. Es verdad que, como dice el ilustre zoólogo
Dobzhansky, fue poco critico en algunas de las pruebas que adujo en apoyo de
sus opiniones. Pero de acuerdo con el mismo autor, una versión modernizada de
su tesis, tal como la presentada por Ashley Montagu, resulta más bien
compatible que contradictoria con la moderna teoría de la selección natural.
Para Dobzhansky, uno de los autores de la teoría sintética de la evolución,
elaborada entre 1936 y 1947 como fruto de las observaciones experimentales
sobre la variabilidad de las poblaciones y la teoría cromosómica de la herencia
[22],
la aseveración de que en la naturaleza cada individuo no tiene más opción que
la de comer o ser comido resulta tan poco fundada como la idea de que en ella
todo es dulzura y paz. Hace notar que los ecólogos atribuyen cada vez mayor
importancia a las comunidades de la misma especie y que la especie no podría
sobrevivir sin cierto grado de cooperación y ayuda mutua [23].
Los trabajos de C.H. Waddington, como Ciencia y ética, por ejemplo, van
todavía más allá en su aproximación a las ideas de Kropotkin sobre el apoyo
mutuo. Un etólogo de la escuela de Lorenz Irenaeus Eibl-Eibesfeldt, sin
adherirse por completo a las conclusiones de El apoyo mutuo, reconoce
que, en lo referente al altruismo y la agresividad, ellas están más próximas a
la verdad científica que las de sus adversarios. Para Eibl-Eibesfeld, los
impulsos agresivos están compensados, en el hombre, por tendencias no menos
arraigadas a la ayuda mutua [24]. Pese a los años transcurridos, que no
son. pocos si se tiene en cuenta la aceleración creciente de los
descubrimientos de la ciencia, la obra con que Kropotkin intentó brindar una
base biológica al comunismo libertario, no carece hoy de valor científico.
Además de ser un magnífico exponente de la soñada alianza entre ciencia y
revolución, constituye una interpretación equilibrada y básicamente aceptable
de la evolución biológica y social. El ya citado Ashley Montagu escribe:
"Hoy en, día El Apoyo Mutuo es la más famosa de las muchas obras
escritas por Kropotkin; en rigor, es ya un clásico. El punto de vista que
representa se ha ido abriendo camino lenta pero firmemente, y seguramente
pronto entrará a formar parte de los cánones aceptados de la biología
evolutiva",[25].
Angel J. Cappelletti
NOTAS
[1]
Cfr. H. Daudin, Cuvier et Lanzarck, París, 1926
[2]
Cfr. G. Colosi, La doctrina dell evolucione e le teorie evoluzionistiche,
Florencia, 1945
[3] S.
J. Gould, Desde Darwin, Madrid, 1983, p. 80.
[4] R.
Grasa Hernández, El evolucionismo: de Darwin a la sociobiología, Madrid,
1986, p. 43.
[5] Cfr. J.
Rostand, Charles Darwin, París, 1948; P. Leonardi, Darwin
Brescia, 1948; M.T. Ghiselin, The Triumph of the Darwinian Method Chicago,
1949.
[6] Cfr. A.
Pauli, Darwinisimusund Lamarckismus, Muninch, 1905.
[7] Cfr. G. De
Beer, Charles Darwin, Evolution by Natural Selection Londres, 1963.
[8] Cfr. W.H.
Hudson, Introditction to the Philosophy of Herbert Spencer Londres,
1909.
[9]
Cfr. W. Irvine, T. H. Huxley Londres, 1960.
[10]
R. Grasa Hernández, op. cit. p. 57.
[11] Cfr. W.B.
George, Biologist philosopher.- A Study of the Life and Writings of
A. R. Wallace, Nueva York, 1964.
[12]
Felix García Moriyón Del socialismo utópico al anarquismo, Madrid, 1985,
p. 59.
[13] J. Hewetson,
"Mutual Aid and Social Evolution", Anarchy 55 p.258.
[14]
Ashley Montagu, Prólogo a El Apoyo Mutuo, Buenos Aires, 1970, PP. VII -
VIII.
[15]
P. Kropotkin, Memorias de un revolucionario, Madrid, 1973 p. 419.
[16]
Cfr. E. Reclus, Correspondance París, 1911 - 1925.
[17]
Cfr. P. Clastres, La sociedad contra el Estado, Caracas, 1978.
[18]
Alvarez Junco, Introducción a Panfletos revolucionarios de Kropotkin,
Madrid, 1977, p. 26.
[19]
D. Negro Pavón, Comte: Positivismo y revolución, Madrid, 1985, PP. 98 -
99.
[20] Cfr. Thorold
Rogers, Six Centuries of Wages.
[21] E. Bréhier, La
philosophie du Moyen Age, París, 1971, p. 226.
[22]
R. Grasa Hernández, op. cit. p.91.
[23]
T. Dobzhansky, Las bases biológicas de la libertad humana, Buenos Aires,
1957, p. 58.
[24]
G. Eibl-Eibesfeldt, Amor y odio. Historia de las pautas elementales del
comportamiento, México, 1974, p. 8.
[25] Ashley
Montagu, op. cit. p. IX.
El "Apoyo Mutuo", de Kropotkin, es uno de los grandes libros del mundo.
Un hecho que evidencia tal afirmación es el que está siendo continuamente
reeditado y que también constantemente se encuentra agotado. Es un libro
que siempre ha sido difícil de conseguir, incluso en bibliotecas, pues
parece estar en demanda perenne.
Cuando
Kropotkin decidió marchar a Siberia, en julio de 1862, la geografía, zoología, botánica y
antropología de esta región era escasamente conocida. Allí, su trabajo de
investigación en este tema fue sobresaliente. Las publicaciones
resultantes de sus observaciones meteorológicas y geográficas fueron publicadas
por la Sociedad Geográfica Rusa, y por este trabajo Kropotkin recibió
una de sus medallas de oro. La teoría kropotkíniana sobre el desarrollo
de la estructura geográfica de Asia represento una de las grandes
generalizaciones de la geografía científica, y es suficiente como para
'darle un lugar permanente en la historia de esta ciencia. Kropotkin
mantuvo a lo largo de toda su vida un interés activo por esta ciencia,
y, además de muchas conferencias sobre el tema y artículos en revistas
científicas y publicaciones de carácter general, escribió artículos
geográficos- en la Geografía Universal de Reclus, en la Enciclopedia
Chambers y en la Enciclopedia Británica.
