29 de Marzo: El derecho de vivir en paz pasa por rebelarse frente a quien te lo ha negado


escrito por Teresa Williams 40

Han pasado dos meses del asesinato del weichafe Matías Catrileo en mano de Carabineros. Hace veintitrés años, Eduardo y Rafael Vergara Toledo murieron también producto de la violencia desatada por los perros guardianes del Estado en momentos que el régimen de Pinochet intentaba dar freno a la ola de movilización popular que, desde las poblaciones, comenzaba a tejer redes de organización y lucha enfocada al derrocamiento de la dictadura militar.

Y si, Pinochet dejó La Moneda, y el régimen militar –al menos en el papel- dio paso a al abrazo conciliador de una democracia hecha a la medida de quienes la pactaron. Se repitió mil veces el “nunca más” en base a discursos de reconciliación nacional y actos simbólicos en rememoración a las víctimas de la dictadura, sobre cuyos cadáveres se cimentaron los acuerdos de la transición. Los hermanos Vergara, al igual que muchos otros –gran parte de ellos anónimos para la gran mayoría- pasaron a formar parte de las listas que alimentaron la maquinaria del discurso oficial para señalar que los crímenes del terrorismo de Estado de los `70-`80 eran parte de la historia pasada, de aquello que no volverá a ser solo porque ya ha sido.

Claro, esto solo en el papel.

11 de septiembre de 1998. Claudia López

19 de mayo de 1999. Daniel Menco.

7 de noviembre del 2002. Alex Lemún.

3 de mayo del 2007. Rodrigo Cisternas.

No hay balas perdidas.

No hay muertes accidentales.

Los muertos que ha ido acumulando bajo el catre el carnaval democrático de la Concertación no son solo nombres extraviados. Tras cada muerto en manos de los efectivos represivos del Estado están los intereses de los propietarios del país, quienes esperan a que los cadáveres sirvan como señal de alerta que pueda ayudar a consolidar la desmovilización social, la inercia, por medio del miedo a alzar la voz.

Los máximos beneficiados de que caigan Menco, Lemún y Catrileo, se esconden tras la ilusión democrática, en la cual todos nos hemos visto obligados a ser representados. Las balas descargadas están legitimadas en nuestra aceptación del poder que les hemos otorgado, ya sea votando o simplemente bajando la cabeza.

Hace veintitrés años gran parte tenía claro que tras el militar que efectuase el disparo se encontraba toda una red que bien-vivía a costa de los beneficios de ser parte del régimen militar. Que el gatillo que percutó las balas contra los hermanos Vergara Toledo estaba siendo presionado por los Chicago Boys, por la Familia Militar a cabalidad, y por la socialité y el star-system del pinochetismo.

Sin embargo, ahora en democracia se nos ha hecho creer que quienes jalan del gatillo somos nosotros, que es en defensa del orden público y la estabilidad del país que Carabineros de Chile actúa vomitando balazos contra una masa amorfa y anónima de manifestantes, presuntos criminales. Inocentes son solo las balas.

La dictadura militar que asesinó a Eduardo y Rafael no se acabó con los grandes gestos de unidad de inicios de los noventa. El abrazo de la transición solo permitió la instalación y consolidación del país que moldearon a su imagen los Errázuriz, Angelini, Matte, y todos aquellos que se esconden tras los discursos de progreso y desarrollo basados en las cifras de crecimiento macroeconónico. Vivimos en su país de mierda, a la sombra de su proyecto de mierda, y seguimos esperando a que algo pase, que algún acto simbólico haga efecto, pero ¿para qué?

Podríamos seguir el juego. Sentarnos a rezarle al payaso de turno para que nos tome en cuenta. Después de todo las muertes antes mencionadas no se deben a un efecto de combustión espontánea. Nunca se trató de esos nombres grandilocuentes en torno a los cuales se tiende a construir la historia oficial, despojados de toda realidad viva para acomodarlos según sea conveniente. Ahí están el hijo del vecino, el cualquiera que se aburrió de tener que vivir el mismo día repetido, de tener que seguir sobreviviendo en la miseria.

Es la desesperación de vivir al límite del hambre lo que mueve a Rodrigo Cisternas a actuar, y por lo cual es baleado. No hay iluminación divina, solo el verse obligado a llevar la vida hasta las últimas consecuencias en una expresión visceral de lo que es el no-vivir sometido a la esclavitud asalariada. No son santos, pero sobre todo, no son víctimas.

No lo somos.

Recuperar nuestras vidas pasa por rebelarse frente a quien nos lo ha negado.

Creo que está claro que no podemos esperar a que otra más muera para radicalizar nuestros actos.

No queremos otros Hermanos Vergara. Queremos un nuevo Cabo Moyano.