El trabajo
de Kropotkin en zoología fue principalmente el de un naturalista de campo. De 1862 a
1866, en que marchó de Siberia, Kropotkin aprovechó 'al máximo las
oportunidades que tuvo para estudiar la vida de la naturaleza. Bajo la
influencia del "Origen de las especies", de Darwin (1859),
Kropotkin, como nos dice en el primer párrafo del presente libro, buscó
atentamente "esa amarga lucha por la subsistencia entre animales de
la misma especie" que era considerada por la mayoría de los
Darwinistas (aunque no siempre por Darwin mismo" como la
característica dominante de la lucha por la vida y el principal factor
de evolución.
Lo que
Kropotkin vio con sus propios ojos, sobre el terreno, le motivó a desarrollar ciertas dudas graves
en lo que concierne a la teoría de Darwin, dudas que no llegarían, sin
embargo, a encontrar expresión plena hasta que T. H. Huxley, en su
famoso "Manifiesto de la lucha por la existencia", (titulado
"La lucha por la existencia: un programa") le dio ocasión para
ello.
Otro gran
cambio operado en Kropotkin por su experiencia siberiana fue su toma de conciencia de la
"absoluta imposibilidad de hacer nada realmente útil a la masa del
pueblo por medio de la maquinaria administrativa". "De este
engaño -escribe en sus "Memorias"- me desprendí para
siempre... perdí en Siberia toda clase de fe en la disciplina estatal
que antes hubiera tenido. Estaba preparado para convertirme en un
anarquista". Y en un anarquista se convirtió, y permaneció siéndolo
toda su vida.
Viviendo,
como hizo, entre los nativos de Siberia, a lo largo de las riberas del Amur, Kropotkin
descubrió, impresionado, el papel que las masas desconocidas juegan en
el desarrollo y realización de todos los acontecimientos históricos. "Desde
los diecinueve a los veinticinco años, escribe, tuve que proyectar
importantes planes de reforma, tratar con cientos de hombres en el Amur,
preparar y llevar a cabo arriesgadas expediciones con medios
ridículamente pequeños, etc.; y si todas estas cosas terminaron con más
o menos éxito yo lo achaco solamente al hecho de que pronto comprendí
que, en e¡ trabajo serio, el mando y la disciplina son de poco provecho.
Se requieren en todas partes hombres de iniciativa; pero una vez que el
impulso ha sido dado, la empresa debe ser conducida, especialmente en
Rusia, no al modo militar, sino en una especie de manera comunal,
por medio del entendimiento común. Yo desearía que todos los creadores
de planes de disciplina estatal pudieran pasar por la escuela de la vida
real antes de que empezaran a proyectar sus utopías estatales. Entonces
escucharíamos muchos menos esfuerzos de organización militar y piramidal
de la sociedad que en la actualidad..
Este pasaje
es clave para la comprensión de Kropotkin como filósofo anarquista. Para él el anarquismo
era una parte de la filosofía que debía ser tratada por los mismos
métodos que las ciencias naturales. El veía el anarquismo como el medio
por el cual podía ser establecida la justicia (esto es, igualdad y
reciprocidad), en todas las relaciones humanas, en todo el orbe de la
humanidad.
Aunque el
"Apoyo mutuo" ha tenido innumerables admiradores y ha influido en el pensamiento y la
conducta de muchas personas, también ha sufrido alguna falta de
comprensión por parte de aquellos que conocen el libro de segunda o
tercera mano, o que habiéndole leído en su juventud no tienen más que un
vago recuerdo de su carácter,
Un error muy
extendido es que Kropotkin pretendió mostrar que la ayuda mutua y no la selección o
competición natural, es el principal o el único factor implicado en el
proceso evolutivo. En un reciente libro sobre genética de un gran
maestro en el tema se afirma, que "el reconocimiento de la importancia
adaptable de la cooperación y el socorro mutuo no contradice, de ningún
modo, la teoría de la selección natural, como fue forzado a pensar por
Kropotkin y otros". Los lectores de "El apoyo mutuo"
percibirán pronto lo injusto de este comentario. Kropotkin no consideró
que la ayuda mutua contradijera la teoría de la selección natural. Una y
otra vez llama la atención del lector sobre el hecho de la competición
en la lucha por la existencia (frase que muy correctamente critica en
términos que ciertamente serían aceptables para la mayoría de los
darwinistas modernos); una y otra vez subraya la importancia de la teoría
de, la selección natural como la más significativa generalización del siglo
XIX. Lo que Kropotkin encontró inaceptable y contradictorio era el extremismo
evolucionista representado por Huxley en su "Manifiesto de la lucha
por la existencia". Ello le iba a la filosofía de la época, el laissez-faire,
como anillo al dedo. A Kropotkin no le gustaban sus implicaciones, ni
políticas ni en cuanto al evolucionismo. Habiendo ya dedicado durante
varios años mucha reflexión a estas materias, Kropotkin decidió contestara
Huxley con amplitud.
Hoy "El
apoyo mutuo" es el más famoso de los muchos libros de Kropotkin. Es un clásico. El punto
de vista que representa se ha abierto camino lenta, pero firmemente, y,
en verdad, poco lejos estamos del momento en que se convierta en parte
del canon generalmente aceptado de la biología evolucionista.
A la luz de
la investigación científica, en los muchos campos que toca "El apoyo mutuo" desde su
publicación, los datos de Kropotkin y la discusión que basa en ellos se
mantienen notablemente en pie. Los trabajos de ecólogos como Allen y sus
alumnos, de Wheeler, Emerson y otros, de antropólogos, demasiado
numerosos como para nombrarlos, sobre pueblos primitivos y sin
literatura, y de naturalistas, han servido abundantemente cada uno en su
campo para confirmar las principales tesis de Kropotkin. Nuevos datos pueden
llegar a ser obtenidos, pero ya podemos ver con seguridad que todos
ellos servirán mayormente para apoyar la conclusión de Kropotkin de que
"en el progreso ético del hombre, el apoyo mutuo -y no la lucha
mutua- ha constituido la parte determinantes. En su amplia extensión,
incluso en los tiempos actuales, vemos también la mejor garantía de una
evolución aún más sublime de nuestra raza.
Asmley
Montagu
Mientras preparaba la impresión de esta edición rusa de mi libro
-la primera que ha
sido traducida del libro Mutual aid: a Factor of Evolution, y no de los
artículos publicados en la revista inglesa- he aprovechado para revisar
cuidadosamente todo el texto, corregir pequeños errores y completar los
apéndices basándome en algunas obras nuevas, en parte respecto a la
ayuda mutua entre los animales (apéndice III, VI y VIII), y en parte
respecto a la propiedad comunal en Suiza e Inglaterra (apéndices XVI y
XVII).
P. K.
Bromley, Kent. Mayo 1907.
Mis investigaciones sobre la ayuda mutua entre los animales y
entre los hombres se imprimieron por vez primera en la revista inglesa Nineteenth
Century. Los dos primeros capítulos sobre la: sociabilidad en los animales
y sobre la fuerza adquirida por las especies sociables en la lucha por la
existencia, eran respuesta al artículo desconocido fisiólogo y darwinista
Huxley, aparecido en Nineteenth Century en febrero de 1888 -"La
lucha por la existencia: un programas en donde se pintaba la vida de los
animales como una lucha desesperada de uno contra todos. Después de la:
aparición de mis dos artículos, donde refuté esa opinión, el editor de la
revista, James Knowies, expresando mucha simpatía hacia mi trabajo, y rogándome
que lo continuara, observó: "Es indudable que usted ha demostrado su
posición en cuanto a los animales, pero ¿cuál es su posición con respecto al
hombre primitivo?"
Esta
observación. me alegró mucho, puesto que, indudablemente, reflejaba no sólo la
opinión de Knowles, sino también la de Herbert Spencer, con el cual
Knowles se veía a menudo en Brighton, donde ambos vivían muy próximos El
reconocimiento por Spencer de la ayuda mutua Y su significado en la lucha por
la existencia era muy importante. En cuanto a sus opiniones sobre el hombre
primitivo, era sabido que estaban formadas sobre la base de las deducciones
falsas acerca de los salvajes, hechas por los misioneros y los viajeros
ocasionales del siglo dieciocho y principios del diecinueve. Estos datos fueron
reunidos para Spencer por tres de sus colaboradores, y publicados por ellos
mismos bajo el título de Datos de la Sociología, en ocho grandes tomos;
fundado en éstos escribió él su obra Bases de la Sociología.
Sobre la
cuestión del hombre respondí también en dos artículos, donde, después de un
estudio cuidadoso de la rica literatura moderna sobre las complejas
instituciones de la vida tribal, que no podían analizar los primeros viajeros y
misioneros, describí estas instituciones entre los salvajes y los llamados
"bárbaros". Esta obra, y especialmente el conocimiento de la
Comuna rural a principios de la Edad Media, que desempeñó un enorme papel en el
desarrollo de la civilización que renacía nuevamente, me condujeron al estudio
de la etapa siguiente, aún más importante, del desarrollo de Europa -de la
ciudad medíeval libre y sus guiadas de artesanos-. Señalando luego
el papel corruptor del Estado militar que destruyó el libre desarrollo de las
ciudades libres, sus artes, oficios, ciencias y comercio, mostré, en el último
artículo, que a pesar de la descomposición de las federaciones y uniones libres
por la centralización estatal, estas federaciones y uniones comienzan a
desarrollarse ahora cada vez más, y a apoderarse de nuevos dominios. La
ayuda mutua en la sociedad moderna constituyó, de tal modo, el
último artículo de mi obra sobre la ayuda mutua.
Al editar
estos artículos en libro, introduce al unos agregados esenciales, especialmente
acerca de la relación de mis opiniones con respecto a la lucha darwiniana por
la existencia; y en los apéndices cité algunos hechos nuevos y analicé algunas
cuestiones que, a causa de su brevedad, hube de omitir en los artículos de la
revista.
Ninguna de
las ediciones en lenguas europeas occidentales, y tampoco las escandinavas y
polacas fueron hechas, naturalmente, de los artículos, sino del libro, y es por
ello que contenían los agregados hechos en el texto y los apéndices. De las
traducciones rusas sólo una, aparecida en 1907, en la Editorial Conocimientos
(Znania) era completa; además, introduje, fundado en nuevas obras, varios
apéndices nuevos, parte sobre la ayuda mutua entre los animales y parte sobre
la propiedad comunal de la tierra en Inglaterra y Suiza. Las otras ediciones
rusas fueron hechas de los artículos de la revista inglesa, y no del libro, y
por ello no tienen los agregados hechos por mí en el texto, o bien han omitido
los ,apéndices. La edición que se ofrece ahora contiene completos todos los
agregados y apéndices, y he revisado nuevamente todo el texto y la traducción.
P. K.
Dmitrof,
marzo 1920.
Dos rasgos característicos de la vida animal de la Siberia
Oriental y del Norte de Manchuria llamaron poderosamente mi atención durante
los viajes que, en mi juventud, realicé por esas regiones del Asia Oriental.
Me llamó la
atención, por una parte, la extraordinaria dureza de la lucha por la existencia
que deben sostener la mayoría de las especies animales contra la naturaleza
inclemente, así como la extinción de grandes cantidades de individuos, que
ocurría periódicamente, en virtud de causas naturales, debido a lo cual se
producía extraordinaria pobreza de vida y despoblación en la superficie de los
vastos territorios donde realizaba yo mis investigaciones.
La otra
particularidad era que, aun en aquellos pocos puntos aislados en donde la vida
animal aparecía en abundancia, no encontré, a pesar de haber buscado
empeñosamente sus rastros, aquella lucha cruel por los medios de subsistencia entre
los animales pertenecientes a una misma especie que la mayoría de
los darwinistas (aunque no siempre el mismo Darwin) consideraban como el rasgo
predominante y característica de la lucha por la vida, y como la principal
fuerza activa del desarrollo gradual en el mundo de los animales.
Las
terribles tormentas de nieve que azotan la región norte de Asia al final del
invierno, y la congelación que a menudo sucede a la tormenta; las heladas, las
nevadas que se repiten todos los años en la primera quincena de mayo cuando los
árboles están en plena floración y la vida de los insectos en su apogeo; las
ligeras heladas tempranas y, a veces, las nevadas abundantes que caen ya en
julio y en agosto, aun en las regiones de los prados de la Siberia Occidental,
aniquilando, repentinamente, no sólo miríadas de insectos, sino también la
segunda nidada de las aves; las lluvias torrenciales, debidas a los monzones,
que caen en agosto en las regiones templadas del Amur y del Usuri, y se
prolongan semanas enteras y producen inundaciones en las tierras bajas del Amur
y del Sungari en proporciones tan grandes como sólo se conoce en América y Asia
Oriental, y, en los altiplanos, grandísimas extensiones se transforman en
pantanos comparables, por sus dimensiones, con Estados europeos enteros, y, por
último, las abundantes nevadas que caen a veces a principios de octubre, debido
a las cuales un vasto territorio, igual por su extensión a Francia o Alemania,
se hace completamente inhabitable para los rumiantes que perecen, entonces, por
millares; éstas son las condiciones en que se sostiene la lucha por la vida en
el reino animal del Asia Septentrional.
Estas
difíciles condiciones de la vida animal ya entonces atrajeron mi atención hacia
la extraordinaria importancia, en la naturaleza, de aquellas series de
fenómenos que Darwin llama "limitaciones naturales a la
multiplicación" en comparación con la lucha por los medios de
subsistencia. Esta última, naturalmente, se produce no sólo entre las
diferentes especies, sino también entre los individuos de la misma especie,
pero jamás alcanza la importancia de los obstáculos naturales a la
multiplicación. La escasez de la población, no el exceso, es el rasgo
característico de aquella inmensa extensión del globo que llamamos Asia
Septentrional.
Por consiguiente,
ya desde entonces comencé a abrigar serias dudas, que más tarde no hicieron
sino confirmarse, respecto a esa terrible y supuesta lucha por el alimento y la
vida dentro de los límites de una misma especie, que constituye
un verdadero credo para la mayoría de los darwinistas. Exactamente del mismo
modo comencé a dudar respecto a la influencia dominante que ejerce esta clase
de lucha, según las suposiciones de los darwinistas, en el desarrollo de las
nuevas especies.
Además,
dondequiera que alcanzaba a ver la vida animal abundante y bullente como, por
ejemplo, en los lagos, donde, en primavera decenas de especies de aves y
millones de individuos se reúnen para empollar sus crías o en las populosas
colonias de roedores, o bien durante la migración de las aves que se producía,
entonces, en proporciones puramente "americanas" a lo largo del valle
del Usuri, o durante una enorme emigración de gamos que tuve oportunidad de ver
en el Amur, en que decenas de millares de estos inteligentes animales huían en grandes
tropeles de un territorio inmenso, buscando salvarse de las abundantes nieves
caídas, y se reunían en grandes rebaños para atravesar el Amur en el punto más
estrecho, en el Pequeño Jingan; en todas estas escenas de la vida animal que se
desarrollaba ante mis ojos, veía yo la ayuda y el apoyo mutuo llevado a tales
proporciones que involuntariamente me hizo pensar, en la enorme importancia que
debe tener en la economía de la naturaleza, para el mantenimiento de la
existencia de cada especie, su conservación y su desarrollo futuro.
Por último,
tuve oportunidad de observar entre el ganado cornúpeta semisalvaje y entre los
caballos en la Transbaikalia, y en todas partes entre las ardillas y los
animales salvajes en general, que cuando los animales tedian que luchar contra
la escasez de alimento debida a una de las causas ya indicadas, entonces todo
la parte de la especie a quien afectaba esta calamidad salía de la prueba
experimentada con una pérdida de energía y salud tan grande que ninguna
evolución progresista de las especies podía basarse en semejantes
períodos de lucha aguda.
Debido a las
razones ya expuestas, cuando más tarde las relaciones entre el darwinismo y la
sociología atrajeron mi atención, no pude estar de acuerdo con ninguno
de los numerosos trabajos que juzgaban de un modo u otro una cuestión
extremadamente importante. Todos ellos trataban de demostrar que el hombre,
gracias a su inteligencia superior y a sus conocimientos puede suavizar la
dureza de la lucha por la vida entre los hombres pero al mismo tiempo, todos
ellos reconocían que la lucha por los medios de subsistencia de cada animal
contra todos sus congéneres, y de cada hombre contra todos los hombres, es una
"ley. natural". Sin embargo, no podía estar de acuerdo con este punto
de vista, puesto que me había convencido antes de que, reconocer la despiadada
lucha interior por la existencia en los límites de cada especie, y considerar
tal guerra como una condición de progreso, significaría aceptar algo que no
sólo no ha sido demostrado aún, sino que de ningún modo es confirmado por la
observación directa.
Por otra
parte, habiendo llegado a mi conocimiento la conferencia "Sobre la
ley de la ayuda mutua", del profesor Kessler, entonces decano de la
Universidad de San Petersburgo, que pronunció en un Congreso de naturalistas
rusos, en enero de. 1880, vi que arrojaba nueva luz sobre toda esta cuestión.
Según la opinión de Kessler, además de la ley de lucha mutua, existe en
la naturaleza también la ley de ayuda mutua, que, para el éxito
de la lucha por la vida y, particularmente, para la evolución progresiva
de las especies, desempeña un papel mucho más importante que la ley de la lucha
mutua. Esta hipótesis, que no es en realidad más que el desarrollo máximo de
las ideas anunciadas por el mismo Darwin en su Origen del hombre, me
pareció tan justa y tenía tan enorme importancia, que, desde que tuve
conocimiento de ello (en 1883), comencé a reunir materiales para el máximo
desarrollo de esta idea que Kessler apenas tocó, en su discurso, y no tuvo tiempo
de desarrollar, puesto que murió en 1881.
Solamente en
un punto no pude estar completamente de acuerdo con las opiniones de Kessler.
Mencionaba éste los "sentimientos familiares" y los cuidados de la
descendencia (véase capítulo 1) como la fuente de las inclinaciones mutuas de
los animales. Pero creo que el determinar cuánto contribuyeron realmente estos
dos sentimientos al desarrollo de los instintos sociales entre los animales y
cuánto los otros instintos actuaron en el mismo sentido constituye una cuestión
aparte, y muy compleja, a la cual apenas estamos, ahora, en condiciones de
responder. Sólo después que establezcamos bien los hechos mismos de la ayuda
mutua entre las diferentes clases de animales y su importancia para la
evolución podremos determinar qué parte del desarrollo de los instintos
sociales corresponde a los sentimientos familiares y qué parte a la
sociabilidad misma; y el origen de la última, evidentemente, se ha de buscar en
los estadios más elementales de evolución del mundo animal hasta, quizá, en los
"estadios coloniales". Debido a esto, dediqué toda mi atención a
establecer, ante todo, la importancia de la ayuda mutua como factor de
evolución, especialmente de la progresiva, dejando para otros
investigadores el problema del origen de los instintos de ayuda mutua en
la Naturaleza,
La
importancia del factor de la ayuda mutua -"si tan sólo pudiera demostrarse
su generalidad"- no escapó a la atención de Goethe, en quien de manera tan
brillante se manifestó el genio del naturalista. Cuando, cierta vez, Eckerman
contó a Goethe -sucedía esto en el año 1827- que dos pichoncillos de
"reyezuelo", que se le habían escapado cuando mató a la madre, fueron
hallados por él, al día siguiente, en un nido de pelirrojos que los alimentaban
ala par de los suyos, Goethe se emocionó mucho por este relato. Vio en ello la
confirmación de sus opiniones panteístas sobre la, naturaleza y dijo: "Si
resultara, cierto que alimentar a los extraños es inherente a la naturaleza
toda, como algo que tiene carácter de ley general, muchos enigmas quedarían
entonces resueltos. Volvió sobre esta cuestión al día siguiente, -y rogó a
Eckerman (quien, como es sabido, era zoólogo) que hiciera un estudio especial
de ella, agregando que Eckerman, sin duda, podría obtener "resultados
valiosos e inapreciables" (Gespráche, ed. 1848, -tomo III, págs.
219, 221). Por desgracia, tal estudio nunca fue emprendido, aunque es muy
probable que Brehm, que ha reunido en sus obras materiales tan ricos sobre la
ayuda mutua entre los animales, podría haber sido llevado a esta idea por la
observación citada de Goethe.
Durante los
años 1878-1886 se imprimieron varias obras voluminosas sobre la inteligencia y
la vida mental de los animales (esas obras se citan en las notas del capítulo I
de este libro), tres de las cuales tienen una relación más estrecha con la
cuestión que nos interesa, a: saber: Les Sociétés animales, de
Espinas (Paris, 1887); La lutte pour I'existence et l'association
pour la lutte, conferencia de Lanessan (abril 1881); y el
libro, cuya primera edición apareció en el año 1881 ó 1882, y la segunda,
considerablemente aumentada, en 1885. Pero, a pesar de la excelente calidad de
cada una, estas obras dejan, sin embargo, amplio margen para una investigación
en la que la ayuda mutua fuera considerada no solamente en calidad de argumento
en favor del origen prehumano de los instintos morales, sino también como una
ley de la naturaleza y un factor de evolución.
Espinas
llamó especialmente la atención sobre las sociedades de animales (hormigas,
abejas) que están fundadas en las diferencias fisiológicas de estructura de los
diversos miembros de la misma especie y la división fisiológica del trabajo
entre ellos, y aun cuando su obra trae excelentes, indicaciones en todos los
sentidos posibles, fue escrita en una época en que el desarrollo de las
sociedades humanas, no podía ser examinado como podemos hacerlo ahora, gracias
al caudal de conocimientos acumulado desde entonces. La conferencia de
Lanessan tiene más bien el carácter de un plan general de trabajo,
brillantemente expuesto, como una obra en la cual fuera examinado el apoyo
mutuo comenzando desde las rocas a orillas del mar, y pasando al mundo
de los vegetales, de los animales y de los hombres.
En cuanto a
la obra recién editada de Büchner, a pesar de que induce a la reflexión sobre
el papel de la ayuda mutua en la naturaleza, y de que es rica en hechos, no
estoy de acuerdo con su idea dominante. El libro se inicia con un himno al
amor, y casi todos los ejemplos son tentativas para demostrar la existencia del
amor y la simpatía entre los animales. Pero, reducir la sociabilidad de los
animales al amor y a la simpatíasignifica restringir su
universalidad y su importancia, exactamente lo mismo que una ética humana
basada en el amor y la simpatía personal conduce nada más que a restringir la
concepción del sentido moral en su totalidad. De ningún modo me guía el amor
hacia el dueño de una determinada casa a quien muy a menudo ni siquiera conozco
cuando, viendo su casa presa de las llamas, tomo un cubo con agua y corro hacia
ella, aunque no tema por la mía. Me guía un sentimiento más amplio, aunque es
más indefinido, un instinto, más exactamente dicho, de solidaridad humana; es
decir, de caución solidaria entre todos los hombres y de sociabilidad. Lo mismo
se observa también entre los animales. No es el amor, ni siquiera la simpatía
(comprendidos en el sentido verdadero de éstas palabras) lo que induce al
rebaño de rumiantes o caballos a formar un círculo con el fin de defenderse de
las agresiones de los lobos; de ningún modo es el amor el que hace que los
lobos se reúnan en manadas para cazar; exactamente lo mismo que no es el amor
lo que obliga a los corderillos y a los gatitos a entregarse a sus juegos, ni
es el amor lo que junta las crías otoñales de las aves que pasan juntas días
enteros durante casi todo el otoño. Por último, tampoco puede atribuirse al
amor ni a la simpatía personal el hecho de que muchos millares de gamos,
diseminados por territorios de extensión comparable a la de Francia, se reúnan
en decenas de rebaños aislados que se dirigen, todos, hacia un punto conocido,
con el fin de atravesar el Amur y emigrar a una parte más templada de la
Manchuria.
En todos
estos casos, el papel más importante lo desempeña un sentimiento incomparablemente
más amplio que el amor o la simpatía personal. Aquí entra el instinto de
sociabilidad, que se ha desarrollado lentamente entre los animales y los
hombres en el transcurso de un período de evolución extremadamente largo, desde
los estadios más elementales, y que enseñó por igual a muchos animales y
hombres a tener conciencia de esa fuerza que ellos adquieren practicando la
ayuda y el apoyo mutuos, y también a tener conciencia del placer que se puede
hallar en la vida social.
Una
importancia de esta distinción podrá ser apreciada fácilmente por todo aquél
que estudie la psicología de los animales, y más aún, la ética humana. El amor,
la simpatía y el sacrificio de sí mismos, naturalmente, desempeñan un papel
enorme en el desarrollo progresivo de nuestros sentimientos morales. Pero la
sociedad, en la humanidad, de ningún modo le ha creado sobre el amor ni tampoco
sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia -aunque sea instintiva- de
la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres. Se ha
creado sobre el reconocimiento inconscientes semiconsciente de la fuerza que la
práctica común de dependencia estrecha de la felicidad de cada individuo de la
felicidad de todos, y sobre los sentimientos de justicia o de equidad, que
obligan al individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como
iguales a sus propios derechos. Pero esta cuestión sobrepasa los límites del
presente trabajo, y yo me limitaré más que a indicar mi conferencia
"Justicia y Moral", que era contestación a la Etica de Huxley,
y en la cual me refería esta cuestión con mayor detalle.
Debido a
todo, lo dicho anteriormente, Pensé que un libro sobre "La ayuda mutua
como ley de la naturaleza y factor de evolución" podría llenar una laguna
muy importante. Cuándo Huxley publicó, en el año 1888 su "manifiesto"
sobre la lucha por la existencia ("Struggle for Existence and its
Bearing upon Man") el cual, desde mi punto de vista, era una
representación completamente infiel de los fenómenos de la naturaleza, tales
como los vemos en las taigas y las estepas, me dirigí al redactor de la revista
Nineteenth Century rogando dar ubicación en las páginas, de la revista
que él dirigía a una critica cuidadosa de las opiniones de uno de los más
destacados darwinistas, y Mr. James Knowles acogió mi propósito con la mayor
simpatía por este motivo hablé también, con W. Bates, con el gran
"naturalista del Amazonas", quien reunió, como es sabido, los
materiales para Wallace y Darwin, y a quien Darwin, con perfecta justicia,
calificó en su autobiografía como uno de los hombres más inteligentes qué había
encontrado. "sí, por cierto; eso es verdadero darwinismo exclamó Bates, lo
que han hecho de Darwin es sencillamente indignante. Escriba esos artículos y
cuando estén impresos le enviaré una carta que podrá publica. Por desgracia, la
composición de estos artículos me ocupó casi siete años, y cuándo el último fue
publicado, Bates ya no estaba entre los vivos.
Después de
haber examinado la importancia de la ayuda mutua para el éxito y desarrollo de las
diferentes clases de animales, evidentemente, estaba obligado a juzgar la
importancia de aquel mismo factor en el desarrollo del hombre. Esto era aún más
indispensable, porque existen evolucionistas dispuestos a admitir la
importancia de la ayuda mutua entre los animales, pero, a la vez, como Herbert
Spencer, negándola al respecto al hombre. Para los salvajes primitivos
-afirman- la guerra de uno contra todos era la ley dominante del la
vida. He tratado de analizar en este libro, en los capítulos dedicados a los
salvajes y bárbaros, hasta dónde esta afirmación que con excesiva complacencia
repiten todos sin la necesaria comprobación desde la época de Hobbes, coincide
con lo que conocemos respecto a los grados más antiguos del desarrollo del
hombre.
El número y
la importancia de las diferentes instituciones de ayuda mutua que se
desarrollaron en la humanidad gracias al genio creador las masas salvajes y
semisalvajes, ya durante el período siguiente de la comuna aldeana, y también
la inmensa influencia que estas instituciones antiguas ejercieron sobre el,
desarrollo posterior de la humanidad hasta los tiempos modernos, me indujeron a
extender el camino de mis investigaciones a los períodos de los tiempos
históricos más antiguos. Especialmente me detuve en el período de mayor
interés, el de las ciudades repúblicas, libres, de la Edad Media, cuya
universalidad y cuya influencia sobre nuestra civilización moderna no ha sido
suficientemente apreciada hasta ahora. Por último, también traté de indicar
brevemente la enorme importancia que tienen todavía las costumbres de apoyo
mutuo transmitidas en herencia por el hombre a través de un periodo
extraordinariamente largo de su desarrollo, sobre nuestra sociedad
contemporánea, a pesar de que se piensa y se dice que descansa sobre el
principio: "cada uno para sí y el Estado para todos", principio que
las sociedades humanas nunca siguieron por entero y que nunca será llevado a la
realización, íntegramente.
Quizá se me
objetará que en este libro tanto los hombres como los animales están
representados desde un punto de vista demasiado favorable: que sus cualidades
sociales son destacadas en exceso, mientras que sus inclinaciones antisociales,
de afirmación de sí mismos, apenas están marcadas. Sin embargo, esto era
inevitable. En los últimos tiempos hemos oído hablar tanto de "la lucha
dura y despiadada por la vida" que aparentemente sostiene cada animal
contra todos los otros, cada salvaje contra todos los demás salvajes, y cada
hombre civilizado contra todos sus conciudadanos semejantes opiniones se
convirtieron en una especie de dogma, de religión de la sociedad instruida-,
que fue necesario, ante todo oponer una serie amplia de hechos que muestran la
vida de los animales y de los hombres completamente desde otro ángulo. Era necesario
mostrar, en primer lugar, el papel predominante que desempeñan las costumbres
sociales en la vida de la naturaleza y en la evolución progresiva, tanto de las
especies animales como igualmente de los seres humanos.
Era
necesario demostrar que las costumbres de apoyo mutuo dan a los animales mejor
protección contra sus enemigos, que hacen menos difícil obtener
alimentos (provisiones invernales, migraciones, alimentación bajo la vigilancia
de centinelas, etc.), que aumentan la prolongación de la vida y debido a esto
facilitan el desarrollo de las facultades intelectuales; que dieron a los
hombres, aparte de las ventajas citadas, comunes con las de los animales, la
posibilidad de formar aquellas instituciones que ayudaron a la humanidad a
sobrevivir en la lucha dura con la naturaleza y a perfeccionarse, a pesar de
todas las vicisitudes de la historia. Así lo hice. Y por esto el presente libro
es libro de la ley de ayuda mutua considerada como una de las principales
causas activas del desarrollo progresivo, y no la investigación de todos
los factores de evolución y su valor respectivo. Era necesario escribir
este libro antes de que fuer a posible investigar la cuestión de la importancia
respectiva de los diferentes agentes de la evolución.
Y menos aún,
naturalmente, estoy inclinado a menospreciar el papel que desempeñó la
autoafirmación del individuo en el desarrollo de la humanidad. Pero esta
cuestión, según mi opinión, exige un examen bastante más profundo que el que ha
hallado hasta ahora. En la historia de la humanidad, la autoafirmación del
individuo a menudo representó, y continúa representando, algo perfectamente
destacado, y algo más amplio y profundo que esa mezquina e irracional estrechez
mental que la mayoría de los escritores presentan como "individualismo"
y "autoafirmación". De modo semejante, los individuos impulsores de
la historia no se redujeron solamente a aquellos que los historiadores nos
describen en calidad de héroes. Debido a esto, tengo el propósito, siempre que
sea posible, de analizar en detalle, posteriormente, el papel que ha
desempeñado la autoafirmación del individuo en el desarrollo progresivo de la
humanidad. Por ahora, me limito a hacer nada más que la observación general
siguiente:
Cuando las
instituciones de ayuda mutua es decir, la organización tribal, la comuna
aldeana, las guildas, la ciudad de la edad media empezaron a perder en el
transcurso del proceso histórico su carácter primitivo, cuando comenzaron a
aparecer en ellas las excrecencias parasitarias que les eran extrañas, debido a
lo cual estas mismas instituciones se transformaron en obstáculo para el
progreso, entonces la rebelión de los individuos en contra de estas
instituciones tomaba siempre un carácter doble. Una parte de los rebeldes se
empezaba en purificar las viejas instituciones de los elementos extraños a
ella, o en elaborar formas superiores de libre convivencia, basadas una vez más
en los principios de ayuda mutua; trataron de introducir, por ejemplo, en el
derecho penal, el principio de compensación (multa), en lugar de la ley del
Talión, y más tarde, proclamaron el "perdón de las ofensas", es
decir, un ideal aún más elevado de igualdad ante la conciencia humana, en lugar
de la "compensación" que se pagaba según el valor de clase del
damnificado. Pero al mismo tiempo, la otra parte de esos individuos, que se
rebelaron contra la organización que se había consolidado, intentaban
simplemente destruir las instituciones protectoras de apoyo mutuo a fin de
imponer, en lugar de éstas, su propia arbitrariedad, acrecentar de este modo
sus riquezas propias y fortificar su propio poder. En esta triple lucha entre
las dos categorías de individuos, los qué se habían rebelado y los protectores
de lo existente, consiste toda la verdadera tragedia de la historia. Pero, para
representar esta lucha y estudiar honestamente el papel desempeñado en el
desarrollo de la humanidad por cada una de las tres fuerzas citadas, hará
falta, por lo menos, tantos años de trabajo como hube de dedicar a escribir
este libro.
De las obras
que examinan aproximadamente el mismo problema, pero aparecidas ya después de
la publicación de mis artículos sobre la ayuda mutua entre los animales, debo
mencionar The Lowell Lectures on the Ascent of Man, por Henry
Drummond, Londres, 1894, y The Origin and Growth of the Moral
Instinct, por A. Sutherland, Londres, 1898. Ambos libros están concebidos,
en grado considerable, según el mismo plan del libro citado de Büchner, y en el
libro de Sutherland le consideran con bastantes detalles los sentimientos
paternales y familiares corno único factor en el proceso de desarrollo de los
sentimientos morales. La tercera obra de esta clase que trata del hombre y está
escrita según el mismo plan es el libro del profesor americano F. A. Giddings,
cuya primera edición apareció en el año 1896, en Nueva York y en Londres, bajo
el título The Principles of Sociology, y cuyas ideas dominantes habían
sido expuestas por el autor en un folleto, en el año 1894. Debo, sin embargo,
dejar por completo a la crítica literaria el examen de las coincidencias,
similitudes y divergencias entre las dos obras citadas y la mía.
Todos los
capítulos de este libro fueron publicados primeramente en la revista Nineteenth
Century ("La ayuda mutua entre los animales", en septiembre y
noviembre de 1890; "La ayuda mutua entre los salvajes", en abril de
1891; "ayuda mutua entre los bárbaros", en enero de 1892; "La
ayuda mutua en la Ciudad Medieval", en agosto y septiembre de 1884, y
"La ayuda mutua en la época moderna", en enero y junio de 1896). Al
publicarlos en forma de libro, pensé, en un principio, incluir en forma de
apéndices la masa de materiales reunidos por mí que no pude aprovechar para los
artículos que aparecieron en la revista, así como el juicio sobre diferentes
puntos secundarios que tuve que omitir. Tales apéndices habrían duplicado el
tamaño del libro, y me vi obligado a renunciar a su publicación o, por lo
menos, a aplazarla. En los apéndices de este libro está incluido solamente el
juicio sobre algunas pocas cuestiones que han sido objeto de controversia
científica en el curso de estos últimos años; del mismo modo en el texto de los
artículos primitivos intercalé sólo el poco material adicional que me fue
posible agregar sin alterar la estructura general de esta obra.
Aprovecho
esta oportunidad para expresar al editor de Nineteenth Century, James
Knowles, mi agradecimiento, tanto por la amable hospitalidad que mostró hacia
la presente obra, apenas se enteró de su idea general, como por su amable
permiso para la reimpresión de este trabajo.
P. K.
Bromley, Kent, 1902.
La concepción de la lucha por la existencia como condición del
desarrollo progresivo, introducida en la ciencia por Darwin y Wallace, nos
permitió abarcar, en una generalización, una vastísima masa de fenómenos, y
esta generalización fue, desde entonces, la base de todas nuestras teorías
filosóficas, biológicas y sociales. Un número infinito de los más diferentes
hechos, que antes explicábamos cada uno por una causa propia, fueron encerrados
por Darwin en una amplia generalización. La adaptación de los seres vivientes a
su medio ambiente, su desarrollo progresivo, anatómico y fisiológico, el
progreso intelectual y aun el perfeccionamiento moral, todos estos fenómenos
empezaron a presentársenos como parte de un proceso común. Comenzamos a
comprenderlos como una serie de esfuerzos ininterrumpidos, como una lucha
contra diferentes condiciones desfavorables, lucha que conduce al desarrollo de
individuos, razas, especies y sociedades tales- que representarían la mayor
plenitud, la mayor variedad y la mayor intensidad de vida.,
Es muy
posible que, al comienzo de sus trabajos, el mismo Darwin no tuviera conciencia
de toda la importancia y generalidad de aquel fenómeno la lucha por la
existencia, al que recurrió buscando la explicación de un grupo de hechos, a
saber: la acumulación de desviaciones del tipo primitivo y la formación de
nuevas especies. Pero comprendió que el término que él introducía en la ciencia
perdería su sentido filosófico exacto si era comprendido exclusivamente en
sentido estrecho, como lucha entre los individuos por los medios de
subsistencia. Por eso, al comienzo mismo de su gran investigación sobre el
origen de las especies, insistió en que se debe comprender "la lucha por
la existencia en su sentido amplio y metafórico, es decir, incluyendo en él la
dependencia de un ser viviente de los otros, y también -lo que es bastante más
importante- no sólo la vida del individuo mismo, sino también la posibilidad de
que deje descendencia.
De este
modo, aunque el mismo Darwin, para su propósito especial, utilizó la expresión
"lucha por la existencia" preferentemente en su sentido estrecho,
previno a sus sucesores en contra del error (en el cual parece que cayó él
mismo en una época) de la comprensión demasiado estrecha de estas palabras. En
su obra posterior, Origen del hombre, hasta escribió varias páginas
bellas y vigorosas para explicar el verdadero y amplio sentido de esta lucha.
Mostró cómo, en innumerables sociedades animales, la lucha por la existencia
entre los individuos de estas sociedades desaparece completamente, y
cómo, en lugar de la lucha, aparece la cooperación que conduce al
desarrollo de las facultades intelectuales y de las cualidades morales, y que
asegura a tal especie las mejores oportunidades de vivir y propasarse. Señaló
que, de tal modo, en estos casos, no se muestran de ninguna manera "más
aptos" aquéllos que son físicamente más fuertes o más astutos, o más
hábiles, sino aquéllos que mejor saben unirse y apoyarse los unos a los otros
-tanto los fuertes como los débiles- para el bienestar de toda su comunidad
"Aquellas comunidades -escribió- que encierran la mayor cantidad de
miembros que simpatizan entre sí, florecerán mejor y dejarán mayor cantidad de
descendientes- (segunda edición inglesa, página 163).
La
expresión, tomada por Darwin de la concepción malthusiana de la lucha de todos
contra uno, perdió, de tal modo, su estrechez cuando fue transformada en la
mente de un hombre que comprendía la naturaleza profundamente. Por desgracia,
estas observaciones de Darwin, que podrían haberse convertido en base de las
investigaciones más fecundas, pasaron inadvertidas, a causa de la masa de
hechos en que entraba, o se suponía, la lucha real entre los individuos por los
medios de subsistencia.
Y Darwin no
sometió a una investigación más severa la importancia comparativa y la relativa
extensión de las dos formas de la "lucha por la vida" en el mundo
animal: la lucha inmediata entre las personas aisladas, y la lucha común, entre
muchas personas, en conjunto; tampoco escribió la obra que se proponía escribir
sobre los obstáculos naturales a la multiplicación excesiva de los animales,
tales como la sequía, las inundaciones, los fríos repentinos, las epidemias,
etc.
Sin embargo,
tal investigación era ciertamente indispensable para determinar las verdaderas
proporciones y la importancia en la naturaleza de la lucha individual por
la vida entre los miembros de una misma especie de animales en comparación con
la lucha de toda la comunidad contra los obstáculos naturales y los
enemigos de otras especies. Más aún, en este mismo libro sobre el origen del
hombre, donde escribió los pasajes citados que refutan la estrecha comprensión
malthusiana de la "lucha" se abrió paso nuevamente el fermento
malthusiano; por ejemplo, allí donde se hacía la pregunta: ¿es menester
conservar la vida de los "débiles de mente y cuerpo" en nuestras
sociedades civilizados? (capítulo V). Como si miles de poetas, sabios
inventores y reformadores "locos", Y también los llamados
"entusiastas débiles de mente" no fueran el arma más fuerte de la
humanidad en su lucha por la vida, en la lucha que se sostiene con medios
intelectuales y- morales, cuya importancia expuso tan bien el mismo Darwin en
los mismos capítulos de su libro.
Luego
sucedió con la teoría de Darwin lo que sucede con todas las teorías que tienen
relación con la vida humana. Sus continuadores no sólo no la ampliaron, de
acuerdo con sus indicaciones, sino que, por lo contrario, la restringieron aún
más. Y mientras Spencer, trabajando independientemente, pero en análogo
sentido, trataba hasta cierto punto de ampliar las investigaciones acerca de la
cuestión de quién es el más apto (especialmente en el apéndice de la tercera
edición de Data of Ethics), numerosos continuadores de Darwin
restringieron la concepción de la lucha por la existencia hasta los límites más
estrechos. Empezaron a representar el mundo de los animales como un mundo de
luchas ininterrumpidas entre seres eternamente hambrientos y ávidos de la
sangre de sus hermanos. Llenaron la literatura moderna con el grito de ¡Ay de
los vencidos! y presentaron este grito como la última palabra de la biología.
Elevaron la
lucha "sin cuartel", Y en pos de ventajas individuales, a la altura
de un principio, de una ley de toda la biología, a la cual el hombre debe
subordinarse, de lo contrario, sucumbirá en este mundo que está basado en el
exterminio mutuo. Dejando de lado a los economistas, los cuales generalmente
apenas conocen, del campo de las ciencias naturales, algunas frases corrientes,
y ésas tomadas de los divulgadores de segundo grado, debemos reconocer que aun
los más autorizados representantes de las opiniones de Darwin emplean todas sus
fuerzas para sostener estás falsas ideas. Si tomamos, por ejemplo, a Huxley, a
quien se considera, sin duda, como uno de los mejores representantes de la
teoría del desarrollo (evolución) veremos entonces que en el artículo titulado
"La lucha por la existencia y su relación con el hombre" no enseña que
"desde el punto de vista del moralista, el mundo animal se encuentra en el
mismo nivel que la lucha de gladiadores: alimentan bien a los animales y los
arrojan a la lucha: en consecuencia, sólo los más fuertes, los más ágiles y los
más astutos sobreviven únicamente para entrar en lucha al día siguiente. No es
necesario que el espectador baje el dedo para exigir que sean muertos los
débiles- aquí, sin ello, no hay cuartel para nadie".
En el mismo
artículo, Huxley dice más adelante que entre los animales, lo mismo que entre
los hombres primitivos "los más débiles y los más estúpidos están
condenados a muerte, mientras que sobreviven los más astutos y aquellos a
quienes es más difícil vulnerar, a que los que mejor supieron adaptarse a las
circunstancias, pero que de ningún modo son mejores en los otros sentidos. La
vida -dice- era una lucha constante y general, y con excepción de las
relaciones limitadas y temporales dentro de la familia, la guerra hobbesiana de
uno contra todos era el estado normal de la existencias.
Hasta dónde se justifica o no semejante opinión sobre la naturaleza, se verá en los hechos que este libro aporta, tanto del mundo animal como de la vida del hombre primitivo. Pero podemos decir ya ahora que la opinión de Huxley sobre la naturaleza tiene tan poco derecho a ser reconocida en tanto que deducción científica, como la opinión opue